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sábado, 9 de julio de 2011

No sere feliz pero tengo marido. Viviana Gomez Thorpe

INDICE
Introducción 4
Hasta que la muerte los separe 5
Interrumpimos este matrimonio para... 7
El fútbol nuestro de cada día 9
El «autoerotismo» 11
Vivir en obra 14
La «liberación telefónica» 17
El marido que «trabaja en casa» 19
Hágalo usted mismo 21
¿Y hoy qué comemos? 23
¿Conviene ser autosuficiente? 26
Las penas son de nosotras, la pastita es ajena 29
¿La reforma laboral incluye los arreglos de ropa? 31
Problemas de alcoba 34
Vivir un mes igual que una voluntaria de un cuerpo de paz del Tercer Mundo 36
Veranear con los suegros 38
¿Qué educación sexual? 40
¿Cuál es la parte más insensible del pene? ¡El hombre! 43
¿Por qué los maridos no besan en la boca? 45
Yo quiero a la noche y él quiere a la mañana 47
Odisea conyugal en el albergue transitorio 49
Una cita clandestina con el marido 52
La hipocondría masculina 52
En la salud y en la enfermedad 52
Manual de etiqueta masculina 52
El marido a dieta 52
¡Qué poco dura la fiesta! 52
El síndrome de la ninfa 52
El futuro del matrimonio 52
Y vivieron felices y comieron perdices 52
Epílogo 52
Reseña 52


A mis hijos, Anselmo y Luciano, que fueron y serán siempre la inspiración y el motor de mi vida.
A mis padres, por haberme enseñado valores inapreciables.
A mi terapeuta, Rosa Kesler, que ha logrado hacer de mí una persona casi normal.
A mi talentosa abogada, Alicia Árbol, por lo que ella ya sabe.
A mi editor, por confiar en este proyecto y apostar por él en tiempos difíciles.
A toda la legión de amigos, amigas y parientes que me alentaron y empujaron a terminar este libro en un momento convulsionado de mi vida.
A todos ellos, mi inmenso amor y agradecimiento.
¡Ah! Y, por supuesto, a quien inspiró estas páginas...

Introducción
Para nosotros el matrimonio es un viaje hacia un destino desconocido... el descubrimiento de que la gente debe compartir no sólo lo que no saben el uno del otro, sino también lo que no saben de sí mismos.
Michael Ventura
¿Cómo hice para seguir casada durante tanto tiempo? La gente me hace esa pregunta. Yo misma, a veces, me la hago. Podría decirse que soy de las que apostaron todo, románticamente, a la institución menos romántica del mundo. Sin embargo, si me hubiesen preguntado hace... digamos, diez años, cuando ya no quedaba ningún romanticismo en mis días (y por cierto, ni hablar de mis noches), si mi matrimonio iba a durar tanto, hubiese dicho que no. Y perduró veintisiete años. Puedo imaginarme las risas de sorna de quienes abonan la teoría de un tal Larry Miller: «Hay mujeres que, queriendo divorciarse, siguen casadas, porque se conforman con que al menos su marido no se droga, ni tiene sida.» O sea, las que «duran» son necesariamente seres cobardes, grises, que no están dispuestas a correr ningún riesgo en la vida, a aceptar ningún desafío. Pero puedo asegurarles que el matrimonio, como yo lo he vivido hasta ahora, ha sido una auténtica cruzada, con emociones violentas, gloria, «muertos» y «heridos», entre otras cosas.
No se trató de uno de esos matrimonios sobrevivientes que siguen juntos por intereses económicos, por miedo a la soledad, o simplemente por inercia. Lo que se intentó construir fue un matrimonio «creativo». Dos personas totalmente incompatibles (todo el mundo es incompatible) procurando desentrañar de qué se trata eso de aprender a ceder partes de sí mismos en función de un proyecto común. Y muchas veces se llegó hasta el borde de la destrucción, para volver a fundar todo nuevamente. Se trató de algo dinámico, que iba cambiando junto a sus miembros. En mi caso particular, el seguir casada no fue un resultado, una consecuencia —como suponen quienes le atribuyen el éxito de una pareja a ese algo mágico y misterioso llamado «amor»—. Fue una decisión que traté de renovar cada día al levantarme, como lo haría con sus votos una monja de clausura. Fue, por así decirlo, una vocación. Y hasta me atrevería a afirmar que una vocación de servicio, como la de bombero o enfermera. Siempre me atrajeron las causas perdidas y, acaso, como alguna vez dijo lndira Gandhi «fue un gran privilegio haber vivido una vida difícil». La de casada.
Producto de esas grandes aventuras y desventuras, vieron la luz por años todos mis escritos en intervenciones radiofónicas. Y, finalmente, este libro.
¿Que si alguna vez en todo este tiempo pensé en divorciarme de mi marido? No. Pero sí en matarlo.
Hasta que la muerte los separe
Casarse con un hombre es como comprar algo que una ha admirado por largo tiempo en un escaparate.
Tal vez te fascine cuando lo lleves a casa, pero no siempre hace juego con todo lo demás que hay en ella.
Jean Kerr
Hubiese sido una boda maravillosa, de no haberse tratado de la mía. Ese caluroso día de marzo de 1973, mientras mi suegro tocaba el violín, mi suegra, con su cara redonda y su sonrisa infantil, iba de un lado a otro —diligentemente— atendiendo a los invitados. El novio no faltó a la cita. Y para mí era como si me casara con Kevin Kostner (salvo por la pasta, la altura, la pinta y la fama, era igualito). O.B. (como lo llamaré en adelante, porque ésas son sus iniciales y hace veintisiete años que está adherido a mi intimidad como un tampón) era un desconocido. Habíamos sido novios durante apenas seis meses. La gente tiene conversaciones más largas con los mozos de los restaurantes acerca del plato del día. No teníamos coche, ni casa propia; él era divorciado y en esa época en el país no existía la posibilidad de volver a casarse... Y yo ya estaba embarazada. Sin lugar a dudas, ahora entiendo por qué mi padre, la noche anterior con cara de asesino, me preguntó: «¿Estás segura de lo que estás haciendo?» «Pero, papá —contesté—, ¿qué me estás diciendo? Ya están los regalos acá...» Los regalos eran todos de mi parte, porque de la parte de él, como ya se había casado una vez y duró siete meses, nadie se arriesgó a mandar nada. No tenían mucha fe.
Segura de lo que hacía, a decir verdad, todavía no estoy. Pero sigo unida a él después de veintisiete años por dos razones fundamentales: la primera, curiosidad. Quiero descubrir si lo nuestro verdaderamente va en serio. Y la segunda, no darle el gusto a mi mamá de pronunciar su frase favorita: «¡Te lo dije!»
Nada fue como lo había imaginado en mis sueños de adolescente: una fiesta por todo lo alto, que saliera en las revistas. En cambio, ahí estaba yo, con un vestido de mi hermana que me ajustaba por todos lados porque ya era imposible disimular mis tres meses de gestación, una tía fotografiando el evento con una cámara Instamatic y mi cuñado medio en cueros, oliendo a asado, que era el menú principal, además de empanadas y vino.
¿Y qué iba a ser de mis sueños y mi vocación?
Al dejar la escuela, tenía grandes planes para mí: iba a ser escritora, me esperaba un puesto como redactora en una importante revista y, con suerte, algún día llegaría a dirigida. Pero, en el camino, algo previsible sucedió: conocí a un hombre. El destino de toda mujer, su tabla de salvación. Lo que vuelve cualquier sueño de grandeza a la normalidad. Un lugar seguro donde esconderse del mundo y sus espantosas responsabilidades. E hice lo que todas las que tienen talento y aspiraciones, pero se embarazan para sofocarlas: a los seis meses di a luz a mi primer hijo y al año y medio, al segundo. Las mujeres somos muy malas aventureras. Siempre buscamos máxima seguridad y mayores ventajas, aunque al casarnos pongamos cara de «abandonado todo por amor». Mi suerte, como la de millones de señoras, estaba echada... ¿Qué diablos me pasaba? ¿Por qué me sentía tan inquieta? Yo amaba a ese hombre. Éramos la pareja perfecta. Teníamos todo en común. Al menos, las cosas que verdaderamente importan. A los dos nos gustaba el ajo (¿cuánta gente puede alardear de lo mismo?). Los dos soñábamos con tener un hijo cineasta y lo logramos. Mi hijo menor terminó los estudios de realizador cinematográfico en la Universidad de Miami y hoy trabaja (de instructor de windsurf). ¿Y qué era lo otro? ¡Ah, sí! Ambos éramos una pareja moderna que estaba de acuerdo en compartir todo al 50 por ciento y hasta el día de hoy lo hacemos: yo cocino y él come, yo lavo y él ensucia, yo plancho y él arruga... Miles de parejas empiezan su convivencia con mucho menos. Mientras cortábamos la tarta de bodas, lo observé de refilón y pude ver que tenía una mancha de témpera en el cuello. El olor a trementina no podía disimulado ni con litros de Acqua di Selva (la fragancia que me había enamorado). Es que ésa era la actividad que desarrollaba para «realizarse»: pintor y dibujante. ¡Era artista! Eso iba a tener que cambiar. Seguramente podría encontrar algún trabajo que además nos diera de comer. Por otra parte, yo no tenía intención de vivir con alguien en cuyas cercanías es peligroso encender un fósforo. Definitivamente el hombre necesitaba ciertas modificaciones: Ese corte de pelo «batido» tan parecido al del Puma, por ejemplo. Pero yo tenía roda una vida por delante para convertido en el marido que estaba destinado a ser. Hice una lista mental y me dije que primeramente era imprescindible cambiar sus hábitos alimentarios. Él venía de una familia siciliana que consideraba a los fideos el primero en la lista de los diez mandamientos (No matarás y no robarás no eran tan importantes). Fideos a la mañana, fideos a la tarde, fideos a la noche. Un paquete por comensal. Con treinta y un años, O.B. era dueño de una pancita en la cual, tranquilamente, podía ponerse un mantel, la vajilla y servirle la comida directamente ahí. Yo venía de una familia que adoraba la comida oriental, el sushi y los vegetales (elementos que él consideraba una decoración para las grandes recepciones, que después se sacaban y se tiraban para ingerir la «verdadera» comida). ¡Imagínense, pasar el resto de sus vidas con un hombre que admite el apio solamente en momentos de emergencia sexual y acompañado con nueces!
Su mejor amigo, y compañero de juergas, se lo llevó por ahí para emborracharlo. Yo sonreí para mis adentros. Este personaje y el grupo completo de hombrecitos que se pasaban el día entero con él en el club pronto formarían parte del pasado. No más vida de soltero, reuniones «de hombres» hasta las tantas de la madrugada y todo eso. De aquí en adelante, seríamos sólo nosotros dos, uno para el otro, contemplando románticas puestas de sol y mirándonos a los ojos por horas... Parecía tan feliz y relajado. ¡Pobre! No podía imaginar que muy pronto su esposa le enseñaría las virtudes de bajar la tabla del inodoro después de ir al baño, de no dejar el toallón mojado sobre la cama y de no apoyar los pies sobre la mesita del salón, entre otras cosas.
La «recepción» tuvo lugar en la sociedad de fomento del barrio de mis suegros. Sillas plegables alineadas contra la pared le daban al lugar la intimidad de la terminal de autobuses de Buenos Aires. De cada lado, los parientes e invitados de cada uno se examinaban mutuamente como dos tribus en pie de guerra. Jaurías de chicos que una no había visto en su vida correteaban con restos de tarta en la cara y mis amigas me miraban con un gesto que entonces no supe interpretar, algo así como «Menos mal que sos vos, y no yo». Una invitada se acercó a preguntarme a dónde íbamos de luna de miel. Le contesté que yo quería ir a París, alojarme en el mismo hotel que casualmente hoy frecuenta el empresario Franco Macri, ir a ver todos los shows under de Montmartre y pasear a la luz de la luna en un carruaje a orillas del Sena. «Bueno, pero ¿a dónde van?», presionó. «Vamos a pescar pejerreyes a la Bahía de Samborombón, en casa rodante», admití. «La verdad que te casaste con un hombre espléndido», me sonrió irónica. ¿Qué podía esperarse de alguien que cuando le pedí que me comprara un vestido de embarazada me dijo: «¡Pero estás loca! ¡Si sólo lo vas a usar nueve meses y después hay que tirarlo! »?
A eso de las tres de la mañana caí en la cuenta de que hacía como dos horas que no veía a O.B. por ningún lado. Lo encontré fuera, en el estacionamiento, con toda su banda de atorrantes amigos, riéndose y tomando champagne, cerveza, sangría, gin, ron, tequila, vermut, whisky y todo lo que habían traído para hacerse la «fiestita» aparte, mientras quedaban para encontrarse en el club el mismo día que volviéramos de la luna de miel.
El asunto iba a ser más difícil de lo que había pensado.
Interrumpimos este matrimonio para...
¿Cómo saber si un marido está feliz?
Si tiene un vaso en una mano y el mando en la otra.
Cindy Garner
La verdad es que no estaba tan buena. No sé qué le veían de atractivo. Era chiquita, falta de color, pero sabía muy bien cómo hacer para que la audiencia masculina volteara la cabeza como Regan en El exorcista dondequiera que ella estuviera. El día que mi marido la trajo a casa, la instaló sobre su caballete de dibujo frente a la cama matrimonial y se sentó delante de ella mirándola embobado, supe al instante que nuestro matrimonio ya nunca volvería a ser el mismo.
La TV en la pareja equivale a algo así como dormir à trois. Para los hombres resulta la compañera perfecta. Si roncan, a ella no le importa. Si se quedan dormidos en medio de la conversación, la muy necia continúa hablando sola sin quejarse. Si se les antoja que los entretenga en mitad de la noche, ella radiante. Y; si no la aguantan más, con sólo apretar un botón, la hacen callar. Pero, además, entre ella y el marido se va tejiendo una relación más posesiva que la de un hijo único con su madre: una siempre está de más. Por eso yo, lo último que vi en TV fueron las series Lassie y Bonanza, cuando era soltera. Cualquiera que entre en mi suite nupcial hoy día se da cuenta enseguida de cómo está el percal: el televisor de su lado, en falsa escuadra apuntando hacia él, y el mando sobre su mesita de luz. Me he quedado bizca y «torticolosa» intentando ver algo juntos. Y es que la televisión es un auténtico acto onanista. No es algo que se comparte, no es algo que congrega. Se hace en soledad y zapeando histéricamente. Por otra parte a él le gusta ver la vida de las hormigas en el desierto, fútbol, documentales sobre la guerra entre Turquía y Armenia, boxeo, el estado de la Bolsa de Valores de Nueva York y diez veces la misma película de vaqueros. A mí, aunque sea una vez, me gustaría regodearme con Luis Miguel. Posibilidad que a él le espanta, por eso, enseguida después de comer, se va a la cama para ganar tiempo y zapear a gusto. En cuanto yo llego a la habitación, apaga la luz y se hace el dormido. Para que a mí no se me ocurra encender la TV. Y la del salón ni me atrevo. Mi hijo menor la tiene siempre conectada a extraños aparatos: computadoras, videogames, modems, altoparlantes. La última vez que la toqué, hizo un fogonazo y se quedó sin voz. Durante una semana comimos hueso de caña con arroz para que el padre no advirtiera que usamos el dinero de la casa para arreglarla. Luego queda el televisor de mi hijo mayor. A su cuarto, ahí sí que no tengo el valor de entrar. Eso de andar esquivando pilas de ropa sucia mezcladas con fotos de mujeres desnudas haciendo «no sé qué cosa» con la boca no es para mí. Por otra parte él tiene el televisor permanentemente conectado al vídeo, y es que lo único que le interesa del «apasionante mundo de las comunicaciones» son las películas con títulos como Las bragas de la Sra. Jones, Dedos artesanales y alguna que —vamos a darle el beneficio de la duda— tal vez abarque la zoología, titulada Un gato feroz.
Pero la esquizofrenia televisiva llega a su máximo exponente los fines de semana. Ahí es cuando el hombre se transforma en autista. No se afeita, no se baña, no se peina y no se viste. El mío se pone el «traje de asueto», que puede variar desde un pantaloncito corto descolorido que usaba a los veinte años, cuando era socorrista de un club (y le cabe en una pata) o un chándal con un agujero en el culo que se compró en su primer viaje a Nueva York hace treinta años (y le cabe en la otra pata). A partir de ahí, pierde el habla, la capacidad auditiva y sólo contesta con sonidos onomatopéyicos (Hmmm, rhhhh, uf, chist, grrr), hipnotizado frente a esa ventana subyugante llamada televisión. En esos días, corno para no desentonar, una también se va transformando: en cocinera, sirvienta, niñera, enfermera, prisionera... Y uxoricida. Especialmente cuando él le dirige la única frase del día: «¿Qué hay de comer? » Esta soledad existencial de a dos es un tormento, pues el señor, aunque no nos dé ni la hora, no admite que ni por un momento nos alejemos de su lado. Pretende que —como un perro esperando un hueso— andemos merodeando en sus cercanías. «¿Me cebás unos matecitos? » Y ahí es cuando una se emociona y va corriendo, creyendo que es la oportunidad de intercambiar dos palabras. Pero no. El día que pretendí eso, me salió con algo así como: «Mi amor, tené paciencia, yo te prometo que en cuanto el nene acabe su licenciatura y se vaya de casa vamos a tener más tiempo para nosotros. » ¿Conviene aclarar que en ese entonces, «el nene» tenía seis años?
A esas alturas, una ya está resignada, y ni se atreve a preguntar: «¿Gordo, por qué no salimos un rato?» Ya conoce la respuesta: «¡Goool!» Mi último intento de llamar su atención (en el siglo pasado) consistió en desempolvar el viejo uniforme de guerra (esa clase de atuendo que, cuando una se lo pone, lo más probable es que cualquier caballero suponga que quiere cobrarle): body negro con liguero y tacones de veinticinco centímetros. La necesidad tiene cara de hereje así que pasé por alto algunos detalles sin importancia: que estaba seis kilos más gorda, hacía veintiún días que no me depilaba y el «músculo del salero» (ese que cuando se le echa sal a la comida, tiembla debajo del brazo) había despertado hacía poco el siguiente comentario entre mis hijos: «¿Qué pasa, mamá? ¿Estás colgando las sábanas? » Años sin concurrir al gimnasio me habían dejado de recuerdo dos colgajos blancos e inertes bajo las axilas. ¡Qué lucha! Otra vez ganó esa temible adversaria, la otra, la que más lo entretiene. Me miró por medio segundo y me dijo: «Pero, mamacita, para ver al humorista Antonio Gasalla ya lo tengo en la tele. » Al menos me dijo «mamacita».
Finalmente decidí ir a consultar al psicoanalista:
—Licenciado —le dije—, ¿por qué mi marido se tara con la TV viendo sesenta canales al mismo tiempo y a mí ni me mira?
—Muy fácil, señora. Su marido es un reprimido. Salta de canal en canal, porque no se anima a saltar de mujer en mujer, que es lo que verdaderamente quisiera.
—¿Y el fútbol? ¿Por qué se pasa las horas mirando partidos de fútbol? Para mí, si un hombre ve tres partidos de fútbol consecutivos, debería ser declarado legalmente muerto.
—Eso está claro. Encuentra en el fútbol la canalización de sus deseos homosexuales. Piense... Una portería, un hombre parado delante y otro que introduce la pelota...
—Pero, licenciado...
—Y ahora, si me disculpa, nos pasamos cinco minutos de la sesión y está por comenzar el partido Racing-Talleres.
El fútbol nuestro de cada día
A los hombres les gusta mirar partidos de fútbol porque adoran ver que sean otros los que se cansan.
Ana von Rebeur
En fin, para qué negarlo. Mucha mujer loca por este tema. Mucho psicoanalista. Mucho electroshock. Las farmacias trabajan horas extras para asegurar la provisión de Valium. Se incrementa el número de suicidios femeninos, porque estamos en una época del mundo muy especial. Una época en que, no importa a qué hora se encienda el televisor, hay un partido de fútbol: la Copa América, el Torneo Apertura, el Sub 20, la Copa Libertadores... Pero no son los cientos de partidos semanales que se transmiten lo que objetamos. Lo que objetamos son los cientos de maridos tirados en un sillón como esponjas muertas, rodeados de latas vacías, platos sucios y pantuflas olorosas... porque, en temporada de fútbol, los hombres de la casa viven frente al televisor.
El otro día le digo a mi marido: «¿Te traigo la cuña? » Es que no se levanta ni para ir al baño. ¿Y qué me contestó? «Esperá hasta los anuncios. »¡No escuchó una palabra de lo que le dije! Si esto sigue así va a haber estallido social. Sospecho que vamos a ver mujeres apedreando la sede de la Asociación de Fútbol con televisores. Dios sabe que el hombre no es de las especies más conversadoras. Mi estadística dice que el marido promedio en su casa no habla más de seis palabras al día. El marido clase cuatro (que son casi todos: de cuarta) llega a su hogar todas las noches con la misma locuacidad de un censista. Estaciona el auto, palpa el horno a ver si hay algo, se cambia de ropa, come en un silencio ominoso (yo al mío lo llamo testigo hostil) y se retira a su comando de sintonía y ahí se queda tirado como un fardo inerte con el mando en la mano hasta que sus ronquidos le indican a una que ya es su turno, que ya puede ver la tele. Sí, para qué ocultarlo más, en mi casa hay turnos: a mí me toca de tres a cinco de la mañana. Por eso es que hace tanto que no sé lo que dan. Cuando mis amigas me preguntan «¿Viste Movéte ayer? » Les contesto que por supuesto, que todos los días: «Movéte, que ya empieza el partido. » Bueno, pero, después de todo, ¿para qué es el matrimonio si no para sufrir? Yo si llego a gozar, comienzo a sentirme culpable... porque siento que es adulterio...
Pero lo desesperante de todo esto no es la frustración de todas las miles de esposas que alguna vez quisieran tener una conversación con alguien que levante más de un palmo del suelo. Con alguien mayor de tres años, pongámosle. La mayoría aceptamos esas cenas solitarias como un karma, pero hay otras que tratan enloquecidamente de luchar contra ellas. Está esa mujer que se disculpa con el marido porque los chicos perpetran un rito satánico con el puré de patatas. Y él, retirando por un minuto sus ojos de la pantalla y mirándolos, le pregunta: «¿Qué me querés decir, que son todos nuestros? » Para mí lo más desolador y humillante de sacar conversación, es cuando pregunto: «¿Cómo te fue hoy? » y él responde: «Enseguida. » Pateando al perro. O si no, se pone pálido y no puede articular las palabras. Se muerde la corbata y me mira fijo como si no hubiera entendido la pregunta. Esto dura unos segundos y después la cabeza gira rápidamente como impelida por un resorte. Y la vista vuelve a fijarse en la pantalla obsesivamente, como si estuviera trabajando de vigilante en un banco y su obligación fuera controlar el sistema de vídeo. Conozco un solo hombre que durante el partido Argentina-Inglaterra simuló una respuesta verbal concreta y fue: «Cortála, Maruja. » Pero hay mujeres que no se rinden. Fíjense ustedes:
Esposa: Mi amor, ¿sabés lo que hay de cenar? Ave del Paraíso rellena de dátiles marroquíes y cebollas acarameladas flambeadas en el momento.
Marido: Al mediodía comí lo mismo. (Cinco palabras.)
Esposa: Existe otro hombre, Gerardo. Somos personas civilizadas, así que hablemos.
Marido: Cuando vengan los anuncios. (Cuatro palabras.)
Esposa: La semana pasada me quebré la pierna, Gervasio. Estaba esperando que te dieras cuenta. Mirá qué bien que camino con muletas.
Marido: Entonces, ya que estás ahí, alcanzáme una cerveza fría. ¡¡¡Gooooollll!!! (Diez palabras, provocadas por emoción violenta.)
¡Qué infierno! Mi marido es capaz de sentarse frente al televisor el viernes y no levantarse hasta el domingo, grabando los partidos y viendo la repetición de las jugadas. Está como en trance. No hace mucho le dije: «La señora está acá para comprar los riñones de nuestros hijos, querido. » No movió un músculo. Finalmente le tomé el pulso. Estaba desbocado. Por el gol, claro. Puedo aparecer desnuda en tacones altos y con un clavel en la boca y qué dice: «Aprovechá para guardar el auto. » «¿Así? » «No, sin el clavel. »
Creo que se está gestando un movimiento femenino, el FIFO (Feministas Indignadas del Fútbol Opresor). Pero yo ya voy a comenzar con mi venganza de inmediato. Esta noche, cuando él y mis hijos estén ahí desparramados frente al televisor, llevándose la comida a ciegas a la boca, y grabando y rebobinando y pasando en cámara lenta cada jugada, les voy a tirar un guiso helado en la mesa y les voy a decir: «¿A que no saben cómo se llama este plato? ¡Replay instantáneo! Lo comimos el miércoles, ayer jueves y hoy viernes. ¡Aquí está!, ¡otra vez! Que lo disfruten. »
El «autoerotismo»
¿Cuál es la contradicción más grande de un marido?
Cómo es que no le alcanza el tiempo para recoger 1os calcetines sucios del suelo, pero le sobra para lavar y encerar .su coche día por medio.
Cindy Garner
Los fines de semana solemos ir a nuestra casita en la costa, en Pinamar. La otra vez no lo pasé bien. Pero no por el clima, sino porque mi hombre estuvo todo el tiempo AUTOEROTISMO, AUTOEROTISMO, AUTOEROTISMO. ¡Los tres días! Y yo mirando... ¡Porque no me dejaba participar! ¿Se imaginan? AUTOEROTISMO, como su nombre lo indica. Auto: vehículo. Erotismo: ¡Amor, pasión, lujuria! Bueno, ¡¿qué es esa extraña obsesión que tiene el sexo opuesto con su auto?! Por espacio de tres días estuve prácticamente secuestrada sin poder salir de la casa, porque él acababa de estrenar una de esas diabólicas camionetas cuatro por cuatro (que para comprarlas primero hay que vender un piso). De afamada marca inglesa. Llena de detalles. Sólo faltaba que una apriete un botón y aparezca un azafato con cara de Hugh Grant para lo que guste mandar. Todo muy lindo, pero como normalmente la gente viaja con un solo coche, yo «no teníamos coche». Y vivo a cincuenta manzanas del centro. Él estuvo los tres días leyendo los manuales, estudiando «la relación de alta y baja con el peso del vehículo por su altura y su volumen, al cuadrado, sobre tres». Lustrándolo. Y yo ahí, secuestrada...
Nunca lo había notado, pero los hombres están unidos a su coche por un cordón umbilical. Es la relación más posesiva, paternal y edípica que pueden tener. Más que con una. A veces le digo: «Al menos tratáme como a tu auto» (que le mide el aceite cada 5.000 km, en cambio a mí...). Pero él está cada vez más unido a «la otra», la camioneta. Ella lo manda. Es algo así como una ex esposa costosa.
Resulta que le dije (me atreví a ir tan lejos):
—Mirá, no quisiera interrumpirte, pero en la nevera no hay ni un perejil. Tengo que salir a hacer las compras.
Se puso pálido.
—¡¿Qué hay que traer?! ¡Yo voy! —dijo.
—No, no, no. Tengo que ir yo a ver qué hay, y decidir. Prestáme el auto.
Pareció como si le hubieran pedido prestados los dientes postizos para comer caramelos.
—Yo te llevo.
—No, quiero ir sola. Vos te pasaste dos días yendo de acá para allá. Ahora quiero ir sola.
—¿No hay otra manera de que llegues al supermercado?
—Sí —repliqué—, podría pegarme alpiste en los brazos y esperar que las palomitas se sientan atraídas y me lleven volando.
—Alquilá un coche con conductor.
—No señor. ¿Por qué? Si tengo una flor de camioneta perfectamente apta para transportar bultos, compras, leña, el perro...
A medida que yo iba enumerando, a él se le iban cayendo las lágrimas. Sucede que cada vez que se compra un auto nuevo, le agarra el Síndrome de Exposición: le gusta tenerlo ahí, lustrado e intacto, sin usarlo. Eso le dura un tiempo. Digamos que, más o menos, hasta que el auto tiene 150.000 km, que es cuando me lo pasa a mí. Cuando quiere fardar dice:
—Sí... porque nosotros tenemos cada uno su auto...
Me dan ganas de decir la verdad: un auto y un troncomóvil.
El caso es que —reticente— me acompañó hasta la puerta del vehículo:
—¿Tenés el carnet? ¿La llave de repuesto? ¿Testigos?
—No quiero casarme con tu auto. Solamente llevarlo al supermercado —le contesté.
—Bueno —dijo—, te voy a explicar: este auto es diesel. Hay que calentarlo mucho, ¿entendés? Si no, no arranca.
—¡Ah! Al revés que vos.
—Bueno, una vez que lo calentaste, lo vas sacando marcha atrás, pero no lo «pises» mucho porque...
(Yo ya iba saliendo).
—¡Pará con ese embrague! ¡Pará con ese embrague, que se va a cortar el cable!
—¿Y cómo querés que salga en rampa? ¿Que suelte el embrague y termine catapultada contra la casa de enfrente?
(Quería encontrarme algo para decir «no te lo presto».) Cuando ya me iba, me disparó la última flecha:
—No le des caña y vas a llegar.
—¿Que no le dé caña y voy a llegar? ¿Adónde?
—A la gasolinera. El depósito está vacío, pero creo que llegás, especialmente si agarrás el atajo del supermercado y recorrés en punto muerto la última manzana.
—Pero si la aguja dice F, o sea Full (que en inglés significa lleno).
—Nada que ver, en este auto F, quiere decir «falta gasolina».
—¿Ah sí? ¿Y entonces E, o sea Empty (que en inglés significa vacío), qué quiere decir?
—¡Enllenado!
Hacía lo que fuera con tal de que no le tocara el auto... Yo igual me fui. Y cuando volví, ¡uy! No saben.
—¿No lo habrás metido en la arena, no?
—¡Pero si es para meterlo en la arena! Es para correr el Camel Trophy...
(Por algo mis hijos lo llamaban el «Camel Atrophy».)
—¡Ay, no! ¡Hay que lavarlo inmediatamente y, con un soplete, darle al chasis con gasoil y aceite quemado!
¡Qué castigo! Ahora, si yo le digo que hay que cambiarle los amortiguadores a mi coche —corno hace poco: mi auto, que era el de él y, hasta que no lo cambió, lo trataba igual que a este que tiene ahora, pero en cuanto me lo «heredó» a mí, ya no le importó que se cayera a pedazos—, entonces me pregunta:
—¿Para qué?
—Bueno, no sé si lo notaste, pero la carrocería ya toca el suelo. Parece un arado. Voy abriendo un surco cuando paso. La compañía de seguros ya no nos lo quiere asegurar. En cambio, lo que hicieron es mandarme un botiquín de primeros auxilios. ¿Sabías que no se puede andar en ese auto sin cinturón de seguridad ni adentro del garaje?
—¿Por?
—Porque los resortes de los asientos te disparan contra el techo. La tapa de la guantera te salta sobre las rodillas cada vez que encendés el motor, tengo la luna trasera tapizada de pegatinas para que no se caiga el vidrio, la radio se enciende con una pinza y además estoy harta de aguantar a un alcohólico. No podés pasar por una gasolinera sin echarle un trago.
No crean que exagero, ¿saben cómo le llamo yo a mi auto? La venganza de Mussolini. Porque es un auto italiano que te las hace pagar (ése de nombre compuesto que termina en Romeo). «¿Por qué no me comprás un auto nuevo? », le pregunté una vez que lo traje a casa, sin un parachoques y las escobillas limpiaparabrisas. «¿Estás loca vos? Todavía está nuevo. » (Sí, 589 km cuadrados.) «No puedo andar en un auto con el cual no me puedo comunicar», insistí (les dije que es italiano y sólo entiende órdenes en ese idioma, y yo le hablo en italiano, pero no me hace caso). Cierto día venía un camión de Manliba y yo le digo: «Questo è un camione di basura. Andiamo di quà! Uno, due, tre, fuora! » Y no se movió. Se quedó ahí hasta que el camión nos embistió. Traté de tocar la bocina, pero sólo hizo pi-pi, como un pajarito pidiendo disculpas. El camionero, que se ve que no estaba enterado de que yo me encontraba adentro, volvió a arremeter marcha atrás. Y yo, recitando cuanta palabra itálica conozco: «Catzo, fettuccini, Gina Lollobrigida, Brigate Rosse. Eros Ramazzotti. » ¡Si hasta entoné dos veces «Oh sole mío»! Y ahí fue cuando sentí el segundo impacto. Eso sí, ya me enojó, me sacó de las casillas. «Sei un imbecile, un choque más y vamos a parecer una montaña de spaghetti alla puttanesca. » Ahí fue cuando el camionero se bajó sorprendido y exclamó: «¡Ay, yo pensé que había agarrado un lomo de burro! » Comprensible, si el auto, como no tiene amortiguadores, está tan bajito que parece un kart.
Pero eso no es nada. ¿A que no adivinan lo que me dijo mi marido la semana pasada? «Después de éste me compro una coupé deportiva convertible. » Los sicólogos, que han estudiado este problema, descubrieron que las coupés deportivas equivalen a una amante. Son llamativas, impactantes, hacen que se le salten los ojos. Los hombres las miran, las codician, sueñan un poco con ellas, las desean, pero al final, el sentido común y el lado práctico hacen que bajen a la tierra, piensen en los chicos y se compren una ranchera. La ranchera representa la esposa simbólica, la chica simple y buena, futura madre. Si pienso en todos los autos que eligió mi marido en el pasado, obviamente se identificaba conmigo (soy una ranchera familiar). Pero ahora es obvio que está entrando en la crisis de la tercera edad. Porque, fíjense, ¿quiénes son los tipos que manejan esas Mitsubishi Eclypse, esas Honda Prelude, esas Mazda Miata? ¡Todos viejos! Viejos que a una edad en la que les duelen todos los huesos, eligen rneterse en posición fetal en ataúdes rodantes. Cuando eso ocurra, yo seguramente estaré manejando un carrito de cartonero. Y es lo que me hace rabiar. Esa desigualdad, y el hecho de que los hombres quieran más a su auto que a su mujer.
Si algún día las fábricas llegan a sacar un modelo que cosa botones y se ría de sus chistes estúpidos, vamos listas.
Vivir en obra
La vida se divide en dos: lo horrible y lo desdichado.
Woody Allen
Tal vez les asombre, pero ¿saben ustedes cuáles son las dos principales causas de divorcio? Infidelidad y obra. Y si la obra es a 400 km de distancia, produce más estragos en una pareja que el mal aliento. Me estoy refiriendo, como es de suponer, a la construcción de nuestra casa en Pinamar. Para mi hombre la idea de construir significa, en realidad, vivir in situ desde que se coloca el primer ladrillo. Para toda mujer, esto supone la posibilidad de llegar a pasar meses sin hablar. Yo, personalmente, después de todo lo que soporté en esa gesta, un buen día decidí no hablarle nunca más. Mis últimas palabras fueron: «No te escupiría ni aunque estuvieras en llamas. »
Sin embargo, durante nuestras peleas en obra, la palabra «divorcio» jamás se mencionó. Los dos teníamos un terror mortífero de quedarnos con la custodia de esa casa, de esa edificación. Durante casi tres años la llamé «La Biblioteca de Buenos Aires». ¡No se terminaba nunca! La sinfonía inconclusa... Todo comenzó como comienzan muchas cosas: un sueño hecho realidad. Que rápidamente se transformó en una pesadilla de Freddy Krugger. Luego de haber pasado un hermoso verano en el lugar, el día que nos íbamos pensé: «Yo quiero tener una casa acá. » Sin perder tiempo, se lo dije a mi marido, y fue una de las pocas cosas en la vida en las que estuvimos de acuerdo. Su respuesta fue: «Bueno. Pedíle a tu papá que te la compre. » Así que utilicé esa persuasión que tenemos las mujeres y lo convencí: lo amenacé con denunciado a la DGI si no me compraba un terreno ya mismo. Y llegó a la conclusión de que le salía más barato darme el gusto.
Así fue como nos embarcamos en la construcción de nuestro paraíso privado, que se terminó en el tiempo previsto: un año más tarde de lo que dijo el arquitecto. Cuesti6n, que llegó el verano en que la obra tenía que estar lista (es decir, un año antes de que efectivamente se terminara) y mi consorte no tuvo mejor idea que llevarme a vivir a una tapera con diez jornaleros sudorosos y sexualmente activos en ella. Amigos y familiares que habían llegado antes que nosotros llamaron preocupados recomendándole: «No podés traer a tu familia a veranear en estas condiciones. No vengan por un tiempo. » «¿Cuánto? », preguntó él. «Y… dos años por lo menos. » Se acordaron tarde porque ese día nosotros ya salíamos con el camión de la mudanza hacia Pinamar. «¿Qué significa en estas condiciones? », le eché una mirada desconfiada. «Nada. Que faltan algunas cositas, pero durante el verano las liquidamos... Si no hacemos así, esta casa no se termina nunca. »
Cuando arribamos a lo que yo suponía iba a ser comparable a la llegada de Alexis Carrington a Dinastía, casi me desmayo. Lo único que atiné a preguntarme fue si se podría conseguir una anulación de matrimonio después de veinte años de casada. No había nada y cuando digo nada, es nada. Ni luz eléctrica, ni agua. La única fuente de agua potable era un bidé que habían colocado de emergencia en la cocina. Allí nos higienizábamos, lavábamos los platos (es decir, la muchacha los lavaba, porque yo había llevado «personal de servicio», para tener mi primera vacación de categoría y... descansar). «¿Dónde está tu espíritu de aventura? », me preguntó él al ver mi intención de salir corriendo y no parar hasta llegar a la casa de mi madre (que vive en Entre Ríos). «Creo que lo perdí... inmediatamente después de la luna de miel», le lancé furiosa. Pero luego recordé que la que había querido tener una casa de veraneo había sido yo. ¡Y él me estaba dando el gusto! «Es un lindo proyecto familiar —balbuceé tratando de que no se me notara que estaba a punto de echarme a llorar por tres meses—, podemos terminarla todos juntos. » Creo que nunca había dicho nada tan ridículo desde la vez que les aseguré a mis hijos que cuando crecieran nos iban a agradecer por ser tan estrictos. Los chicos actuaban como si los hubiésemos sentenciado a una institución penal. No querían ni oír hablar de ese plan. Desaparecían de la mañana a la noche y apenas volvían a cenar con cara de ofendidos, a ese lugar donde debían dormir en dos literas improvisadas a treinta y cinco centímetros una de la otra, como dos difuntos esperando su propio funeral en el mar. A ese inmueble en el que no podíamos recibir visitas imprevistas sin antes sacudir el polvo de las sillas, donde antes de comer teníamos que revisar cuidadosamente con una lente de aumento nuestros platos de comida, para no tragamos una astilla. En el cual yo planchaba la ropa sobre el capó del auto y, si llegaba a sonar el teléfono mientras dormíamos, me veía obligada a caminar sobre la cara de mi marido para atenderlo. Por suerte andábamos borrachos todo el día (de tanto inhalar vapores de pintura y aguarrás) y no nos dábamos cuenta.
Así que ahí quedamos los dos, solos, peleándonos por todo. Si yo quería el toilette empapelado, él lo quería pintado. Si me mandaba a comprar algo a la ferretería, después me montaba un escándalo, Como la ocasión en que me dio vergüenza pedir un enchufe macho-hembra y preferí decide al comerciante: «Déme todas las clases de tomas que tenga. » Traje veintiséis. Alargadores con cables de quince metros, enchufes para 110 voltios con transformador, adaptadores de tres patitas, enchufes estancos sumergibles... «¡Pero no ves que no tenés cabeza! Así nos comemos el presupuesto en diez días. » «¿Qué? —le retruqué airada—, mejor que hagas bien las cuentas, porque sospecho que el presupuesto ya nos lo comimos. Cada vez que se escucha un martillazo en esta casa (y son trescientos por minuto) me parece oír un taxímetro que anuncia: ¡un dólar, un dólar! »
Todo fue así desde el primer día, en que volvimos del almacén con una viga que medía dos veces nuestro auto, apoyada arriba del techo. La tarea de él era conducir con la mano derecha y, con la izquierda, sostenerla. Mi tarea era viajar arrodillada en el asiento, sacando medio cuerpo por la ventanilla como un perro descompuesto, para sostener el otro extremo. Pero como todo pasa, ese momento también pasó. Y las cosas fueron empeorando. Por fin nos instalaron un inodoro y la bañera, aunque sólo para estibar allí bolsas de cemento y cajas de cerámica... O algún albañil abría la puerta. (¿Puerta, dije? ¡No! no había puerta todavía, apenas un parasol de auto tapando parte de la entrada. De modo que lo más seguro era hacer sus necesidades en el exterior. Al cabo de veinte días, los médanos de los alrededores contenían suficiente «abono» como para fertilizar el desierto de Etiopía.)
Esto de vivir como refugiados kosovares empezó a dejar sus huellas: habíamos parado de realizar todas las actividades que componían nuestra rutina: reír, comer, dormir... Especialmente dormir. Porque teníamos tres peones que entraban en la casa a las seis de la mañana: Gaby, Fofó y Miliki. Los únicos que habían quedado luego de la fuga de nuestro arquitecto. Decidió refugiarse en algún país tras la cortina de acero el día que le llamé desesperada para informarle de que cada vez que enchufaba el tostador, se abría el portón automático del garaje. Que los tubos de gas estaban conectados a la manguera de riego del jardín, por cuanto —en ese momento— me encontraba friendo pasto, que la pared se convertía en algo así como un hilo radiante si encendíamos la luz del hall, que el toilette de recepción se negaba terminantemente a admitir papel higiénico, que la mitad de nuestro camino de acceso al garaje estaba ubicada en propiedad vecina, y que habíamos decidido colgar un letrero en la puerta de entrada que advertía: «Fuera de servicio. Utilice la casa de al lado. » La huida del arquitecto provocó el éxodo de todo su «equipo de profesionales». El fontanero había regresado a terminar la escuela primaria, llevándose «de recuerdo» treinta metros de cañerías destinadas a los baños. Cuando lo localizamos, explicó que en realidad sólo se trató de un trabajo temporal de verano, como para ahorrar lo suficiente y comprarse un walkman. Nuestro carpintero había sido visto viviendo bajo un nombre falso en Tacuarembó, Uruguay. Y el encargado del techo estaba empezando a estudiar leyes contractuales para hacer frente a los siete juicios por estafa que le esperaban.
Nuestros hijos se quejaban: «Vos y papá no hacen otra cosa que arrancarse los ojos desde que empezó todo esto. ¿No pueden comprarse una casa ya terminada, corno la gente normal y dejarse de...?» «Piensen —contestó el padre—, algún día todo esto será de ustedes.» Pusieron una cara como si les hubiésemos ofrecido hacerse cargo de la Mutua de Jubilados. Aunque, en honor a la verdad, la casa proporcionó algo muy significativo a nuestro matrimonio: descubrimos que éramos totalmente incompatibles. Mi marido y yo nunca conseguimos hacer nada juntos en esa vivienda endemoniada. Si a mí se me antojaba colgar un cuadro, para el momento en que él traía todos sus taladros, clavos, clavitos, tarugos, tornillos, yo ya había alcanzado la menopausia. Ya ni diálogo teníamos. Nuestras conversaciones versaban sobre: •«¿Compraste las tuercas?», «Alcanzáme el alicate», «No, a la playa no podemos ir porque viene el electricista». Un día pasaron unos amigos (la única vez que confraternizamos con otro ser humano que no estuviera en el gremio de la construcción) e ironizaron: «No se quejen, esta obra de arte les va a agregar veinte años de vida.» «Ya me los agregó —levanté la voz—. ¡Tengo cuarenta años y parezco de sesenta!»
La «liberación telefónica»
Soy la mujer más liberada del mundo. Cualquier mujer puede liberarse si lo desea. Primero tiene que convencer a su marido.
Martha Mitchell
¿Oyeron hablar de eso alguna vez? ¡Claro que no! Es un nuevo movimiento creado por mí. Como siempre, referido a los maridos. Nadie ignora que maridos hay muchos, pero la mayoría de nosotras conocemos una sola clase: EL INÚTIL. Todos nacemos inútiles y dependientes. ¿No? Aunque se supone que con el andar del tiempo, ¿cuarenta años, pongámosle?, aprendemos a valernos por nosotros mismos. Lo que muchas mujeres no saben es que los maridos, aunque hayan alcanzado la adultez, hay un momento en que hacen una regresión: a partir del día en que se casan. Se convierten en algo comparable a un feto. Como cualquier ignorante que habite esta tierra sabe, el feto se encuentra unido a la madre por el cordón umbilical. Bueno, ellos están unidos a la vida por el cordón telefónico. Sí, a la vida. Es todo así: «Riiing.» «Hola, vida, ¿qué estás haciendo?», llaman a su mujercita. La llaman a cada rato para preguntarle cuestiones de vida o muerte que quieren que les sean contestadas de inmediato. «Querida, fijáte si me olvidé las ballenas sobre la mesa del desayuno.» «¿Te importa si me subo las bragas?, por una cuestión estética, ¿viste?» «¡No! ¡Las ballenas, las ballenas!» Y ahí va una por toda la casa con los calzones caídos (porque estaba en el baño). Es que para él era urgente saber si se había olvidado las ballenas. Ni qué decir del que llama solamente para tener la seguridad de que una está ahí. «Hola, ¿qué estás haciendo? ¿Me extrañás? ¿Con quién hablabas hace un rato?» Y una contestándole pacientemente, colgada de la araña (porque estaba lustrando los bronces). Tal mi caso. Para mí el teléfono se ha convertido en un instrumento del demonio. No sólo por parte de mis hijos, que consideran que mi único derecho sobre él es el de pagar la cuenta, sino también de mi bebé (marido). ¿Imaginan lo que es admitir que una nunca en la vida va a tener el privilegio de disponer de cinco minutos para depilarse las piernas sin que él llame de donde sea? Desde su teléfono celular, desde el teléfono de su oficina o desde la peor invención tecnológica de los últimos tiempos: el TELÉFONO AÉREO. Mi media naranja, cuando se va de viaje, no me permite extrañarlo. Llama a intervalos regulares de media hora. «Para hacer contacto», como dice él. Y mientras mi productividad desciende por lo menos en un 40 por ciento (porque nadie puede hacer nada si a cada rato lo interrumpen), la de él asciende en un 80 por ciento, gracias a que por teléfono me teledirige y me manda (Soy su Ché, pibe) a hacer sus cosas, en vez de las mías. Y en los últimos años, con la aparición de los celulares, no hay un lugar en la tierra donde una pueda esconderse, sin que la localicen para atormentarla con sus preguntas embargadas de pánico: «Vivi, por favor, acabo de acordarme que hace tres meses dejé mi abrigo italiano en la tintorería. Fijáte si encontrás el ticket en algún bolsillo. Yo te espero», jadea tanto que parece una llamada obscena. Después de poner patas arriba la casa y no encontrar nada, ¿saben qué hice ese día? Me tomé dos whiskys para darme coraje y me presenté ante el tintorero, haciéndole una oferta «que no podría rehusar» si me encontraba el condenado abrigo. Mejor no pregunten cuál.
O, de pronto, llama desde el auto porque se siente «un poquito excitado», justo cuando una está bañando al perro. «Gorda, ¿qué tenés puesto en este momento?» «Una bata y un delantal con una mancha húmeda en la panza... » «¡Sacátelo, sacátelo ya!» Cuando hace eso le recuerdo que hoy en día es conveniente practicar el sexo seguro. Y no sería seguro tener este tipo de conversación a 80 km por hora, puesto que es imprescindible tener ambas manos firmemente en el volante.
O justo cuando la lavadora está en la función «doble centrifugado triturante», él llama para informar de que se olvidó un cheque por cinco mil dólares en el bolsillo de la camisa. ¿Alguna vez vieron una mujer con el brazo centrifugado? No es lindo. Cuando mi hijo me vio flameando con la mano atrapada, agarró el teléfono y le dijo al padre: «Pa, mamá no te puede atender porque está levitando. Se ve que otra vez anduvo leyendo a Sai Baba.»
Hace mucho que renuncié a mirar telenovelas. La última fue una que se llamaba Perla negra. Para qué, si después de seguir una historia complicadísima todos los días durante una eternidad, este hombre llama justo cuando la heroína está dando a luz después de dieciocho meses de gestación, en un trabajo de parto que duró diez capítulos. Por eso yo no tengo, ni tendré jamás un teléfono móvil. Jamás se borrará de mi recuerdo el día que él se quedó en casa y me mandó al supermercado con un walkie-talkie. Estaba ahí, en medio de las estanterías, mientras la gente me miraba raro... ¡Y... también! «¿Me oís? ¿Me oís? Me quiero hacer unos fideítos y no encuentro el aceite de oliva.»
Nada, que esta clase de señor es el que te llama cuando estás entrando en la sala de partos para preguntarte por qué la lavadora está regurgitando espuma, si él sólo le echó media caja de jabón. O justo cuando estás con el coiffeur aclarándole que «sólo querés que te corte las puntas abiertas», desesperado porque no encuentra el mando y no sabe con qué botón se apaga la tele (cuando terminaste de hablar, el peinador re dejó como La Raulito). Irónicamente, éste es el mismo muchacho que no sabe cómo atender una llamada telefónica. En cambio es experto en asesorarla a una sobre lo que tiene que decir. Él te dicta: «Preguntále tal cosa... » «Decíle que no puedo.» ¡Y la llamada es para él! Pero si estás a mano, te usan de secretaria. En fin, si acaso un día leen en el diario: «Mujer con las facultades mentales alteradas se ahorca con cable telefónico», esa soy yo.
El marido que «trabaja en casa»
Cuídate del hombre que alaba la liberación femenina; está a punto de renunciar a su empleo.
Erica Jong
Creo que en cualquier momento me exilio en algún lugar donde nadie me conozca. Estaba pensando que, tal vez, en la Cárcel de Mujeres de Ezeiza... Si bien es cierto que uno de los problemas más temibles que nos aquejan hoy día es la desocupación, yo estoy padeciendo la otra cara de la moneda, que es cuando el marido, después de haber despedido uno a uno a todos sus empleados, finalmente se despide a sí mismo, y cierra la empresa. Probablemente esta malaria que nos aqueja acabe también con su pequeña compañía. Pero él, que es un hombre precavido, ha decidido prepararse: hace meses que está leyendo todos los libros de Peter Drucker, Lee Iacocca y todos los monstruos del management internacional y, finalmente, decidió reestructurar su negocio para poder sobrevivir. Hace un mes me lo anunció: «Gorda, tengo una sorpresa para vos. ¿Vos no decías siempre que estoy casado con la oficina y que nunca me ves el pelo? Bueno, ponéte contenta. Desde el lunes que viene voy a trabajar en casa.»
Media hora después volví en mí y toda mi familia me estaba dando aire. Había hecho ¡PLOP!, como en las historietas. ¿Alcanzan a comprender lo que significa esto? ¡EL BESO DE LA MUERTE! ¡Tener un marido que trabaja en casa! Es la mejor manera de asegurarse de que una nunca va a estar sola ni por un segundo de lo que le resta de vida. Ya hace casi un mes que estamos así. Me llenó la casa de computadoras. (Porque él copia el modelo empresarial japonés. Como se sabe, muchas empresas japonesas, para ahorrar tiempo y costos de distancias, están instalando a sus empleados en sus casas, intercomunicados con la central a través de una red.) Bueno, él actualmente dirige lo que queda de su «corporación», así, desde casa. Adivinarán, estimados míos, cómo me he esforzado en convencerlo de que no es práctico, ni conveniente. He tratado de seducirlo, recordándole que allá le espera su joven secretaria Lola, de enormes pechos (en casa la llamamos «Ferramar», porque sólo falta ponerle un fuera de borda), la misma que usa minifaldas del ancho de un cinturón. Pero no hay caso. Dice que se cansó, especialmente de los empleados.
—Estoy harto de la causa obrera.
—¿Y cuál es la causa obrera? —le pregúnto yo que no entiendo nada de esas cosas, porque soy ama de casa (es decir, desde que él se instaló en el hogar a tiempo completo, esclava de casa).
—¿La causa obrera?: YA SON LAS CINCO DE LA TARDE.
—Pero pensá en Gutiérrez, tu gerente, es un buen tipo...
—Gutiérrez, Gutiérrez... también me tiene harto. Todos los días me dice: «Ya sé que siempre llego tarde, pero lo compenso yéndome temprano.»
—Pero, querido, pensá en Margarita, la señora del archivo. Es un amor.
—Sí, un amor, un amor. El otro día estaba hablando por teléfono con una taza de café en la mano y la escucho decir: «Mirá, Graciela, ahora estoy en la hora del almuerzo, te llamo más tarde en horario de trabajo.» ¡Y la nueva! La que tomé hace una semana, el día que empezó abrió la boca y dijo: «Uy, una máquina de escribir con pantalla de televisión. ¿Puedo ver Much Music?»
»La gente pretende que uno le pague por no hacer nada. Están todos locos. «Trabajé seis horas —te dicen—, tengo derecho a una semana de vacaciones.»
—Bueno, querido, hay que ser solidario, hay mucha gente sin trabajo —suavicé.
—Sí, como el que vino el otro día llorando: «Necesito este trabajo, se lo ruego, no he conseguido nada desde que demandé a mi último patrón»...
—Entendé... la gente está desesperada.
—Sí, desesperada porque se le termina el Viva la Pepa, la gallina de los huevos de oro. ¿Sabés lo que me dijo Gutiérrez ayer?: «Llamó un tipo mientras usted no estaba. Dijo que era urgente.» «¿Y quién era?» «Ah, no sé.» Pero después quieren ganar y quieren aguinaldo y quieren vacaciones. Eso se terminó. Yo no trabajo más para mantener a una manga de vagos.
—Shh —lo silencié atemorizada—, mirá si los teléfonos están «pinchados» y nos escucha el ministro del ramo.
Conclusión, que desde hace casi treinta días estoy tratando de adaptarme a algunas novedades: el look casero del profesional. O sea, «sacrifiquemos el chic por toda la comodidad que sea posible». O sea: barba de una semana, chanclas con calcetines, una sudadera desteñida de lejía que encogió y deja ver el ombligo, y un jogging cortado en las rodillas, que deja ver la realidad, el signo inequívoco de un hombre que ha dedicado treinta años de su vida a levantar una empresa: piernas como cañerías de plástico (blancas y sin pelos). ¡Ah! Y el detalle más atrayente: aliento lo suficientemente tóxico corno para matar pequeños roedores.
Pero él, entusiasmadísimo. Corno chico con juguete nuevo. «Vas a ver, nena, cómo va a mejorar nuestra calidad de vida, las costumbres familiares. Se terminaron esos desayunos de pie, cada uno por separado. Por ejemplo, desde mañana me voy a tomar tiempo para un buen desayuno a la americana, con huevos, beicon, tostadas, zumo.» A la media hora me desperté y la chica me estaba abanicando. Me había desmayado otra vez... Pero luego me acostumbré. En efecto, todos los días, de ocho a once, mejoramos nuestra calidad de vida: yo de pie frente a los fuegos y él sentado en la mesa diciéndome: «¡Esto es vida! ¿Me hacés otras tostaditas?» Y al final ya me parezco a él. Lógicamente, una se va mimetizando. Deambulo todo el día en delantal, con horquillas en la cabeza y me lavo los dientes cuando tengo tiempo: cada dos días.
U n marido en casa es un trabajo extra. Pero como el que me tocó trabaja con esas computadoras, anda todo el día detrás mío supervisando lo que yo hago. «Necesitás un poco de organización. ¡Mirá lo que son estas especias! Vamos a ordenadas computarizadamente. A ver, andá alcanzándome clavo de olor, comino, coriandro, cúrcuma... » Y yo agrego —para mis adentros— COÑO, pero me someto mansamente y sólo mascullo: «Tabasco, tomillo, tomatelás» (esto último también para mis adentros).
Además me paso todo el día haciendo camas. Y es que un sujeto que trabaja en casa necesita sus momentos de reposo, de ocio creativo. Por lo cual va de una cama a otra, llenándolas de migas y otras porquerías, y no permite que la chica limpie. «Decíle a la empleada que se vaya antes.» Le molesta que haya gente circulando por la casa y echándolo de los distintos lugares para la diaria higiene. Pero también le molesta que haya mugre. Ahí te vuelve loca. ¿Estaré loca ya? No sé, me lo pregunto porque ayer me encontré dando vueltas en círculos por la aparcamiento sólo para respirar un poco de aire. «Ahora vamos a vivir más relajados», me aseguraba. La verdad es que estoy tan relajada como una puerta giratoria.
Cuernos, que espero que esto no dure mucho, que sea sólo una etapa y mi marido vuelva a contratar a toda esa buena gente que despidió, porque lo cierto es que la desocupación no le hace bien a nadie. Especialmente a la esposa del patrón.
Hágalo usted mismo
¿Cuántos maridos hacen falta para cambiar unel bombilla de luz? Uno. Para sostener la bombilla y esperar que el mundo gire alrededor de él.
Susan Savannah
Estoy a punto de darles el gusto a los machistas de continuar afirmando que las mujeres somos como la gata de doña Flora. Seguramente habrán visto ustedes a esos maridos haraganes que de tanto no hacer nada y estar tirados en un sillón desarrollan más placa bacteriana en las arterias que en los dientes. Que cuando una sacude los muebles también los tiene que sacudir a ellos porque ya forman parte del decorado (siempre ahí en el sofá, con el mando como una extensión de su mano y las patas sobre la mesa baja), que no clavan ni un clavo y dejan que todo se venga abajo. Bueno, no me gustan. No aguantaría jamás un gusano inoperante así, que entre eructo y eructo de cerveza pregunta: «Nena, ¿dónde están mis zapatos?» Si el mío me pregunta eso, le contesto: «¿Y dónde están los míos?» Pero así como es una desgracia tener un «inválido» al lado, que no te toque nunca un marido del tipo «hágalo usted mismo». De esos que suponen que no existe nada en la casa que ellos no puedan reparar por su cuenta. A mí el Señor me bendijo con uno. Por eso, cuando en mi hogar hay algún desperfecto, algún problemita de mantenimiento —como si fuera una enfermedad terminal—, tratamos de ocultárselo todo el tiempo que sea posible. Es que desde el momento en que lo descubre, él es un hombre con una misión: DESTRUIR TODO. Y no para hasta cumplirla. «Soy el chanchito práctico», dice. Y aparece convertido en su nueva personalidad: el hermano tonto de Mac Gyver. Vestido con un abrigo y un cinturón de cuero repleto de las últimas y más sofisticadas herramientas del mercado, alrededor de la cintura. ¡Una visión aterradora!
Para este hombre es preferible causar una catástrofe masiva que pagarle un solo centavo a algún técnico, ya sea de fontanería, calefacción, carpintería... Lo descubrí cuando ya era demasiado tarde: dos semanas después de casarme. Él volvió a casa del quiosco, contentísimo, trayendo bajo el brazo dos cajas de cigarros. Corrió a encerrarse en el sótano, las clavó juntas, las pintó de verde oscuro y anunció: «Acá está nuestro nuevo buzón.» Otro día dijo: «Voy a racionalizar los armarios para que quepa más. Vas a ver, se va a duplicar el espacio.» En efecto, ahora, para colgar una prenda, me tengo que subir a un banquito, porque la barra está pegada al techo del armario. Afirma, convencido, que la experiencia indica que en esos estantes de arriba nunca se guarda nada. Entonces, actualmente, los estantes están abajo y la barra, arriba... Después se le ocurrió hacer una tarima para apoyar el cubo de la basura. La construyó tan alta que, para catapultar la basura, antes tuvimos que entrenamos en baloncesto y esperar lo mejor. También tuvo su etapa de la mampostería. Todo tenía que ser fijo, encajonado, enmarcado. Incluso los canteros. Me los rodeó de una hilera de ladrillos, porque, si no, dice que se desmorona la tierra. Encajonó en cemento la televisión, la nevera, el estéreo, la lavadora, los artículos de limpieza. Una mañana, medio dormida, me levanté y, al estirar los brazos, descubrí que los tenía rodeados de libros y mi colección de campanitas: había cercado la cama con una estantería. Ahora la única manera de subirme a la cama es por los pies. Con mis hijos le llamamos «Nicho», no sólo porque toda mi casa es una colección de nichos de material, sino porque tiene el carácter de Jack Nicholson, siempre irritable y con las cejas en actitud amenazante. La gente ya comenzó a darse cuenta de que tengo un marido «hágalo usted mismo». Ya no puedo ocultarlo: somos los que colocan la antena de TV en medio de una tormenta, los mosquiteros agarrados con chinchetas, las puertas pintadas con látex. Hasta la tarea más simple, mi pobre santo la ataca con la gracia de una manada de búfalos. Lo asombroso es que, en realidad, aunque él quiere hacer las cosas, no tiene nada de paciencia.
«Me pregunto si podrías alcanzar detrás de la lavadora y poner este simple enchufe adentro de esa simple toma», arriesgué un día. «Veamos —contestó—, primero necesito la Enciclopedia del Bricolaje, volumen 111. Hacéme el favor, buscá el capítulo Artefactos eléctricos. Ahora andá y traé mi cinturón Utilitario, mis guantes aislantes y mi casco de seguridad con luz incorporada.» Y se metió ahí, voluminoso como es. «Dale —le advertí—, rompéme el dial con tu pezuña número 43. Mirá, mejor dejá que lo haga yo», sugerí al ver el desastre que se avecinaba. «Esto es trabajo de hombres —aseguró con firmeza—; vos andá a terminar de palear la arena que sobró de cuando arreglé la vereda.» («Arreglé», bueno, es un decir. La convirtió en una escalera: una baldosa más alta que la otra.) Se metió más atrás y, por fin, enchufó. Una sola patita, y la otra hizo masa no sé con qué. Le pegó una sacudida que fue a dar con la frente contra un grifo y se le hizo añicos el bulbo (el bulbo que tiene en la frente del casco). Pero reaccionó de inmediato: levantando de golpe la nuca (todavía tiene la cicatriz). Se la pegó contra el lavadero. Por fin se levantó. Y se llevó la manguera del desagüe con él... enganchada en el «cinturón utilitario», con todos los tornillos y la válvula. Y ahí fue cuando pronunció la frase del terror: «Después de la siesta lo termino.» Almorzó, se tomó una botella y media de vino (porque era domingo) y, a las siete de la tarde, cuando se tenía que levantar, se hizo el enfermo. Al día siguiente, vino el técnico y, viendo la lavadora con la manguera rota, los cables pelados y todas las tuercas por el suelo, sugirió: «Le convendría comprarse una nueva, repuestos no hay porque es importada.»
Irónicamente, hay mujeres que me envidian.
—Al menos hace algo, no como el mío. Ustedes son una pareja perfecta. Da gusto verlos a los dos, vos cortando el pasto y él echando veneno a las hormigas, vos lavando el auto mientras él limpia la guantera... ¡Son tan compafleros!
—Dejáme contarte un secreto —le confesé—. A mí siempre me dio asco la mujer inútil. Le tengo resentimiento porque envidio su habilidad para manejar a los hombres y ponerlos a su servicio. Si naciera de nuevo, sería como vos. ¿Cómo es que te llama tu marido? ¿Gatita de seda? Bueno, el mío me dice «ESMA». Y eso me pasa por bocazas, porque al principio de nuestro noviazgo, observándolo tratar de arrancar un motor fuera borda, me hice la lista y le dije: «Escucháme viejo, primero tenés que poner el cebador para que llegue nafta al carburador, después ponés la palanquita en start y tirás de la cuerda.» Desde ese día me ascendió a almirante y me tocó estar en «custodia» del fuera borda. También se me asignó limpiar el filtro del acondicionador de aire, reparar la cuerda de tender la ropa, cambiarles el líquido refrigerante a los autos, arreglar las gomas de los grifos que pierden...
Déjenme decirles que a él lo único que le interesa es «jugar» a HÁGALO USTED MISMO. Jugar, no hacerlo. Pero el paroxismo fue cuando hace poco se le ocurrió construir un camastro de dos plazas, según uno de esos libros de bricolaje que enseñan a hacerlo «en seis fáciles lecciones». Si llegaba a terminarlo en seis años, iba a constituir un milagro, teniendo en cuenta que otra de las características de su personalidad es que, cada vez que hace algo, decide agregarle anexos: inodoro, bar, cocina americana... Lo cual—pensándolo bien— no era mala idea. Le dije:
—¿Por qué no le agregás también una biblioteca?
—¿Para qué?
—Para guardar toda la colección de HÁGALO USTED MISMO que acumulaste desde 1974. Así, al cabo de los seis años, tenés un lugar donde mudarte después del divorcio.
¿Y hoy qué comemos?
A mi mujer le encanta la cocina: especialmente si está hecha en un restaurante,
Hcnny Youngman
La verdad es que estoy harta de mis compañeros de trabajo. ¿Qué están pensando? ¿Que me refiero a la computadora, los libros, los lápices? ¡No! Ellos son sólo un pasatiempo en mi vida. Mis verdaderos compañeros de trabajo son el plumero, el detergente, la aspiradora y las sartenes. En especial las sartenes. Y las ollas. Es allí donde verdaderamente me desarrollo como persona: oliendo a cebolla, corriendo para que no se incineren las patatas fritas y con agua jabonosa chorreando por las manos. Eso se lo debo a mi madre, que me educó como para que mi vida fuese un cuento de hadas: La Cenicienta. Y mi marido, el príncipe hambriento que todos los días me tortura con la pregunta que confirma que estoy viva: «¿Y hoy qué comemos?» Trato de tomado filosóficamente y me digo: «Cocino, luego existo.» Entonces, para hacer frente a semejante desafío diario me he quemado las pestañas haciendo cursos de cocina y leyendo los libros de los chefs Gato Dumas, Francis Mallmann y otros. Es que si una está dotada de cierto amor propio, no puede dejar pasar así como así ciertos comentarios. Sin ir más lejos, cuando éramos recién casados, me dijo: «Lo bueno de tu comida es que no crea hábito.» Se ve que me faltaba aprender. Será por eso que en nuestro primer aniversario me regaló un libro de cocina: Cocina moderna para la mujer fácil. Y agregó: «Desde hoy dejá de sacar las recetas de Mecánica popular.» Fue así como me convertí en la excelente cocinera que siempre fui.
Pero, últimamente, no sé qué me pasa... Cocino con violencia, con resentimiento. Cuando pico y corto sobre mi tablita, aprieto los dientes murmurando cosas como: «Ya van a ver, desgraciados.» ¿Me estaré rebelando? Digo, porque el otro día cuando él llamó como siempre a las tres de la tarde para averiguar qué había de cenar, le colgué y dejé un cartelito pegado en la nevera que decía: «Salí por un rato y no creo que vuelva más.» Es que este hombre, como es gordo, vive a régimen (eso supone él). Por lo tanto, no almuerza, pero tiene permanentemente un plato de raviolis en el cerebro. Miren si estará gordo que la bañera ya tiene estrías... Come como un desesperado. Cuando toma la sopa, las parejas se levantan y empiezan a bailar. Y yo no sé por qué me siento como agarrada en falta si a las tres de la tarde no estoy preparando ya el pan nuestro de cada día. Me pongo nerviosa y lo trato mal. Y después le pido perdón. Más que nada cuando ya tengo todo organizado, y la escena es más o menos así: «¿Qué hay de cenar?» «Bueno, tengo alcachofas, pastel de carne y macedonia de fmras.» «¡Qué lástima!» ¡Chau! Ya me tiene donde quería. «¿Por qué?», tartamudeo sabiendo lo que me espera. «Me hubiera gustado un pescadito... » Y ahí va Viviana, en ómnibus (porque yo ya no tengo más auto; lo usan mis hijos. Y en mi barrio no hay pescadería. Tengo que viajar hacia un centro comercial). Así que, se imaginan, yo, con mi besugo bajo el brazo, envuelto en papel de periódico. Y la gente mirándome raro, cuando soy una persona que se baña varias veces al día... No sé decir que NO. Si me piden Ranas Toro a la Provenzal, soy capaz de ir a cazarlas a las zanjas que hay cerca de mi hogar.
Ése es otro de los temas que acongojan a la jefa de familia: la provisión de alimentos. En mi casa, esto lo desempeña un «grupo de tareas» formado por una única persona: yo. ¿Y cuál era el lema de estos grupos durante la represión? Alguien tiene que hacerlo. Y si a una, mientras arrastra las bolsas hasta su hogar, se le cae alguna lágrima, es porque ya sabe lo que ocurrirá: llenar la nevera es como llenar un tonel agujereado. Una abarrota los estantes y al segundo día lo único que queda es un tomate podrido y una loncha de jamón envuelta en un papel mojado (porque mi nevera llora, como yo). Y así traiga todo, siempre falta algo. Yeso, eso es precisamente lo que le piden. «¿Pero cómo, no hay salmón ahumado?» Ése es mi hijo mayor, que después de inspeccionar trescientos dólares en víveres parado frente a la nevera abierta durante dos horas hasta que se le escarchan los pelos de la nariz, decreta: «En esta casa nunca hay nada de comer. Me voy a McDonald's.» ¡Se va a McDonald's para hacerme sentir una mala madre! El mismo sujeto que dice que es vegetariano. Al que hay que hacerle comida especial: que carne no, que alimentos envasados tampoco. Que solamente gramíneas, pescados y hortalizas y todas esas cosas raras que comen los «conversos». Aquí me gustaría dedicar un pequeño párrafo a los niños y la comida. Las criaturas, ya se sabe, son los comensales más desconfiados que hay. Son capaces de comer cualquier cosa: barro —crudo o cocido—, piedras, dentífrico, lápices, peces de la pecera, colillas, comida para gatos, pero trate una de forzarlos a probar una cucharada de polenta y la miran con cara de prisioneros en un campo de exterminio nazi. A mí me han escupido tanta comida en la cara cuando chicos, que llegué a necesitar gafas con limpiaparabrisas. Pero ahora ya son grandes. O sea que la cosa no es tan fácil. No se soluciona con pedagogía, o sea con un buen soplamocos.
Fíjense, si no, en la cena de anoche. Yo, de pie todo el tiempo friendo buñuelitos de acelga. Dos mil trescientos buñuelitos. Es un acto heroico que se hace por amor a la familia. Porque durante dos horas, una no se sienta mientras ellos comen y charlan. Pero, qué quieren que les diga: para mí el ritual de la cena es sagrado, es el único momento del día en que estamos todos juntos y nos «comunicamos». Mi último diálogo sobre comida con mi marido fue aproximadamente así:
—¿Qué querés comer, querido?
—Me da igual.
—Hay callos.
—Odio los callos.
—¿No era que te daba igual? Si hablaras más, a lo mejor podría enterarme de lo que querés.
—¿Qué querés que te diga?
—¿Me amás?
—¡Qué pregunta!
—¡Decílo, decílo!
—Está bien, te amo.
—No lo digas como si estuvieras comprándoles un cupón a los ciegos.
—Te amo.
—No te creo. ¿Por qué será que a los hombres les cuesta tanto demostrar sus sentimientos?
—Por la misma razón que a ustedes no les cuesta nada demostrar lo que no sienten.
En fin, que gracias a la comida llegamos a tener más o menos profundos acercamientos.
La verdad es que descubrimos que el sentido de nuestras vidas y de nuestra pareja era la comida, hace bastante. Exactamente cuando volvimos de la luna de miel. Nuestra próxima comida era la razón de nuestra existencia, la base de nuestra comunicación.
Todo era así: «¿Qué hay de almorzar?» «¿Qué querés que prepare?» «¿Descongelaste la carne?» «¿Qué pasa que no comés? ¿Está muy cruda?»
Pero la noche de los buñuelos, ya estaba tomando forma dentro de mí esta sublevación. De pronto no aguanté más y dije: «¡Che! ¿Pero qué pasa? ¿A mí nadie me habla?» «No digas eso, mamá. ¿Acaso recién no te comenté que mañana tengo una fiesta y necesito el traje azul planchado y los zapatos negros lustrados?», era la voz de mi otro hijo. Obviamente no contesté (ya se sabe que la locura es hereditaria: se hereda de hijos a padres). Me limité a seguir escuchando el sonido de mandíbulas que en un segundo trituran y degluten lo que a una le llevó horas preparar. En eso, no sé de dónde me salió, no sé: «Tengo un tumor en el hipotálamo.» «¿Y qué esperás para ir al médico, dejada?» Esta vez era la voz de mi cónyuge. Me sorprendió que al menos contestara, porque la verdad es que es tan conversador, que si sigue así voy a tener que asistir a las reuniones de Alcohólicos Anónimos para hablar con alguien o convertirme en vidente para adivinar lo que piensa. Ya no pude más y comencé a sonarme los mocos con el delantal, entre sollozos, sentada en el piso de la cocina en posición fetal. Debo haber actuado muy raro, porque esta mañana el hombre de mi vida me llevó otra vez al sicólogo.
—Doctor —le dije—, ante todo quiero que sepa que padezco unas pesadillas horribles. Sueño todas las noches que corto y corto y corto con mi cuchilla sobre mi tabla de picar...
—¿Y qué corta, señora?
—De todo, todas las cosas que cocino...
—¿Corta zanahorias?
—Sí, claro.
—¿Y chorizo colorado?
—Por supuesto, cuando hago lentejas.
—¿Y nabos?
—Y, sí... para la sopa.
—¿También corta bananas?
—Más vale, doctor, cuando hago macedonia de frutas.
—Está clarísimo lo que a usted le pasa. Usted tiene un complejo de castración. Se siente castrada por tener que estar siempre en la cocina. Y entonces proyecta, inconscientemente, castrar a su marido y a sus hijos.
—Doctor, sólo estoy harta de cocinar.
Me fui pensando que al médico no le faltaba razón. Tal vez no estuviese fantaseando castrar a nadie, pero ¿por qué no en envenenar? Fritangas, colesterol, toxinas y sodio podrían formar parte de un nuevo menú que me permitiera zafarme de este yugo...
Pero no, mejor no. ¿Para qué? ¿Para convertirme en enfermera, infarto mediante, hipertensión mediante, hepatitis crónica mediante, úlcera mediante?
No, enfermera, no. Mejor me callo y sigo de cocinera.
¿Conviene ser autosuficiente?
Cualquier cosa que hagan las mujeres deben hacerla dos veces mejor que los hombres para que se considere que son la mitad de buenas.
Por suerte, esto no es difícil.
Charlotte Whitton
¡Qué mal me enseñó mi papá! Él me dijo que la gente se divide en dos: los que hacen y los que miran. Lo que no me advirtió es que si me metía en las filas de los que hacen (y yo me puse de ese bando), iba a estar rodeada de gente que sólo mira. Tarde o temprano, entonces, una se plantea lo siguiente: ¿Conviene ser autosuficiente, competente, eficaz, o es mejor ser una inútil? ¿Quién lo pasa mejor? ¿La mujer luchadora, resolvedora de cosas, la que dice: «Se rompió la plancha. Vos dejámela a mí, que yo la arreglo», o la incapaz asumida y feliz, que pone cara de carnero degollado y dice: «¡Ay! Yo no sé, pregúntele a mi marido.»? ¿Quién lo pasa mejor? Bueno, ya tengo la respuesta: como mujer es mejor ser una nula. Como ser humano, no. Pero en esta sociedad eso no importa. Si a una le sale fácil, obtiene más réditos haciéndose la tonta. Y esto me lo han asegurado muchas mujeres inteligentes.
Jamás olvidaré el día en que me tocó entrevistar a la diputada Florentina Gómez Miranda para una revista y me confesó:
—¡Pobre, mi marido!, se murió creyendo que yo no sabía cebar mate. ¡Lo engañé todos estos años!
—¿Y por qué hizo eso? —le pregunté.
—Porque, si no, hubiera tenido que pasármela cebando mate ahí al ladito de él, inmóvil, ya que no hay nada más esclavo que cebar mate. De esa manera, él se lo cebaba solo y a veces me traía alguno a mí, mientras trabajaba.
Debí haber aprendido de ella. No tener el falso orgullo de decir: «¡Ah no, que nadie vaya a pensar que yo no sé hacer esto!» Ahora ya lo sé porque soy una mujer de experiencia. Y «experiencia —dice un refrán— es lo que obtienes cuando no obtienes lo que quieres». Como la peregrina ocasión en que decidí hacer un asado. Fue un día en que exclamé: «¡Estoy harta de depender de un hombre cada vez que quiero comer asado!» Cuántas veces hemos pasado por esta situación: «Gordo, ¿por qué no hacés un asadito?» «No, hoy no tengo ganas» o «Voy a llegar tarde porque tengo partido de tenis». Por consiguiente, una termina comiendo asado solamente cuando ellos tienen ganas. Que los hombres nos sometan permanentemente al asqueroso chantaje de «la carne», vaya y pase, pero el chantaje de la «carne a la parrilla», ya es demasiado. «¿Cómo es posible que una mujer resuelta y corajuda como yo admita eso?», me reproché. Eso de andar humillándose, pidiendo, rogando, casi con miedo: «Querido, ¿te gustaría, tenés ganas, cómo andás de ánimo para un asadito?»
Así que decidí resolver esta situación como lo hago siempre: poniéndoles «los pechos» a las cosas. Después de todo, si bien nunca había hecho un asado, de observar conocía perfectamente los pasos a seguir. No podía fallar... Aunque los varones siempre anden compitiendo y haciendo un misterio de su técnica, como si se tratara de la habilidad para abrir una caja fuerte.
Me levanté a las seis de la mañana. ¿Cómo para qué? Para comprar la carne, el carbón, la ensalada de berros, los pimientos rojos, los limones, el ajo, las patatas. Todas esas cosas que cuando los maridos hacen asado es una quien las prepara. Esta vez, además de ser yo la que se encargaba de todo: ensaladas, chimichurri, también me tocaba hacer el asado. El hombre normalmente empieza media hora antes. Total tiene un séquito de ayudantes que revolotean a su alrededor como la corte de los milagros: mujer, hijos, empleada y hasta el perro que le alcanza las ramitas. De manera que, precavida, empecé temprano. Llegué a casa y me puse a limpiar la parrilla, que hahía quedado sucia de la última vez. Por supuesto que con el invalorable asesoramiento de él. Él miraba. Con el ceño fruncido como si me hubiera atrapado coqueteando con otro y dándome consejos paternales. Sí, debo admitir que cumplí el sueño secreto de toda mujer: casarme con mi papá sin matar antes a mi madre. Apoyado, así, displicentemente, contra la pared con los brazos cruzados, él me alentaba: «¡Qué hacés, qué hacés, dame para acá! ¿Cómo vas a raspar la grasa de la parrilla con mi cuchillo de carnicero? ¡Le vas a arruinar el filo!» Y me lo arrebató de las manos lo mismo que si hubiera rescatado de la destrucción un jarrón de la dinastía Ming. No importa. Empecé a preparar el fuego mientras salaba la carne de cerdo. «¿Qué? ¿Lo vas a salar antes?» Creí reconocer un tono de advertencia en su pregunta. Como si me encontrase a punto de desatar algo irreparable, una catástrofe ecológica, sin ir más lejos. Una equivocación que debería pagar por el resto de mi vida... Ante la duda, le enjuagué toda la sal bajo el grifo y procedí a preparar las mollejas como lo hace mi padre, que les da un hervor previo y después las corta en lonchas para que se desgrasen. Pero mientras las mollejas hervían en la cocina, volví al quincho para ver si ya estaba la brasa. Estaba, de manera que fui poniendo el pollo y el cerdo. «¿Qué? ¿Todavía no aprendiste a abrir el pollo como rana?», me inquirió él con sorna, siempre apoyado licenciosamente contra una pared. «Así se te va a quemar la pechuga», sugirió en un silbido entre dientes. A esas alturas ya empezaba a surtir efecto el trabajo sicológico, porque, en mi amor propio herido, saqué el pollo de la parrilla y me puse a trocearlo tipo rana, más o menos según lo que yo me acordaba. No fue fácil, sobre todo con un cuchillo común, porque la cuchilla afilada la tenía él calzada en la cintura y a buen recaudo, al mejor estilo malevo. Empecinada, lo logré: quedó tipo rana. Una rana inválida. Lo penoso fue que en esa empresa me olvidé de las mollejas. Cuando volví a la cocina habían hervido tanto, que parecían sesos. Ya sólo podían servir como esponjas para lavar los platos. «¡Qué vas a hacer! ¿Las vas a tirar?», me fulminó con una mirada atroz. «No, no, yo me las como igual.» Y empecé a engullir esos pedazos de neopreno poniendo cara de que estaban deliciosos.
Todavía me faltaba limpiar los berros. Hoja por hoja. Pero, para ganar tiempo, puse los pimientos sobre las brasas para que se fueran asando. No me atreví a pedirle que los vigilara. A esas alturas ya había comprendido que para ciertos varones con «todo lo que hay que tener bien puesto» debe significar algo así como una violación contranatura que una les demuestre que puede arreglarse sin ellos para hacer ciertas cosas. Además, él me seguía por toda la casa como un acompañante terapéutico encargado de vigilar los pasos de una demente recién dada de alta. Si yo estaba en la cocina, él ahí, al lado mío, sembrando la duda y el pánico: «Te vas a quedar sin fuego.» Corrí al quincho a agregar más carbón y él me recordó admonitoriamente que hacía seis meses que ya no pagábamos el seguro contra incendio. «No te preocupes —le manifesté—, el día que decida incendiar la casa, lo voy a hacer con vos solo adentro. De manera que una vez muerto, ya no tendrás nada de qué preocuparte.» Volví a la cocina y continué con los demás preparativos. A propósito, ¿pega asado con puré? Ya me parecía que no. Es que, corriendo al perro —que se había robado la ristra de chorizos— por el jardín, perdí diez minutos y las patatas para la ensalada se habían desintegrado (como mis ilusiones de salir airosa en esta empresa). Rescaté los chorizos, los lavé en agua con vinagre y los puse en el fuego. «¿Así nos envenenás todos los días?», preguntó con tono de psicoanalista que insinúa terribles perversiones ocultas en nuestra personalidad. «Pero si el fuego mata todo... » «Yo eso no lo como.» Hice como que no había oído y volví a «asarme» frente a la parrilla, mientras recordaba a la diputada Florentina Gómez Miranda, que usó la inteligencia a su favor, no en su contra. Acababa de descubrir que no es lo mismo ser inteligente en la física nuclear que en el amor y las relaciones. Son dos cosas diferentes. Yo creía que haciéndome eficiente e imprescindible iba a lograr que mi marido, mis hijos, mi jefe, mis empleadas, mis amigos, mis compañeros de trabajo, mis padres y los gatos abandonados me quisieran más. No fue así. En cambio todo el mundo pretendió utilizarme y, además, con derecho a criticar.
Las mujeres, en nuestro pequeño papel de tiranas domésticas, intentamos compensar esa falta real de poder, reinando sobre cosas pequeñas: la limpieza, el orden y ahora... el asado, para aseguramos de que nuestro papel vale mucho. Repito, admiro a aquellas que pueden dejar de lado el amor propio y aprovecharse del rol algo bastardo que nos tocó en suerte, sin importarles lo que nadie piense de ellas. Mi madre, por ejemplo, no aprendió a rellenar un cheque hasta que llegó a los cuarenta años y, sin embargo, lo pasaba regio. Yo firmo cheques y nunca tengo un peso, aunque trabajo. Mi papá quería que mi madre fuera así, pero que yo fuera diferente. Que tuviera autoestima. Por suerte, no pudo verme aquella noche del asado, en que casi casi estuve a punto de hacer lo que siempre hago cuando me siento acorralada. Usar la más poderosa fuerza hidráulica del mundo: lágrimas de mujer. ¡Lágrimas de mujer!
Las penas son de nosotras, la pastita es ajena
Un hombre de éxito es aquel que gana más dinero del que su mujer puede gastar. Una mujer de éxito es aquella que puede encontrar un hombre así.
Lana Turner
Ayer a la noche, mi cónyuge llegó a casa con gesto de lobo y se me abalanzó encima al grito de «¡Te la voy a romper! ¡Te la voy a romper!» No sé por qué supuse que se trataba de una invitación a la lujuria. Ingenuidad residual, que le dicen. Se refería a la tarjeta de crédito. Esa mañana le había llegado el resumen a la oficina. Yo no niego que gastemos mucho, pero ¡somos dos personas! Y dos animales (mis hijos, que comen como bestias). Lo que acontece es que el jefe de este hogar es un tipo muy especial con el dinero. A él le gusta gastar, pero cuando llega el momento de pagar siente el mandato atávico de montar un escándalo. Se ve que es algo que le viene de la cuna. Es como un rito que él practica. Como si rezara una letanía... Para describirlo sin exagerar, se pasa dos horas caminando en círculos y levantando y bajando la cabeza, que se agarra con las manos mientras profiere el siguiente mantra: «Vos me vas a arruinar, vos me vas a arruinar.» y algunas otras cosas que no sería atinado reproducir. Entonces, ¿yo qué hago en ese momento? Me quedo dura como una esfinge, con los ojos fijos en un punto y pienso —como los chicos cuando los castigan—: «Ya va a pasar, ya va a pasar. Aguantá un poquito más, Vivi, y ya pasa.» Bueno, si anula la extensión de su tarjeta, ya no le queda más nada por quitarme. Sólo me restará seguir dedicándome a la literatura fantasma. Me refiero a que todos los días leo un libro con las páginas en blanco: mi libreta de cheques. Llego a hacer un gasto sin consultarlo y esa noche no podemos dormir en la misma habitación sin abrir las ventanas para dejar salir la hostilidad.
Ahora, yo me pregunto, ¿un hombre no es cómplice en los gastos, cuando todos los días dice: «Hagamos un asado para diez, hagamos una cena para quince. Invitemos a fulano a comer a tal lugar. Para las vacaciones invité a mis padres, mis sobrinos y el barman del club con su señora a pasar unos días.»? ¿Todo eso de dónde cree que sale? Entonces viene con la liquidación de la tarjeta de crédito y te la interpreta con aires de inspector impositivo: «¿Qué es Blanco no sé cuánto?», pongamos. «Unas sábanas que compré para los cuartos de los chicos.» «¡Pero no ves que no tenés control! ¡Sos un mono con una navaja! Si no hay sábanas que duerman sobre toallas, gracias que tienen cama.» «Bueno, vos sabías cuando te casaste conmigo que soy una mujer bien cara», ironizo. ¡Sí, carísima! Me compré como cuatro lápices de labios (en cinco años) pero baratos, para que él pudiera seguir haciendo festines y comilonas y continuar engrosando su colección de cortaplumas y cuchillos importados (que para eso sí hay dinero). Lo que ocurre es que él es un convencido de que «el dinero no hace la felicidad». Por eso no quiere que gaste, porque quiere verme feliz. Es todo una cuestión de educación. Venimos de familias muy diferentes. Los de él tienen los bolsillos cosidos. Mi suegro —para que lo sepan— entierra el dinero. Como no puede llevárselo con él al otro mundo, lo manda antes. Además, hay personas que son tacañas únicamente para los demás. Ellos, por ejemplo. Creen fervientemente que «la caridad bien entendida empieza por casa». Y terminan cenando en el Park Hyatt (siempre y cuando paguemos nosotros). En cambio yo tengo padres muy dispendiosos. Uno de los lemas de mi madre es: «Hija mía, ahorra un poco cada mes y a fin de año te sorprenderás de cuán poco tienes.» Asegura que el dinero hay que hacerlo correr, para que vuelva. Y le da resultado. Yo, en cambio, nunca tuve suerte con la pasta. La única vez fue anteayer, que encontré una moneda rara. Claro, era rara porque, como yo jamás en mi vida encontré nada, exclamé: «¡Uy, qué raro, encontré una moneda!»
Yo trato de que a mi marido se le pegue ese estilo manirroto de los míos, pero no hay caso. Salimos del cine y se acerca ese señor que aparca los coches y que él odia porque odia tener que darle propina, y yo, usando una de las frases de mi mamá, predico: «Da, hasta que te duela.» «Está bien, tome diez centavos.» Obviamente no tiene mucha tolerancia al dolor. En fin, esta historia del dinero en la pareja es insoluble, porque a ellos no les importa el dinero que gastan, les revienta el que gasta una, así sea en papel higiénico. No hace mucho, al ver la cuenta de la verdulería me dijo:
—La verdad que tendrías que ser ministra de economía.
—¿Por qué mi amor? ¿Te parece que este mes gastamos menos?
(Me puse toda contenta, creyendo que le había ablandado el corazón.)
—No, porque con vos sola, bastaría para acabar con la recesión.
En ese instante volví a rememorar otra de las frases célebres de mi madre: «Hijita, ¿sabés cuál es la mejor manera de llegar al corazón de un hombre? Con un cuchillo y por la espalda.»
¡Y él tiene muchos!
¿La reforma laboral incluye los arreglos de ropa?
Tengo un traje para cada día de la semana.
Es el que llevo puesto.
Henny Youngman
Es indispensable que consiga el teléfono de la fundación Convivir y Vivir para hacer una denuncia por discriminación. Como mujer que piensa que una aguja es algo que una se clava en el pie cuando camina descalza (porque la verdad es que yo cocino, lavo, plancho, pero de coser... nada), como mujer negada en estas cuestiones, me subleva la desigualdad que existe entre los arreglos de la ropa de hombre y la de mujer. No es para menos. Porque cuando un hombre adquiere un traje, los arreglos son gratis. En cambio, si una va a una boutique y se compra ropa de igual valor, tiene que pagar aparte por un dobladillito piojoso. Estaba yo con mi marido hace algunos años. Quince (es que él no se compra ropa muy seguido). Para ser exactos, cada quince años. ¿Se fijaron que la gente manda los trajes viejos al Ejército de Salvación? Bueno, él los manda a la tintorería. Cuando me preguntan cuántos atuendos posee, contesto: «Dos. Con o sin.» Nunca tengo oportunidad de plancharle el único traje que tiene. Anda que parece que se hubiera vestido delante de una turbina de avión.
La primera vez que fui a su departamento de soltero debí haber adivinado que ése iba a ser un problema mayúsculo en nuestras vidas. Poseía un armario lleno de trajes, y yo me dije: «He aquí un caballero elegante.» Hasta que los vi de cerca. Era la colección completa de los trajes de toda su vida, desde la primera comunión (porque ésa es otra, él no tira nada). Unos modelos francamente indescriptibles. Entallados, con solapas anchas y los pantalones Oxford y sin bolsillos. Les calculé unos trece años. Eso sí, tenía más de sesenta corbatas (anchas como una servilleta y firmadas por Ante Garmaz). Se me ocurrió preguntarle para qué guardaba toda esa basura y se ofendió como una virgen remilgada. «¿Esto? Esto es una pinturita. Esperá que adelgace unos kilos y me los hago retocar por mi sastre Silvano. Por fortuna para el sastre, murió antes de que todos esos disfraces llegaran a sus manos. De lo contrario, hoy todavía se estaría revolviendo en su tumba. Al parecer, la fantasía de mi entonces novio era ésa: ¡adelgazar! Está bien. Todos tenemos alguna fantasía. Sin ello no se puede vivir. Pero una cosa es bajar unos kilos y otra muy distinta pretender volver al físico de cuando se estaba en el servicio militar, teniendo treinta y un años. Porque hasta eso almacenaba. Se había «guardado» el uniforme y decía que algún día se lo iba a hacer «retocar» por su sastre. Hoy —con la edad que tengo— un hombre me dice eso y pongo un continente de por medio entre él y yo. Pero, qué quieren, tenía veinte añitos... Una tarda en descubrir a quién tiene al lado (a veces veintisiete años), su verdadera personalidad. En este caso doble personalidad: tiene un cuerpo que le exige permanentemente raviolis con estofado y un cerebro que le exige elegancia, que le impide aceptar que pesa ochenta y cinco kilos.
Actualmente se desplaza en lo que yo denomino Traje de Mormón. De la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Sólo le falta ponérselo con camisa de mangas cortas y corbata finita. «Si está buenísimo —se defiende—, en Estados Unidos es un clásico.» Sí, el clásico atuendo del viajante de comercio. ¿Oyeron hablar de La muerte de un viajante? Bueno, cada vez que vamos a una fiesta —yo toda emperifollada y él bajo esa carpa— me dan ganas de matarlo y le pincho: «¿Eso que tenés puesto es un traje o estás bailando con otra persona?» Después me enternezco y, considerando que se trata de un hombre que ha llegado a la Edad Metálica, no se le puede pedir más. La EDAD METÁLICA: Pelo Plateado, Dientes de Oro y Culo de Plomo.
Pero cada tanto, se decide y se compra algo. Como esa vez, hace quince años, cuando se compró un terno de ochenta y nueve dólares (cinco piezas con dos pantalones y un juego de platos de duralex de regalo). Una oferta. No sólo era barato (la etiqueta decía: «HECHO EN MALVINAS OCUPADAS, CAPITAL MUNDIAL DE LA MODA»), sino que, en él, lucía como una cortina de baño.
—No me gusta cómo me quedan los hombros, tiene mucha hombrera.
¿Mucha hombrera? Parecía el artista plástico Federico Klemm. La Guerra de las Galaxias. ¡Era propiamente Darth Vader!
—Pero, si no es por eso, me queda como un guante.
—Es verdad, no se te alcanzan a ver los dedos —le ratifiqué yo.
—¿Podrían arreglarme las mangas? —preguntó mirándose en los espejos de ese probador amplio y señorial.
—Señor, no hay ningún problema —sonrió el vendedor, atentísimo.
—El pantalón me cuelga y las piernas son largas. —Largas era un decir. Parecía Lola Flores, arrastrando la bata de cola.
—Y la cintura se me cae. Habría que ceñida un poco.
—Ni una palabra más, caballero, permítame llamar al sastre.
El sastre tardó más de cuarenta minutos en adaptarlo a su figura, que como algunos saben es un cruce entre el humorista Jorge Guinzburg y el actor Danny De Vito, pero menos alto. No sé para qué tanto arreglo, si nunca se preocupó por la ropa.
Pues allí estaba el traje de ochenta y nueve dólares, partido al medio como una vaca. Dos medias reses, todo desarmado. Pensé: «Arreglar esto va a costar más que pagarles la ortodoncia a los chicos.» Pero no. «¿Cuánto es esto?», preguntó O.B. «¡Señor, absolutamente nada! Es sin cargo. Los arreglos no se cobran.»
Ahora bien, no hace mucho me estaba probando, aprisionada en esas cápsulas hiperbólicas que son los probadores femeninos, un trajecito de incomparable precio.
—¿Cómo te queda, gorda? —le pegó un empellón a la puerta la vendedora, estampándome contra el espejo.
—Me chinga un poco la falda ——comenté, enseñando la escora a cuarenta y cinco grados que me hacía el bajo.
—Eso se arregla, muñeca. Por veinte dólares. Pero la chaquetita te queda como si lo hubieran hecho para vos.
—¿Usted lo dice porque las mangas son tan largas que bien podría atármelas a la espalda como una camisa de fuerza?
—Te las podés arremangar. Si no, acortarlas te va a salir otros veinte dólares.
—No sé... —dudé yo—, a lo mejor el tejido no es para mí. Me marca mucho los rollos.
—Eso se corrige fácil, amorosa. Si querés ahorrarte diez dólares, estirálo sobre el respaldo de una silla por unos diez días. Para vos, mejor sobre un sofá.
—¿Cuánto por acortarlo?
—Cinco dólares —contestó—, pero después te va a quedar como a medida. Vení que te ayudo con el cierre.
—Momento. ¿Cuánto por ayudarme con el cierre? —la frené desconfiando.
—Ah, no. Eso va sin cargo, porque te queremos tener de clienta —creo que contestó. Porque yo ya estaba en la puerta, huyendo.
La verdad es que ahora que en este país todo se privatiza, bien podrían volver a ser del Estado algunas cosas. ¿Saben qué? Los arreglos de ropa de mujer, para empezar. Deberían ser igual para todo el mundo: gratis.
Problemas de alcoba
El matrimonio es un intercambio de malos humores durante el día y de malos olores durante la noche.
A. Schopenhauer
Este fin de semana, «para entretenerme», ordené el armario del baño. ¿Y qué encontré? Algo vergonzante. Un artefacto de goma, lleno de talco, que se usa para ir a la cama... Y que pertenece a la parte más oscura de mi matrimonio, un mudo testigo de las cosas que las mujeres somos capaces de hacer por un hombre (¿en qué están pensando?): LA BOLSA DE AGUA CALIENTE. Sí, ahí donde me ven, debo admitir que durante años recurrí a eso para salvar mi matrimonio. Es que al señor que vive conmigo le «falla el termostato». Siempre tiene calor. Como las viejas de barrio que están: «¡Ay, los calores, los calores! » Aunque haga diez grados bajo cero, él anda en camiseta. Y yo no. Yo soy NORMAL. Por lo tanto, la que tuvo que hacer el esfuerzo de adaptarse ¿quién fue? ¡Vi vi! La primera vez que dormí con él debería haber servido para decidir no casarme (y, bueno, ya es hora de que mis hijos sepan que dormí con su padre antes de entrar en la legalidad...). Pero «ciega» de pasión y romanticismo, no quise ver la realidad: que dormir con otro es como la muerte: nadie llega a ella preparado.
Yo soñaba con todo un fin de semana en la cama intercambiando febriles caricias. Lo que no me imaginé fue mi atuendo: camisón de frisa, pasamontañas y las medias que usaba para jugar al hockey en la secundaria. Porque el salvaje vivía sin calefacción y se tapaba apenas con una sabanita del tamaño de un paño. Yo no podía parar de castañetear los dientes. Hay que ver que venía de una casa donde podían freírse huevos en el suelo, por el hilo radiante. El cambio fue brutal. Esa primera noche la pasé así: mitad tratando de calentar la cama con un secador de pelo (la única fuente de calor que este hombre poseía en su piso) y mitad haciendo control mental para autoconvencerme de que estaba en las Bahamas con treinta y dos grados de temperatura. Después de algunas horas en esa cámara frigorífica (no nos olvidemos que el camisón de frisa me lo tuve que levantar varias veces), me agarró tal ataque de asma que hubo que llamar al médico. Cuando éste me vio, toda azul, le dijo a su ayudante: «¿Está seguro de que esta paciente está viva?» y me puso una etiqueta en el dedo gordo del pie y me tapó la cara con la sábana. «Sólo tiene un poco de hipotermia, doctor. Vaya, vaya nomás, que yo la voy a curar», lo despachó con soltura mi pareja. Y me sentó en la cama, en la oscuridad, con las piernas en la postura del loto —en esa época andaba en esa onda de la respiración profunda y el yoga— y me tuvo haciendo ejercicios hasta el amanecer. Se me pasó. O se me pasaba o me moría.
Estas pequeñas incompatibilidades a las que una no les presta atención —porque, después de todo, consiguió un hombre y eso pone fin a una búsqueda más agotadora que la del Santo Grial— son las que van arruinando un matrimonio. Pero una todavía no lo sabe. Sólo con el tiempo se le van revelando cosas, que, aunque termine en el más caro terapeuta de pareja, no tienen solución. Si él es como una foca, y una un pajarito aterido y tuberculoso (así me llamaba él cariñosamente), uno de los dos se va a tener que fastidiar. Y ya sabemos cómo termina eso. «Nunca trates de reformar a un hombre —me decía mi mamá—, para eso está el reformatorio.» Como era previsible, en mi caso terminó en camas separadas. Me costó, ¿eh? Hubo mucha resistencia de toda la parentela, amigos, el mismo psicoanalista que me lo había aconsejado y después, cuando me animé, me dijo que eso era «indicio de frigidez». Y, por supuesto, él. Pero yo ya no podía más. Es que ocurren cosas terribles a la noche en el «tálamo nupcial». Él ronca como un aserradero en pleno funcionamiento, resopla como un búfalo en celo. Lee todos los diarios de la semana, escucha la radio y ve la tele —todo al mismo tiempo—, y encima no distingue entre una cama y un gimnasio: lanza patadas, clava el codo en mis costillas, me aplasta una lola y gira sobre su propio eje como un planeta enloquecido, murmura cosas extrañas y pide auxilio en sueños —porque tiene pesadillas—. He desarrollado los músculos de Schwartzenegger tratando de cambiado de posición en medio de la noche (a esa mole), para que ya no ronque, no tosa y no gima «¡Mamá!» en sueños.
Pero primero lo intenté todo, como la bolsa de agua caliente. Sólo que aunque yo me la ponía de mi lado y dormía casi en el borde de la cama (como un marinero en su litera escorada), él se quejaba. Decía que la bolsa «irradiaba muchas calorías». Opté por hacer subir al gato a la cama, para —al menos— calentarme los pies. Pero él, así estuviera dormido, se daba cuenta (porque es alérgico) y empezaba a estornudar. Nunca antes había visto un gato volador. Parecía David Copperfield. Le pegaba cada patada que parecía Maradona en su mejor época. Pequeñas diferencias que pueden tornar la vida conyugal en un infierno. O la vida familiar. Ya que a mis hijos tuve que acostarlos por años con un jersey gordo que les tejió mi mamá y amanecían con las manitas heladas y la naricita colorada como esquimales. Es más, aunque no lo crean, mi padecimiento del frío se hace más patético en verano: duerme con el aire acondicionado puesto a un millón de frigorías, hasta que forma estalactitas. Si yo de adolescente soñaba con correr en moto con los pelos al viento, la sensación es la misma: duermo con la cabellera flameando y una gota insistente que me chorrea de la nariz. Ahora bien, una va al terapeuta con estas «pavadas» y él le dice: «y bueno, tengan habitaciones separadas... Nadie está obligado a padecer semejantes diferencias... » Y yo pensé, atribulada: «Pero, entonces, ¿para esto me casé? ¿Para estar sola?» Al final, abuelita tenía razón cuando decía: «Si te encanta la soledad, cásate.»
Cuando, antes de contraer enlace, las viejas nos dicen: «Ahora vas a tener que renunciar a muchas cosas», suponemos que hablan de envidia, pero dicen la verdad. A una le gusta el lomo al champiñón y a él, el pescado.
Y terminás mirando con buenos ojos a la merluza.
Vivir un mes igual que una voluntaria de un cuerpo de paz del Tercer Mundo
Con mi esposa dormimos en camas separadas, cenamos separados y nos tomamos vacaciones por separado; estamos haciendo todo lo posible para mantener nuestro matrimonio unido.
Rodney Dangerfield
Para ciertos hombres, la idea de una vacación perfecta es: lNCLEMENCIA. Mi marido, por ejemplo, es lo que yo llamo un típico turista. Ustedes saben, los turistas son todos iguales: todos quieren ir a lugares donde no haya turistas. Ahora, el mío, con su amor por el descampado, se pasa. Nunca un hotel cinco estrellas, nunca Cancún o St. Moritz o las islas griegas. No. Él todo en tienda de campaña al glaciar Perito Moreno, con treinta y cinco grados bajo cero, en caravana al Impenetrable Chaqueño, a dedo a Pucará de Tilcara. Pero, sobre todo, el agua, navegar y bucear. Nosotros empezamos a practicar la navegación desde el primer instante en que nos entregaron el velerito. Ese mismo día, él decidió aceptar una invitación para ir varios barcos a la Barra de San Juan. Recuerdo que le dije a O.B., mi hombre: «¿Pero a vos te parece? Todavía somos inexpertos...» «Shhh, esto es pan comido, yo soy un viejo lobo de mar.» Más que un viejo lobo de mar, hoy —con lo que come— se asemeja a un elefante marino. El otro día se me acercó nadando debajo del agua y casi me ahogo del susto. Si no fuera por el traje de baño; creí que era un manatí, con esos ojos de huevo duro que se te hacen bajo el agua, mirándome fijo. Llegué a la orilla más rápido que si tuviera un jet ski entre las piernas.
La cosa es que inauguramos nuestro barco en esa travesía. Salimos de San Isidro con calma chicha. Ni una gota de viento. Las velas, desplegadas al límite y todos soplando a ver si la nave se movía. A las dos horas, se levanta un Pampero con vientos de cincuenta nudos. Y nosotros no sabíamos bajar las velas. Porque, para achicar paño en un temporal así, hay que «enfachar» el barco, que significa ponerlo de frente al viento. Así que íbamos a mil, con el velero acostado. Directamente. La punta del palo (mástil) tocaba el agua. Todos sentados de la banda opuesta, atados con arneses y, los chicos, llorando de terror (en ese entonces tenían ocho y diez años). Y mi marido acusando: «¡Qué familia maricona me tocó! Es sólo viento.» ¿Sólo viento? Hollywood no hubiera desperdiciado la oportunidad de filmar la segunda parte de la película catástrofe Twister. El barco en sí mismo era viento. Yo pensaba: «En cualquier momento se transforma en avión y salimos volando.» Los demás barcos del conjunto se habían dispersado, pero nos llamaban por radio, desesperadamente, preguntando si estábamos bien, porque —se ve que nos miraban con prismáticos— ya avizoraban un final parecido al del film Terror a bordo. No podían creer lo que estaban viendo. Era el primer barco en la historia que navegaba con la quilla totalmente a la vista. Llegamos a San Juan en tres horas y media. Normalmente, en ese trayecto se tarda ocho horas y media. En el camino pasó de todo. No nos matamos por la famosa suerte del principiante. Abajo en la cabina volaban los objetos, y mi marido me decía «Bajá y adujá (término náutico para acomodar) lo que puedas.» Parecía la demolición del albergue Warnes. No había quedado nada sano. Hasta las cosas de plástico se habían hecho añicos.
Pero luego, como todo en esta vida, me hice experta. No me quedaba alternativa. ¡Si veraneé embarcada doce años de mi vida! Con todo lo que eso implica:
—¡Quién usó el inodoro! —nos acosaba él, vigilando nuestras deposiciones y micciones.
—Yo, tenía que hacer pis.
—¿Pero no entendés que esto no es un piso en Barrio Norte? ¡El agua del depósito no es inagotable!
—¿Y qué querés que haga? —aullé mientras se me caían las lágrimas (que no eran llanto, sino pis, que pugnaba por salir por donde fuera).
—Hacé en el agua. Te tirás a nadar, y hacés.
—¿Y para qué cuernos tenemos inodoro entonces?
—Para una emergencia.
La famosa experiencia de alquilar un velero en Saint Thomas también la hicimos, pero vivir a bordo es siempre una emergencia, incomodidad, intoxicación por ingerir peces venenosos que sólo los locales saben que se deben evitar... Nunca un negro que te masajee como en ese famoso anuncio de cigarrillos que, hace algunos años, hizo fantasear a unas cuantas. Pero lo que no quiero dejar de denunciar es cuando, muchos años atrás, el señor decidió, por sus atributos ovales, ir a bucear a las Islas Maldivas. Acá a la vuelta, en Ceilán. Las aguas más cristalinas del planeta. Para los que entienden, el paraíso de los buceadores. Y en aquella época, un lugar verdaderamente virgen. Lo más virgen que vi en mi vida. Las nativas zarandeando las lolas en un perpetuo topless. Iban a misa en topless. Bien, mi marido me llevó ahí—según él para alejarme del estrés, los chicos, el teléfono, la rutina (y la felicidad). Y vivimos embarcados, otra vez. En uno de esos barcos que se consiguen allá. ¡Bah! Barco... barco... Parecían los restos de un naufragio. Se parecía al de la película La reina de Africa, con Humphrey Bogart y Katherine Hepburn. Pero menos limpio. El de La reina de Africa al lado del nuestro se asemejaba a un quirófano. Les juro que cuando vi esa chalupa me agarraron nostalgias del cuarto de mi hijo. Creo que Steven Spielberg lo estaba por alquilar porque, con las cucarachas que tenía, se ahorraba de hacer las maquetas para su película Bichos. Sin agua, ni luz, ni nada. La primera noche estábamos ahí tirados (yo, que antes había ido a la peluquería, me había hecho las uñas y soy una mujer que, cuando va de camping, se lava las zapatillas cada dos días); acostada en una almohada sin funda, con un sospechoso olor a aguardiente y una serpiente enroscada sobre la mesa de navegación. En medio de la oscuridad, le susurré a mi amado: «Vos dirás que estoy loca, pero me parece que esta gente no maneja mucho el negocio del turismo.» Después de la cena, eso sí, había baile como en los mejores transatlánticos: bailábamos con los mosquitos. Pocos lo sospechan, pero existen dos clases de personas: las que no atraen a los mosquitos y las que los atraen. Yo no sólo pertenezco a la última clase, sino que poseo los tobillos más codiciados del reino insectil. Me pican siempre ahí. Volví con las canillas que parecían dos osobucos. Sin exagerar, en esos remotos parajes, los mosquitos tienen el tamaño de un planeador, pero no hacen nada de ruido. Recién te enterás de que te atacaron a la mañana siguiente, cuando comprobás que tu bronceado empalideció. Te chuparon toda la sangre. Todas las noches era lo mismo. No me podía dormir por la culebra, por los mosquitos y la bronca. Y mi marido, que me decía:
—Dormíte.
Y yo:
—N o hasta que me cuentes un cuento.
—Bueno, ¿cuál?
—El mismo de siempre. El de cuál es la razón por la que estamos aquí.
—Está bien, pero me prometés que te dormís. Nada de charlas, ni de tomar agua...
—Si no hay agua —le recordé.
Finalmente, después de décadas, descubrí la verdadera razón por la cual me lleva a esos lugares. ¡Porque no existen las tarjetas de crédito!
Veranear con los suegros
Si mi marido realmente me hubiera amado, no se habría casado conmigo.
Viviana Gómez Thorpe
Otra de las formas de deleitarme con el descanso anual, que fascina a mi marido, es traer a sus padres a veranear con nosotros. La última vez vinieron por dos días. Y se quedaron quince. Iban camino a Mar del Plata y pasaron por Pinamar. «Sólo para saludar, viste.» Y nos hicieron el «favor» de quedarse medio mes.
Es que yo, si no comparto mis vacaciones con mis suegros, NO DISFRUTO. Duermo demasiado... En cambio, cuando están ellos, aprovecho el día. Me levanto a las seis de la mañana. Estoy ahí, durmiendo, y empiezo a escuchar: «Pam, pum, tong, ping.» Es mi suegra, que anda en la cocina preparando el almuerzo. «Ay, no nena, a mí la comida me gusta prepararla tempranito», dice. Y se pone a cocinar a esa hora de la madrugada. ¿Aprovecho para aclarar lo que significa «cocinar» para mi suegra? ¡FREÍR! Estás durmiendo y un vaho fétido se te empieza a meter entre las sábanas... Y te envuelve. De manera que, atraída por ese «aroma tentador», te levantás, legañosa y tambaleante, después de una noche de juerga. Bajás trastabillando las escaleras (porque te acostaste a las cuatro de la mañana) y ella te dice: «Mirá, querida, yo preparé algo sanito, porque a tu suegro todas esas cosas que comen ustedes le hacen mal.» ¿Resultado? Al día siguiente están los dos en estado comatoso y mi suegro, de morros. Él siempre se enferma en tu casa y aprovecha para hacerte sentir culpable. «Che, me parece que ese aceite que tenés ahí está rancio. Tu suegra está con diarrea y a mí me pateó la vesícula. ¡Ah! y cambiá ese colchón, por favor, me dejó los huesos a la miseria, estoy completamente escachatto.» Todo eso ya en el segundo día.
Atención: yo siempre aconsejo que antes de que cualquier incauta, cualquier amateur, tenga la peregrina idea de compartir sus vacaciones con los progenitores de su pareja, debe hacerse las siguientes preguntas, y respondérselas honestamente:
• Cuando se casó, ¿su suegra llevaba una banda negra alrededor del brazo?
• ¿Su suegro opina que su hijo se casó «por calentura»?
• ¿Su suegra se pregunta cómo de alguien como usted pudieron salir dos nietos tan hermosos?
• ¿Usted y ellos tienen algo en común, además de habitar el planeta Tierra?
De más está aclarar que esas preguntas me las hice hace mucho. Pero a ellos no les importa, vienen igual. Porque ésta es la casa de su hijo, y una, «esa advenediza que vaya a saber de dónde apareció». Por lo tanto, a resignarse y a estar dispuesta a asimilar toda clase de costumbres... diferentes. La mamá de mi marido, por ejemplo, es capaz de hablar diez horas seguidas. Si no tiene con quién, habla sola. Lo de ella más que un «monólogo», ya es un «catálogo». En dos días sabía vida y obra de cada ocupante de las casetas del balneario: «Ésta, Vivi, le mete los cuernos al marido cuando viaja a Buenos Aires. Aquella pareja de allá tiene un nenito adoptado. ¿Ves esa señora que va ahí? Es más joven que yo. Pobre ¿no?, parece mucho mayor. Pero vos sabés que a mí no me gusta hablar...» Con mi cuñada la llamamos «ORNITORRINCO», porque es el único mamífero venenoso.
En cambio mi suegro es un hombre de muy pocas palabras. No tiene tema. ¡No saben lo aburridas que son las sobremesas! Si no existieran los escarbadientes, no sabría qué hacer. ¡Qué sé yo! Somos de otra crianza, otra cuna (cada quien, con la inteligencia que Dios le dio, deducirá, a lo que me refiero). Por ejemplo, el lema de este venerable patriarca es ABAJO EL ALCOHOL. Y hay que creerle. En quince días me bajó dos botellas de whisky y una de cognac. «Me hace bien para la presión», se defiende. El otro día me respiró en la nuca y me decoloró el pelo.
Después está el asunto de la prolijidad. Quienes me conocen saben que padezco un trastorno obsesivo-compulsivo con la pulcritud, pero con ellos sería algo así como pedirles a las palomas que limpien las estatuas. ¿Para qué creen que piensa mi suegro que son los ceniceros? Para tirar la ceniza si no tenés un suelo a mano. Y no se les puede decir nada, porque se te ponen con cara larga otros quince días. O le sugieren a su hijito: «Me parece que a tu mujer le molesta que estemos acá.» En alguno de esos veraneos promiscuos, cierta vez mi hijo se quejó: «Mamá, el abuelo moja la tabla del inodoro» (en realidad no dijo «moja»). «Bueno, sh, sh, no digas nada y limpiálo, a ver si todavía se enfadan tus abuelitos.» «No, a mí me da asco.» «Bueno, entonces andá y hacé pis en la hierba.» Una termina temiéndoles, porque ellos la miran con esa cara de «Pobre mi hijo, qué arpía que le tocó... ». Es que mis suegros lo quieren mucho al «nene». Siempre y cuando se porte (pagando las cuentas, por ejemplo). Debo ser la única mujer blanca que ostenta el raro privilegio de haber emparentado con una tribu de caníbales: hace cuarenta años que se alimentan de nosotros. Cuestión que siempre quedo desengrasando la cocina (mi suegra enchastra todo y después dice: «¿Ves?, te dejé todo arregladito. Mi mamá me enseñó así. A mí me gusta colaborar cuando voy a otra casa...»). Sí, un poco me ayudaron. Bajándose de la cama para que yo pudiera hacerla.
Pero ellos no son malos, eh. Es la convivencia que lo arruina todo, porque —como dice mi papá—: «La única gente normal es la que uno no conoce muy bien. »
¿Qué educación sexual?
¿Cómo se hace para lograr que un hombre deje de acosarte sexsualmente?
¡Casándote con él!
Cindy Garner
Si bien hay quien insiste en propagar la idea de que «el sexo legal no le interesa a nadie», convengamos que entre los que pertenecemos a la generación del cincuenta o el sesenta, casarse entrañaba una de las concreciones más deseadas: el sexo. Ser libre para ejercerlo. En todo momento, en cualquier lugar. ¡Placer, lujuria, desenfreno! ¡Cuánta ingenuidad! Porque la verdad es que casi todos llegamos al matrimonio sin tener demasiada idea de qué se trataba. Hasta yo, que me casé embarazada (pero eso fue porque, como ciertos animales, no puedo reproducirme en cautiverio)... Empecemos a ver algunos aspectos de este excitante asunto.
Ayer, mi sobrinita de nueve años me dijo:
—Tía, yo sé cómo se pone un preservativo. Lo aprendí en la escuela.
—Qué bien —tartamudeé yo empalideciendo—, tienen educación sexual...
—No, me lo enseñó una compañera de séptimo.
Me vi tentada a darle una disertación biológica acerca de la plantita y la semillita y todos esos eufemismos que aprendimos como padres de los setenta, cuando se puso de moda «hablar de sexo» con los hijos y en realidad lo único que hacíamos era recitarles tratados de biología. Pero ella se me adelantó. Me di jo:
—Tía, mirá: si me vas a hablar de las abejas y otros animalitos, no te gastes, yo quiero saber qué es la fellatio, el cunnilingus, qué se siente con un orgasmo.
—Nena, mirá qué hermoso día, ¿por qué no te vas a patinar con tus amiguitas? —cambié de tema huyendo cobardemente—. Mejor que eso te lo cuente tu mamá. Yo no entiendo mucho porque pertenezco a la Edad de Hielo (cuando la frigidez reinaba sobre la tierra).
Es que, terminemos con esta farsa, vamos a ser sinceros: nosotras llegamos a adultas creyendo que el clítoris era una parte de la flor (como el estambre y el pistilo) o algún parásito de los animales. Y si les hubiéramos preguntado a nuestras madres, se habrían desmayado. No sabían ni dónde quedaba, por falta de práctica. Entonces, todo lo que conocíamos de sexo lo aprendimos en las novelas tipo Corín Tellado, en películas románticas y mucho más tarde con Masters y Johnsons. Recorriendo las páginas de aquellas novelas (Pasión entre las sombras y otros títulos por el estilo), el héroe y la heroína nunca lo hacían hasta la página 225. Y para ese entonces ella ya estaba «muriendo de deseo». El asunto ocurría indefectiblemente en una cama con dosel y sábanas de seda, donde el héroe la iba desvistiendo «con gran ternura, lentamente, centímetro a centímetro». El tipo siempre poseía un cuerpo magnífico, con todos los músculos en su lugar (incluso ése), palpitando de deseo. Siempre hacía el amor despacito. El precalentamiento duraba 37 páginas. O su equivalente: tres días. La virgen siempre era tomada contra su voluntad (era imprescindible fingir eso) en un gran arrebato de pasión (de él). Sus pieles y sus carnes, inevitablemente, terminaban fundidas en un crescendo parecido a un terremoto. Léase orgasmo. Luego de esto, la pareja permanecía uno en brazos del otro por días enteros, en un embeleso de amor. ¡Ay, Dios mío! Vivimos toda nuestra juventud en una nube de tonterías, porque, cuando llegó la primera vez, en cambio sucedió esto: el acontecimiento tenía lugar en el asiento de un auto, en el cuarto de él, que olía como el vestuario de un gimnasio de hombres. Las sábanas no eran de seda y la cama crujía peligrosamente, alertando a la madre, que detrás de la puerta pegaba la oreja. El héroe apenas nos había levantado la falda hasta la cintura, que ya todo había terminado, estuviera una de acuerdo o no. El cuerpo del protagonista era pálido y sudoroso (por los nervios) y algo espástico (por la falta de experiencia). ¿Y el precalentamiento? ¿Están bromeando? Todo se reducía a esto: beso, beso, empujón, empujón, gruñido (de él). Ya está. ¿Y esto fue todo? Eso sí. No ocurría contra nuestra voluntad, sino de mutuo consentimiento. El apasionado diálogo previo sonaba más o menos así: «Si no te dejás, terminamos.» «Y, bueno... » (con resignación). El «fundirse de las pieles y las carnes» en este caso consistía en que el cuerpo acalambrado y desmañado de él se agarrotara al nuestro durante los tres minutos que duraba la «fabulosa experiencia», mientras una quedaba colgada de un abismo sin saber si se caía o no. Cuatro segundos después él saltaba de la cama, se subía los pantalones y nos llevaba a casa preguntando: «¿Te gustó?» Esta maravillosa cópula terminaba con una preguntándose «¿Me volverá a llamar?» y rezando cien veces el rosario para no quedar embarazada.
La otra fuente de información sexual de la que disponíamos en aquella época, eran las películas de amor. Especialmente las que venían de Hollywood y que agregaban toneladas de confusión a nuestra ignorancia. En un film de aquella época, cuando una chica «lo hacía», indefectiblemente le pasaba lo siguiente: todo el pueblo dejaba de hablarle. El novio la abandonaba dejándola embarazada. O contraía una enfermedad incurable en veinticuatro horas. No es de extrañar que el 80 por ciento de las mujeres de esa época fueran frígidas. No les quedaba otra. Una de las parejas cinematográficas más famosas de esos tiempos fueron Doris Day y Rock Hudson. La verdad que este dúo nos embaucó en más de una forma. ¡Imagínense, Rock Hudson! Si yo lo veo todavía y digo: «¡Mamita! Si eso es un invertido, me quiero casar con él.» El asunto es que el mensaje en esas películas era clarísimo: «Antes de que pase tal cosa por tal agujero, deberá pasar un anillo por tu dedo.» Doris Day, para eso, siempre tenía a la providencia de su lado que intervenía en el momento mismo en que estaba por hacer «la porquería». Justo cuando él la tenía secuestrada en su lujoso penthouse, ella zafaba porque «convenientemente» ocurría alguno de estos percances: le agarraba un ataque de sarampión; la llamaba su mamá por teléfono; él se pasaba de champaña y caía redondo; o sonaba el timbre y ¿quién era? , el marido de ella desaparecido hacía unos años...
Después estaba Deborah Kerr. En Algo para recordar o De aquí a la eternidad —no me acuerdo—, la pobre Deborah hizo planes para la «gran asquerosidad» durante un año, sólo para que ese día la atropellara un auto y quedara paralítica. Y permaneció ahí en su apartamento tirada viendo a Cary Grant con prismáticos desde treinta pisos de altura otro año más. Hasta que por fin él la encontró. Pero cuando se le tiró encima babeante, no sé qué pasó. Creo que se enredó sin querer con los aparatos de paralítica de ella y le ocurrió medio como a John Bobbit: se circuncidó sin querer. Ésa fue nuestra educación sexual.
Afortunadamente, en los años setenta aparecieron Masters y Johnsons para socorrernos. Era común que los sexólogos actuaran en pareja, como para estimular nuestra imaginación sexual. Por desgracia, esta pareja era tan sexualmente estimulante como la del filósofo Jaime Barylko y Lita de Lazzari. Resultaba difícil tragarse que Virginia Masters —tiesa y adusta— pudiera enseñarnos cualquier clase de orgasmo, excepto el más popular de todos: el fingido. Leer uno de estos tomos era como estudiar para un examen final. Lleno de estadísticas y un lenguaje técnico que daban ganas de no hacerlo nunca más. Para lo único que servía ese mamotreto enciclopédico era por si una sufría de insomnio. ¡Si habré dormido con Masters y Johnsons! De ahí, me barrunto yo, tanta disfunción sexual como se ve últimamente. Mi pareja no fue la excepción. No hace mucho concurrimos a un consultorio sexológico.
—Doctor, mi marido me amenaza con tener una aventura si no mejoro en la cama —me lamenté—. Dice que soy poco demostrativa.
—¿Pero ustedes se ponen en clima? ¿La escena es romántica, con luces tenues, aromas?
—No sé, doctor, él viene del baño con sus calzones colgando, el único aroma es el del cigarrillo que apaga en el cenicero justo al lado de la mesilla, se rasca un poco, hace algunos sonidos que prefiero no reproducir, prende todas las luces y se tira encima mío como si yo fuera un colchón...
—¿Y los juegos previos?
—¿Qué es eso, alguna nueva lotería provincial?
—Besos, caricias, palabras incitantes, usted sabe...
—¡Ah, sí! Yo intento, suspiro como Meg Ryan en Cuando Harry conoció a Sally.
—¿Y él reacciona a esos estímulos?
—Sí... me dice: «Calláte la boca que hacés tanto ruido que no puedo escuchar el partido.»
Ya desahuciada, una amiga me recomendó que para mejorar mi vida sexual fuera a ver cualquier película protagonizada por Michael Douglas o Sharon Stone. Pero, no sé... siempre las esquivé. Tengo miedo de aprender algo irreparable.
¿Cuál es la parte más insensible del pene? ¡El hombre!
¿Cómo llamarías a un hombre que pretende tener sexo en la primera cita? Lento.
Ciody Garner
A veces salgo a comer con amigas. ¡Lindas conversaciones! Lo más parecido a un vestuario de hombres... Es que las mujeres hace mucho que hemos conquistado la libertad sexual. Para hablar, quiero decir. Porque en lo demás no ha cambiado nada desde la época medieval. Por mucha libertad que hayamos alcanzado, no logramos lo principal: el derecho a articular el monosílabo ¡NO! El derecho a cerrar las piernas, ¡uf! La mujer que se rebela contra eso es estudiada como un cuadro clínico. Y hay toda una batería de explicaciones de «sicología barata» para demostrar que el NO es patológico. Todo un rosario de descalificaciones se desploma sobre nuestras cabezas cuando no tenemos ganas. La que no quiere (supongamos que porque ese día se le murió la mamá) es «frígida». La que se enfrió en el último momento, acaso al contemplar a ese desconocido tan poco dotado usando slip (que es algo así como tener una cochera doble cuando se tiene un solo auto), no se salva de que le enjareten el mote de «histérica». Y la que no alcanza el clímax porque le resultó poco el minuto y medio que él tardó en alcanzar el suyo, cargará para siempre con el cartelito de «anorgásmica». Conclusión: la incompatibilidad sexual es siempre culpa de nosotras. A partir de ahí, la duda fatal: «¿Lo hago aunque no esté incendiada de deseo o escapo entre las sombras con el diploma de histérica bajo el brazo?» Todas, alguna vez, pasamos por esta situación: primera cita con un candidato. Densa atmósfera de sensualidad... Una, proponiéndose degustar ese momento como el buen champaña, lentamente, gota a gota. Entonces, se le ocurre que un poquito de conversación intrascendente podría servir para distender la cosa, y balbucea: «Qué lindo apar...» Jamás termina la frase. Cuando intentó articularla se dio cuenta de que en su boca había dos lenguas: la suya y la de él. Esta última alojada directamente en la boca del estómago. «¿Y esto?», piensa, tratando de recordar en qué película de la Cicciolina vio esa escena. Él también se muestra sorprendido. Porque a partir de ese momento, lo que un hombre promedio espera es que una empiece a gritar, patalear, echar espuma por la boca, sudar profusamente y, finalmente, tener un orgasmo. Ahora, ¿de dónde sacan los hombres esta idea tan retorcida acerca de la respuesta sexual femenina? Bien, para empezar, de sus amigotes, que se las dan de sementales y mienten un montón. Y de las películas porno y las revistas eróticas, que son un catálogo de instrucciones equivocadas sobre lo que nos gusta a las mujeres (mi marido, por ejemplo, supone que una gozó si después de hacerlo el Papanicolaou le dio grado III) y que muchos señores siguen al pie de la letra. He aquí sólo algunas:

• El mejor lugar para hacer el amor no es una cama, sino la bañera, el asiento de un auto, el piso de la cocina o la tabla de planchar.
• Una mujer sólo puede ser satisfecha si el hombre está dotado de algo así como una manga hidráulica del tamaño de las que se usan para lavar los aviones.
• La única posición que excita a una mujer es: ella colgando de la baranda de un edificio a quince pisos de altura, mientras él la sostiene de sus tacones de aguja de veinticinco centímetros.
• El orgasmo femenino dura alrededor de veintidós minutos y toda mujer experimenta al menos dieciséis de ellos durante la relación sexual.
• Toda relación sexual está incompleta si no participan en ella al menos tres o cuatro personas.

Generalmente, cuando se llega al punto que describí antes (el de la primera cita), ya es demasiado tarde. Sólo que una no quiere convencerse, se siente culpable y sigue adelante de puro ingenua. Pero no hay caso. Él lo único que quiere es arrancarle el corpiño con los ojos inyectados en sangre y la boca chorreando. Recién ahí toda mujer toma conciencia del desastre que se avecina: a ese festín, ha sido invitada solamente para oficiar de pavo. O de pavito. A partir de ahí todo se precipita. Mientras una, sentada sobre el inodoro rogando que éste se la trague, se pregunta si esa mujer medio desnuda y con cara de recién fugada de una institución mental, refugiada en un baño ajeno, es ella, él —por su parte— desde afuera le grita: «¡Estafadora! ¡Histérica! ¡Calientabraguetas!»
Se trata de la vieja y legendaria incompatibilidad sexual. Falta de química, que le dicen, o falta de estimulación. O exceso de ella. Y es que un varón puede estimular a su compañera con besos y caricias durante dos horas, pero si no la toca donde, cuando y como ella necesita, es como tocar el timbre en la casa equivocada. De nada sirve que a una le dejen el lóbulo de la oreja rojo y estirado como una longaniza, ni que le perforen el tímpano con la lengua.
La incomunicación es otro de los fantasmas que producen el crack erótico. No poder decide —al marido, en especial— lo que a una le gusta, porque ya se sabe que la respuesta será: «¿Y vos dónde aprendiste eso?» ¡Ay, los maridos! Tampoco son muy diestros con las manos. Una se les acerca sensualmente, buscando iniciar algo, y, antes de darse cuenta, ya tiene dos manos agarrotadas cubriéndole los cachetes (no los de la cara, precisamente). Diez dedos clavados, dejándole su marca de amo en esa parte. Después de veintisiete años de casada, tengo la parte de atrás como un queso gruyer. Pero a estas alturas tampoco voy a pedirle que cambie. Ya se sabe que un marido es igual que un perro viejo: ninguno de los dos conoce nuevos trucos. Aunque para todos esos desorientados que darían la vida por saber si una está disfrutándolo, aquí va una guía práctica de eminente corte machista:

• Si tira el teléfono.
• Si manotea el picahielos, como Sharon Stone en Instinto básico.
• Si su pelo estalla en llamas.
• Si grita al mejor estilo indígena mientras golpea la cabeza contra el cielo raso.
• Si empieza a hacer argollas de humo aunque no esté fumando.
• Y, por último, si grita el nombre de otro. Ahí sí, ¿eh?

Pero, para aclarar las cosas de una vez, si las casadas dijéramos la verdad en la cama, ¿qué diríamos? Diríamos: «¡Dos minutos! ¡Realmente, querido, esto te debe haber agotado!»
¿Por qué los maridos no besan en la boca?
Beso el suelo que mi esposa pisa.
Es preferible que besarla a ella.
Henny Youngman
Ayer estaba en un edificio de oficinas, esperando el ascensor, y cuando se abrió la puerta, había una pareja dentro, besándose. Un largo y sensual beso, que me volvió loca DE ENVIDIA. «¡Degenerados! —murmuré para mis adentros— ¡ya van a ver cuando se casen!» Un auténtico comentario de resentida, de carenciada, de huérfana de ternezas y succiones. Es que yo, lo único que extraño de cuando era soltera (además de la felicidad, la libertad y esas trivialidades) son LOS BESOS.
A partir del instante en que nos casamos, noté que mi marido sólo me besaba cuando no tenía una servilleta a mano...
Como todas las casadas tuve que aceptar que «besar» es algo que se hace con el novio. Con el marido, no. Una vez que el novio se convierte en marido encuentra que el beso es una lata, un trabajo que le hace perder el tiempo después de haberse quitado la ropa. No sé si me explico: el hombre, después de un tiempo de casados, te hace el amor, pero no te besa.
¿Qué es lo que pasa? ¿Acaso una tiene la lepra? ¿Acaso la abandonó su enjuague bucal? ¿Tal vez él tiene miedo de que, al besarla, la princesa con la que se casó se convierta en rana? Mis amigas se quejan de lo mismo. «¿Besar? Ya ni me acuerdo cómo se hace. Si mi marido llega a intentarlo, seguro que me ahogo, porque no sé cómo hacerlo y respirar al mismo tiempo. »
Así es, amigas. Los hombres no saben cómo tratar a su mujer. Necesita una un gesto tierno y le pellizcan la cola, le está haciendo falta una palabra dulce y le sueltan una obscenidad.
Te les acercás mimosa, buscando ternura y enseguida te manotean una lola. Yo no sé por qué cuando nosotras queremos una cosa, ellos suponen que queremos otra. El encuentro amoroso es corno una maratón. Cuando me doy cuenta, todo terminó, corno si me hubiera pasado un tractor o un tanque Sherman por encima... Y él, satisfecho, me pregunta: «¿Disfrutaste?», mientras yo pienso: «No sé... ¿Por qué? ¿Pasó algo? Debo haberme quedado dormida... » Pero no lo digo para no ofenderlo. No hay preliminares, nada. «Pero ¿no comparten ninguna otra caricia, algún arrumaco?», preguntó mi amiga aliviada al comprobar que padecíamos el mismo déficit de ósculos. «Sí, compartimos los dos minutos previos (que es cuando yo pienso que una vez que todo termine no tengo que olvidarme de sacar la carne del congelador) y los dos minutos posteriores (que es cuando él bosteza y empieza a roncar).» «Entonces... ¿ni un besito?... » «¿Para qué? Si él, como todos los maridos, piensa que besar es una tontería inútil, a menos que las bocas estén totalmente abiertas y las lenguas se encuentren cerca del esófago del otro. Como una especie de ENDOSCOPIA LINGUAL. No entienden que a las mujeres nos excita mucho más la ternura que un órgano del tamaño de esas mangas hidráulicas que se usan para lavar los aviones, o una suave y erótica exploración labial, que la extirpación de nuestras admígdalas de un lengüetazo.»
Un día yo le pedí a mi marido. Sí, le imploré un beso. ¿Y saben qué me contestó? «¿Con esa boca que siempre me solicita plata y me habla mal de mi mamá querés que te bese?»
En realidad, me parece que este tema de besar a la esposa, a los hombres les resulta algo vergonzante, casi feminoide. Ese besuqueo con la madre de sus hijos los hace sentir ridículos.
Y después está el terrible mandato atávico. Ese asunto del hombre «ponedor», que sólo se acerca a una para una cosa. Para mí que eso tiene su origen en la biología. Fíjense ustedes que la mayoría de los machos en el reino animal son criaturas bastante inútiles que sólo sirven para «eso». Es una compulsión. No importa cómo ni con quién, basta que posea un orificio. Por ejemplo, un moscón puede intentar hacerlo con una pasa de uva. Y una mariposa macho, con una hoja que cae. Los sapos y los escuerzos son capaces de aferrarse a una piedra o a un zapato que pasa. La naturaleza los creó para que hagan cualquier cosa con tal de lograr «eso». El hombre no es la excepción. Y a lo mejor, una —que no es un animal— está necesitando otra cosa.
Por lo que pude averiguar, son legión las esposas que, por un beso bien dado, estarían dispuestas a salir por esa puerta (dirija la vista a la salida de emergencia más cercana), y abandonarlo todo para nunca más regresar. Porque EL SEXO SIN BESOS EQUIVALE A UNA VIOLACIÓN. Una se va marchitando de tristeza. Yo al mío llegué a pensar en pagarle, como a las mujeres de la vida, que tienen una tarifa: sin besos tanto, con besos, más.
En cambio, lo que hice fue todo para llamar su atención: tratamientos de belleza, ropa infartante... Pero él siempre lo interpretó como una invitación a la lujuria más salvaje. «Qué linda que estás, vamos al dormitorio.»
Ya desesperada, nuestro último verano en la costa me hice la ahogada para que él me hiciese respiración boca a boca y así poder juntar nuestros labios después de varios siglos. Pero en cuanto vio que me reponía, me dejó ahí tirada con el morro estirado y mi HAMBRE DE BESOS. Y encima, no sé por qué, toda la playa aplaudía.
Finalmente entré en la etapa de la resignación. La Etapa de las Telenovelas. Pero no veía ninguna en especial. Hacía zapping en el televisor, formando una gigantesca secuencia de besos, que miraba embobada. Y también incursioné —para qué negarlo— en cierta actividad bochornosa: las novelitas tipo Corín Tellado. Las escondía en el armario de la limpieza junto a las escobas y los trapos, como los alcohólicos, que esconden las botellas. Terminaron por hartarme. Así que ahora, mi libro de cabecera es Menopausia erótica.
En fin, que como dice una tía mía: «Para una mujer, el primer beso es sólo el fin del principio, en cambio, para el marido, es el principio del fin.»
Yo quiero a la noche y él quiere a la mañana
Antes del matrimonio, un marido yacerá despierto toda la noche pensando en algo que usted dijo; después del matrimonio se quedará dormido antes de que usted haya terminado de decirlo.
Helen Rowland
Hoy amanecí derrengada. Mi pequeño y frágil hipotálamo (el órgano que se encarga de indicar a gritos si una está estresada), ya desapareció. Se desintegró. Se reabsorbió como el colágeno que alguna vez me puse en los labios para ver si a mi marido le provocaba besarme —carísimo y a los dos meses no estaba más—. Es que anoche organicé una pequeña juerga nocturna. Privada. Porque de noche es inútil pretender que mi compañero de cama registre mi presencia. Entonces, para entretenerme, me puse a ordenar los armarios hasta las siete de la mañana. Ahí ya se me pasó el insomnio, pues ya era hora de levantarse. Noches alegres, mañanas tristes, dice el refrán...
Lo que nadie sabe es que, aunque mis noches no sean precisamente alegres, por décadas todas mis mañanas fueron tristes. Es que yo... —¿cómo ponerlo en palabras?— he vivido toda mi vida al lado de un señor que padece una enfermedad crónica: «PIT—PAROSIS» MATINAL (es factible agregarle una «O», formando la palabra PITO, pero así suena más europeo, más fino, como OSTEOPOROSIS o cualqujer otra dolencia actual).
Más de una vez habrán escuchado a una casada quejarse: «Yo quiero a la noche y él quiere a la mañana.» «Eso», ya saben. No me hagan explicar. «Hacer uso», como se decía antes. La abuela de mi marido, que era muy antigua y entrometida, me preguntaba: «¿Cuántas veces a la semana la molesta mi nieto?» «¡Para ser sincera, me molesta todas las veces!» ¡De madrugada!
Cuando una está de novia, este inconveniente no existe. Cualquier horario es bueno. Cualquier lugar es inmejorable: el jardín, el auto, el ascensor. Una es capaz de hacerlo hasta caminando sobre los cables de la luz. Una mirada basta para encender la hoguera. Pero, después de mucho tiempo de casados, se produce, inevitablemente, la desincronización del reloj sexual. Una quiere a la noche, y yo no sé por qué, pero al señor siempre se le antoja a la mañana. Y no hay nada que enfríe más a una mujer, que se le abalance una especie de réplica de Bart Simpson, cuando está toda congestionada, con la lengua pastosa, los pelos revueltos y los ojos pegoteados de las legañas de la noche. Una se siente con el mismo nivel de seducción que una ameba. Además, a mí, tanto ejercicio en ayunas me produce hipoglucemia. Creo que somos muchas las que odiamos hacerlo de mañana. Es que vimos muchas películas y tenemos la cabeza llena de infelices ilusiones, imágenes románticas. Luz tenue, música, aromas, champaña... No hay como la noche para hacer el amor. Lo dicen las películas... Pero cuando se pasa del celuloide a la rutina doméstica, se pudre todo.
Los maridos, a la noche, van a la cama sólo para recuperarse de las fatigas del día (que pueden incluir haber ido a la cama con su secretaria). Y no sé si es la vida moderna, la tiranía de los horarios, el estrés. No hay más que ver la cara de esos hombres en el metro a las siete de la tarde, para saber que ESA NOCHE NO. «Esta noche no, querida. Tuve un día muy difícil, estoy cansado, quiero ver las noticias, me duele la espalda.» Es poco menos que un paralítico en la cama.
Ahora, ese mismo señor es el que a la mañana siguiente se convierte en una bestia lúbrica. Y no porque se sienta dinámico y descansado. ¡No! Es porque la culpa que le produce no haber «atendido» a su señora la noche anterior hace que quiera aprovechar ese reflejo físico mañanero —que todas conocemos y que nada tiene que ver con el deseo sexual y entonces se te aparece blandiendo «eso» en la mano, como diciendo: «¿Pero vos te vas a perder esto, querida? ¿Eh?» Cual si se tratara del más caro paquete de acciones de Wall Street, y que una si no les saca provecho, es una tonta. «¡Viviiii... Mirá lo que tengo acáaaa...!», exhibe orgulloso lo que tiene
Además, cuando él ofrece, si una no acepta, se arma. Entonces, por inercia, por evitar su cara de culo durante las próximas dos semanas, accede. Si una no acepta, es frígida, histérica, rarita y, encima, la amenazan con buscarse otra.
Entonces ¿cómo hacés para decirle que estás harta de fingir que ves las estrellas, cuando en realidad estás más fría que un témpano del glaciar Perito Moreno y pensando en que anoche te olvidaste de darle el antibiótico al perro? No. Le hacés creer que estás en el Observatorio de El Yunque en Puerto Rico, viendo todas las constelaciones, la Vía Láctea, Orión... Total, a él no le importa nada. Para él el sexo es algo que está directamente relacionado con el desayuno. Si algunos hasta te lo piden como si pidieran un café: livianito y tibio. Es decir, algo insulso, mecánico y descolorido. Cuando una, lo que quisiera es café con leche, con tostadas, mermelada y huevos revueltos. BIEN REVUELTOS.
Y bueno, yo que soy de Virgo, por lo tanto muy ordenadita y estructurada, me lo pasé por años levantándome a hurtadillas a las seis de la mañana para lavarme los dientes, maquillarme, peinarme y sacarme cualquier pelo indeseable que me hubiera crecido durante la noche en algún lugar recóndito de mi cuerpo (parecía una película del Correcaminos) para luego volver a meterme en la cama, y que cuando él abriera los ojos me encontrase felina y arrebatadora. Más de una vez, cuando llegué al lecho, él ya no estaba. Porque justo ese día tenía que ir hasta San Miguel a ver a un cliente, o tenía partido de squash.
No sé para qué tanto preparativo, tantas horas frente al espejo para lograr ese «look natural» y ese brushing como si hubieras dormido sentada... Ni se da cuenta. Se te tira encima —tapándote la cara con tu propio baby doll, que te compraste para impresionarlo y te salió una fortuna—. ¡Y, chau! Ahí está el peinado hecho un nido de caranchos (y vos, apartándotelo de la cara como si se tratase de un conejo desollado, el maquillaje todo corrido... Por las lágrimas que se te caen, ya que, además, nadie puede respirar si le tapan la cara).
¿Y él, qué te dice? «Pero mi amor, si estás divina... » Te lo dice, pero no mirándote a los ojos. ¡Mirándote de la cintura para abajo!
Y ni se te ocurra decide sollozando: «Pero, ponéte en mi lugar», porque ¿sabés cuál será la respuesta? «Bueno, está bien. Vení vos arriba... »
Odisea conyugal en el albergue transitorio
¿Que cuál es el método anticonceptivo de mi marido? Su personalidad.
Susan Savannah
Ayer tuve pesadillas. Me acordé en sueños de un evento memorable: el día que a mi marido se le ocurrió llevarme a un hotel «de ésos». Uno de esos lugares que, cuando estás en lo mejor, suena un timbre indicando que debés marcharte. O pagar. A tanto la hora extra de amor. No tengo nada en contra de esos sitios. Pero no para ir con el marido.
De todos modos, nadie está exenta. Al fin y al cabo son tantos años de aburrimiento, que tarde o temprano alguna amiga más avispada te aconseja: «¡Pero vos sos una tarada... tenés que arrastrarlo a un motel y vas a ver cómo se le despierta el tigre! ¡Y a vos también! Te vas a volver una ninfómana. No te vas a reconocer. Vas a decir: «¿Pero ésta soy yo? ¿Esta fiera? ¿Este gato atómico? » Para revivir la relación es imprescindible probar cosas nuevas. Que te sienta como una mujer diferente... »
A mí me parecía raro, estrafalario... Con el marido se va al supermercado, al vivero, a la casa de los suegros. Pero ahí... gente grande... con hijos grandes... con arrugas grandes... me parecía infantil hacerse esa película. Como los chicos, que se disfrazan de algo y creen que son ESO. «¡Ay, soy Superman, soy Superman!»
Y bueno, siguiendo los consejos de mi amiga, lo empecé a pinchar, yo que soy bastante pinchona. Cada tanto lo aguijoneaba: «¿A que no te animaaaaás? Pirucha dice que es bárbaro. Que somos unos antiguos... » Hasta que un día me «dio el gusto». Veníamos por la Panamericana y de golpe veo que frena y se baja de la ruta.
—¿Qué hacés? —pregunto.
—¿Querías lola? —me dice—, ahora la vas a tener.
Y de pronto me vi parada frente a un cartel luminoso que decía «TÚ Y YO».
—Pará insensato, vamos, yo no lo decía en serio —arrugué como una babosa a la que le echan sal.
—¿Ah no? Bueno, ahora ya es tarde.
¡Y se metió en la cola! ¡Qué vergüenza! Yo me fui deslizando asiento abajo como queso derretido, hasta quedar hecha un ovillito en el piso del coche. No sin antes alcanzar a ver a toda esa gente de los demás vehículos, con gafas oscuras... ¡de noche! Y todos disimulando, igual que yo. De repente veo que éste saluda a alguien de otro auto.
—¡¿A quién saludás?! —me espanté.
—No, a Urdapilleta...
—¿¿¿¡¡Quién es Urdapilleta!!???
—Un cliente, que está con una tía estupenda.
—¿Pero vos estás loco? ¿Qué va a pensar de mí?
—Nada, si no te conoce.
—Pero, no importa. ¿Qué va a decir de que vas a un hotel por horas con tu señora?
—Y si él no sabe que sos mi señora...
Ahí ya lo quería matar. Con los maridos mejor no hacer ciertas preguntas para no enterarse de cosas que preferiría ser ciega e ignorar toda la vida. De nada sirvió que buscara pelea para huir. Me hizo entrar, nomás.
Bueno, la misma escenografía de todos los hoteles por hora. Aunque ahora vienen relujosos. ¡Cómo cambiaron las cosas en veinte años! Cama redonda, juguetes por todas partes. Una cosa alargada que yo sólo pude asociar con una camilla ginecológica o una tabla de planchar, pero no, ahí es donde él la «plancha» a una. Me empecé a marear. Yo no sé, a pesar del penetrante olor a desodorante de ambientes, a mí esos lugares siempre me parecieron mohosos, viscosos, húmedos... Y claro, si no tienen ventanas. Nunca se ventilan. Se trata de una celda.
Me quedé ahí dura como una estaca, examinando mis cutículas, y no me animaba ni a sentarme sobre ese cubrecama. Es que, aunque parezcan limpios, estoy segura de que un patólogo forense podría encontrar rastros de ADN, pelos y partículas de vidas ajenas. Después están los espejos, por todas partes, para los que necesitan admirarse a sí mismos. Todo es muy lindo. Pero con el marido, no. Esos rollos (los de él y los propios) una ya los conoce de memoria. No necesita cotejarlos en distintos espejos, de frente y de perfil.
En seguida él empezó a jugar con la botonera del respaldo de la cama, que es la que selecciona la música funcional. Para los que funcionan con música. Pero en esa época (esto ya fue hace algunos años) se trataba de baladas susurradas por conjuntos especializados en música amatoria, con nombres misteriosos tipo «Los Ángeles Negros». Ahora creo que te ponen a Luis Miguel. O, al menos, a gente a la que una les conoce la cara.
Lo más sorprendente es que detrás de un panel de vidrio estaba el baño (para no perder de vista a tu amante ni cuando hace sus necesidades). ¡Qué calor! Yo me estaba haciendo encima, pero ahí no iba a hacer. Así que me quedé parada, balanceándome de una pata a la otra, mientras él procedía a poner la consabida película, alusiva a la razón por la cual estábamos allí. Ahí, salí corriendo. «Por ahí no. Eso es un armario», me advirtió él. Me propuse recordar que cuando todo terminara, iba a exigirle que me explicase cómo es que él sabía que ESO era un armario. Y escapé por una puerta lateral hacia un pasillo, con la excusa de encontrar un baño más privado. De golpe, me encontré en un garaje, muerta de miedo de que alguien me descubriera, cuando de repente —¡ay, Dios!— una voz me saluda: «¿Qué hacés, ché, señora Vivi?» Era Ramona, una antigua empleada doméstica mía que me odiaba... «No, no, vine a hacer un artículo —mentí—, ¿no sabés dónde hay un baño?» Me metí en el bañito del personal, que ella me indicó, y ahí me quedé mirando fijo el inodoro, que (aunque estuviera bien desinfectado) yo ni loca me iba a sentar en él. Así que repté otra vez hacia la suite tapándome la cara con la cartera y contrayendo los esfínteres.
Lo primero que escuché al entrar fueron unos bufidos, como si estuvieran matando un jabalí. Era la película condicionada. Mi hombre, ahí despatarrado en la cama, como Dios lo echó al mundo, estaba transido.
—¡Vení, gorda, vení a ver esto! Vení que te hago un lifting total y definitivo.
—No, dejáme, estoy que me estalla la vejiga...
—Vos vení con papá, que en dos minutos te olvidás de que tenés vejiga —me dijo con voz de hámster ardiente.
—¿Para qué? —le respondí, al ver la pantalla toda ocupada por los dos globos mamarios de la protagonista que yacía con sus piernas colocadas cada una en dos husos horarios diferentes—, ¿para que cuando estemos en lo mejor me llames Tracy o Jennifer?
Porque, en realidad, lo que los hombres quieren en ese momento es hacerlo con la de la pantalla. Aunque él me diga que le gusto, con voz estropajosa, yo sé que no me le parezco ni un poquito a Tracy o a Jennifer. ¿Por qué los hombres quieren mirar a otra y hacer el amor con una? Porque están casados.
Tuve una sensación triste y terminal: como que todo eso que está perfecto y es tan divino cuando estás con un amante, cuando lo hacés con el marido tiene como un sabor a adulterio, como que los dos están tratando de imaginarse que el otro es otra persona. ¡Y es otra persona! Alguien que preferirías no conocer, porque descubrís que hay muchas cosas de él o ella que no sabés, deseos, necesidades que nunca te contó, y una personalidad múltiple digna de un estudio psico-sociológico.
Ahora hay una enorme apertura y las parejas se permiten buscar toda clase de alternativas para que la pasión no languidezca y ser más felices. Pero es una búsqueda engañosa. En realidad, ninguno de los dos quiere ver al otro en el despliegue total de sus instintos. Por algún motivo, el matrimonio, con su sacrosanto halo, sospecho que se opone a eso. Y él, especialmente, es el que menos quiere verla a una así, aunque pretenda demostrar lo contrario.
Igualmente, tratamos de no desperdiciar la ocasión y satisfacer otros instintos: terminamos comiendo pizza.
¡Porque, yo, previsora, había llevado una pizza! Al menos, comprobé que el amor platónico es posible. Pero sólo entre marido y mujer...
Una cita clandestina con el marido
Los maridos son como las fogatas: se apagan si se las desatiende.
Zsa Zsa Gabor
Al finalizar de escribir todos estos capítulos sobre sexo, me ocurrió algo que me sume en el nerviosismo y la «anticipación»: ¡Hoy él me invitó a almorzar! Pero no a uno de esos bodegones de mala muerte donde solemos ir con toda la familia y donde mi plato favorito es «cualquiera que esté limpio». No, no. A un lugar elegante. Los dos solos... Dije: «¡Zas! Éste me está por decir que en los análisis le salió que le queda un mes de vida. O me va a pedir el divorcio. Una de dos.» Porque mi marido jamás me invita en un día de semana, a la hora de la comida... ¿Y si lo ve alguien? ¿Se imaginan qué vergüenza? «Ché, ¿quién era esa tía estupenda con la que estabas comiendo?» y tener que contestar: «Mi señora.» La verdad es que él sólo sale a comer por asuntos de negocios. Con la arquitecta Fernández, la contable Vilela y las promotoras Romina, Jimena y Andrea (de diecisiete años de edad promedio). Y con su secretaria Lola, que aprendió a escribir a máquina por el sistema Braille porque no puede ver las teclas (tiene ciento diez de busto). Así que es una excelente dactilógrafa «al tacto». Mi marido en cuanto la vio exclamó: «Está contratada.» E inmediatamente agregó: «y ahora ¿qué le parece si hablamos de un aumento de sueldo?» ¡Qué cosa las lolas! Son como los trenes eléctricos: se supone que son para los niños, pero papá siempre termina jugando con ellos.
El asunto es que me siento rara. Además, no estoy preparada. Yo, ante un evento así, me tengo que poner a dieta como mínimo cuatro días antes para que no me pase lo de la última vez (en 1983). Cuando llegué a la cita, mi cara era color ceniza, mis ojos parecían los del actor Gustavo Bermúdez (dos huevos salidos para afuera), y no podía mover las piernas: los pantys eran de la talla uno y me estaban cortando la circulación. Hacía como seis años que andaba en calzas y camisola. Pantys, no más. En aquella ocasión, la de la idea de comer juntos había sido yo. Porque, como la mayoría de las mujeres, lucho por mantener viva la llama de la excitación por la cual me casé. Para lo cual le inventé una historia a él. Una mentirita piadosa. Le dije que tenía una amiga que todos los viernes se reunía con el marido —clandestinamente— a almorzar. Ella iba en su auto y él en el suyo, y se refugiaban en un oscuro e íntimo restaurante. Pedían la mesa del fondo y ahí se sentaban, tomados de la mano, devorándose con la mirada. En el aparcamiento, después de su aventura, ella le susurraba: «Voy a ver si el viernes que viene logro escaparme...»
—Cosas de vieja aburrida —se burló mi marido.
—Sí —le respondí yo——, tan aburrida, que el otro día vio a Federico Klemm sin sus dientes postizos, y se le tiró a los brazos.
—¿Quién puede estar tan desesperada?
—Yo —contesté—. ¿Por qué no podemos agregarle una pizquita de romanticismo a nuestra relación, eh?
—Me sentiría ridículo —confesó, pero al ver mi cara de desilusión accedió—: Bueno, está bien. Te encuentro en Recoleta a la una.
Me vestí cuidadosamente (tardé cinco horas), sintiéndome feliz y malvada al mismo tiempo. Estacioné el auto y corrí hacia él en cámara lema. Él me penetró... con la mirada. ¡Ay, no saben cómo me clavó... los ojos! Intensamente. (Yo pensé: «Este hombre no aguanta hasta que terminemos de almorzar.»)
—¿Qué estás pensando? —le pregunté con voz sensual.
—¿Trajiste tu American Express? Porque si no la trajiste, vamos a tener que comer enfrente de la oficina, en La Milanesa Fiestera, donde como todos los días. Ahí tengo cuenta.
—Diablito —le dije yo——, no seas tan apasionado. Esperá a que estemos solos para decir esas cosas.
—¿Qué le pasó al parachoques? ¿Otro parquímetro se estrelló contra vos?
—Tenemos que parar de encontramos así. Todas las semanas digo: «Hoy no voy», pero cuando llega la hora, soy débil y sucumbo al deseo y me arrastro hasta vos —continué.
—¿Qué? ¿Otra vez te andan molestando los callos? No tenés buena cara. A lo mejor te hace falta un laxante.
—Es el maquillaje, dulce, todo para vos. ¿No notás nada diferente?
—Tenés una lechuga en el diente.
—El perfume, tonto. No me lo pongo más hasta que prometas portarte bien.
—¿Qué vas a comer? —preguntó él—. A menos que estés demasiado enamorada para comer.
—¡¡¿¿Estás loco??!! —contesté manoteando el menú—. Pedíme un entrecot con huevos fritos y patatas fritas, y una ensalada de berros con ajo y cebolla. Y, de postre, isla flotante con dulce de leche.
Desde esa vez hasta hoy, habremos salido a almorzar juntos dos veces más. Siempre por iniciativa mía. Y él todo el tiempo con el mismo entusiasmo de quien está por ingresar a una cirugía de maxilar.
En fin, que una no sabe lo que es la felicidad hasta que se casa. Y entonces ya es demasiado tarde...
La hipocondría masculina
Dejé instrucciones en mi testamento para ser enterrado al lado de un médico.
Henny Youngman
Estos días tuve que interrumpir la realización de este libro porque hube de quedarme al lado de la cama de mi marido, que sufrió un accidente: se cortó el dedo con el borde de una hoja de papel. Sucede que él «somatiza» mucho. Ya saben ustedes cómo es eso. Si un día se levanta sintiéndose bien, llama al médico para ver lo que está mal. Este hombre siempre lleva un termómetro con él. Lo usa hasta para revolver el café. Así que, en seguida, empezó: «Llamá al médico, llamá al médico. Llamá al doctor Molaro, que tiene manos mágicas (eso es verdad, porque cada vez que te toca, desaparecen cien dólares). Así es que vino la Unidad Coronaria, con todo el bochorno que eso implica (dar explicaciones a los vecinos, etc.). «Yo lo pago —dice él—, así que tengo derecho a usarlo.» ¡Qué vergüenza! Los médicos hacían mofa de mí: «Pero, señora, ¿cómo tardó tanto en llamamos? ¿Y si se le hacía gangrena?» Bien, le hicieron las curaciones del caso, mientras él empezaba con lo que yo denomino el RECITAL DE ÓRGANO: Me duele acá, me duele allá. «Creo que me contagié una gripe porque el otro día hablé por teléfono con alguien que estaba resfriado.» ¡Justamente! A él no se le ocurriría jamás hablar por teléfono con alguien que esté resfriado, y si le toca estar cerca de una persona así, corre a automedicarse. Está tan lleno de penicilina, que estornuda y cura a un montón de gente.
Cuando se fueron los médicos, le pregunté:
—¿Cómo te sentís?
—Medio débil, me bajó un poco la presión...
—No te preocupes: cuando veas la cuenta del médico te vas a curar, mi amor.
—Lo único que importa es que estoy feliz de estar «casi» vivo. ¿Te conté que estuve despierto durante toda la operación? ¡Ni anestesia me dieron! ¿Por qué no vino el doctor Molaro? Él es el único que puede ponerme otra vez de pie.
—De eso estáte seguro, porque para pagarle a él vas a tener que vender el auto.
La verdad es que cada vez que recibimos la cuenta de este doctor, comprendo por qué los médicos usan barbijo. Bueno, y ahí se quedó, en la cama, más desvalido que un pajarito, autodiagnosticándose como acostumbra.
—Si no tenemos cuidado esto puede convertirse en una septicemia. Si me pasa algo, casáte de nuevo.
—Bueno, bueno, te voy a dar un analgésico.
—¡No! Calmantes no. Quiero estar consciente del dolor. Alerta para saber lo que me pasa. Enmascarar el dolor es peligroso, prefiero sufrir.
¡Qué barbaridad! Yo que soy tan arisca con los médicos, que sólo voy cuando ya me están por dar la extremaunción, me tocó un compañero así...
Creo haber comentado anteriormente que hace poco se compró una camioneta, pero lo que en verdad le hubiera gustado tener es una ambulancia. El día de nuestro casamiento estaba muy emocionado porque el anillo de bodas le apretaba como un torniquete. Pero lo increíble es que él se enferma siempre en determinadas circunstancias. Por ejemplo, un acontecimiento disparador de herpes, palpitaciones y sudoración ácida es la reunión familiar. Es decir, si viene mi familia, él se receta a sí mismo un período mínimo de cuarenta y ocho horas (sábado y domingo, generalmente) de aislamiento, hasta que haya pasado el peligro de socializar con toda esa caterva de... parientes contaminados. Y ni hablar del Síndrome de Viajes y Aeropuertos. ¡Qué curioso! Cada vez que viajamos, se le desencadena el más fulminante de los lumbagos. Mientras él se dobla sobre sí mismo en un agudo y punzante dolor, con sus manos agarrándose el sacro ilíaco, yo levanto las ocho maletas que están en el maletero del coche y las arrastro hasta la terminal aérea, contemplándolo contraerse espasmódicamente por llevarme la billetera entre los dientes.
Cualquier otra tarea que se le pida, desde bañar al gato o trasplantar la begonia, resulta impedida por notorios accesos de lumbago y ciática que aparecen y desaparecen convenientemente. «Me encantaría ayudarte a bañar a Maula, mi amor, pero vos sabés que soy alérgico al pelo de gato.» o: «La begonia no, gorda, sabés que soy sensible a la clorofila y me inflama el cerebro.» Una debería recordarle que si no ayuda, podría sufrir una inflamación mucho más severa: inflamación de trompa por efecto de puñetazo. Pero se resiste a descender a esos niveles.
Lo sorprendente, lo maravilloso, es presenciar cómo todos esos achaques se curan por encanto en cuanto llaman los amigotes y lo invitan, supongamos, a ir a la cancha. Ahí sí, se siente fuerte como un toro: cuatro horas bajo el rayo del sol, en verano, o bien a una temperatura de dos grados bajo cero en invierno. Sólo cuando el último hincha deja la cancha —en ese instante—, él pide la máscara de oxígeno porque le duele el pecho, siente náuseas y un dolor radiante bajándole por el brazo izquierdo. Pobre... Él es así porque viene de una familia enferma. El padre es alérgico, alérgico al trabajo. A la madre la rechazó el banco de plasma: pedían plasma, no asma. La hermana toma tantas píldoras rojas, verdes y amarillas, que bien podría dirigir el tránsito. Y encima tienen otra boca que alimentar: la lombriz solitaria de la Nona. De veras. Cada vez que uno toca el timbre en la casa de mis suegros, no abre nadie. Están siempre en posición horizontal. Nada, que vivir con un hombre que constantemente está adquiriendo la enfermedad de la semana no es fácil. A veces he llegado a pensar seriamente en estudiar medicina. No sólo para ahorrarme unos miles de dólares, sino para salvarle la vida. Pero no a él. Al médico, que cada vez que lo llamo amenaza con suicidarse. «Vos no te preocupás por mi salud», se queja él. Nada menos cierto. Aunque no lo crean, estoy preocupadísima: es demasiado buena. Y ahora los dejo, porque tengo que ir a comprarle un catéter para tomar mate.
En la salud y en la enfermedad
En cuanto un hombre se siente necesitado, huye.
Doctor John Gray
¡Hoy estoy bárbara! Luego de verificar unos imponentes valles tallados a mano (por mis seres queridos, por lo cual son un recuerdo de familia) bajo mis ojos, unas ojeras del demonio, ¡bah!, y aclararle a todo el mundo que no se trata de una nueva forma de maquillaje sino que es el agotamiento, me arrastré hasta el ordenador a cuatro patas para seguir escribiendo. Es que estuve enferma todo el fin de semana. Con las consecuencias que eso acarrea en esta sociedad machista, donde el lema parece ser «ELLA ESTÁ ENGRIPADA, MÁTENLA». El día que el movimiento feminista abogue por la igualdad de catarros, me van a ver a mí también con pancartas en la calle. Por ahora, igualdad de catarros no hay. O.B., mi marido, cada vez que se le cae un moco, se mete en la cama una semana, llama a una junta médica, me hace despachar a los chicos a otra provincia, pide un sacerdote e instala una guardia permanente en la puerta de su dormitorio (¡yo!). Ahora bien, la semana pasada, un buen día amanecí sudorosa y con los pelos pegados a la frente, el pecho duro, ronca, la garganta ardiendo y los huesos pidiendo cama.
—No me siento bien —dije—. En realidad no quisiera ser dramática, pero creo que me estoy muriendo.
—¿Eso significa que no pensás levantarte? —se impacientó él, mirando el reloj.
—¿No entendés? Me duele la cabeza, no puedo respirar, tengo la lengua pastosa y es sólo cuestión de minutos para que me vaya al cielo.
—Sí, bueno, yo me siento igual cuando duermo hasta tarde.
—¡Pero si son las seis y media de la mañana! —protesté.
Al rato vienen mis hijos: —¿Cómo, otra vez enferma?
—Sí, una vez en 1981 y otra vez ahora.
¡Santo Cielo! Para tener derecho a enfermarse, una mujer tiene que estar en estado comatoso. Si no, nadie la toma en serio. ¿Un catarro? ¿Qué es eso? ¡No te vas a quedar en la cama por un simple catarro! ¡Mala madre! La última vez que me resfrié, en 1981, para que mi familia me respetara, tuve que fingir que estaba más grave. Me vendé un dedo, bien gordo, y me dibujé una línea azul en la cara interna del brazo, hasta el codo: «Miren, chicos —les dije a mis hijos—, a mamá la mordió un escuerzo y se me infectó. Y dijo el doctor que cuando esta línea llegue al corazón, mamá se muere. Así que, para que eso no pase, tengo que hacer reposo absoluto. ¡Ah! Y no vayan al jardín, que está el escuerzo.» Daba pena verlos, pobrecitos. Se quedaron dos días quietos como momias, sentados en el salón, petrificados, a punto de llorar y, cada vez que empezaban a hacer barullo, yo me dibujaba la línea un poquito más arriba y les decía: «¿Ven? Ustedes gritaron y el veneno avanzó. ¡Sh!» Lo que ocurre es que, desde el mismo instante en que se levantaban y se daban cuenta de que yo todavía estaba acostada, se venían al cuarto con el perro, los tres de pie al lado de la cama mirándome fijo, como quien mira una ballena varada. «Yo creo que escucha —decía uno—, movió las pestañas.» «¿Por qué no la sacudimos y le preguntamos lo que queremos?» «Se está tapando la cara. Empezá a toser. Tomále el pulso», decía el otro, mientras que con sus dedos pegajosos me abría un ojo. «Ma, ¿estás despierta?» O, cuando eran bebés, mi amante esposo me tiraba un atadito envuelto en una pañoleta y exclamaba: «¡Acá está el bebé de mamá!» (todo el mundo sabe que cuando el bebé de papá se convierte en el bebé de mamá, el crío está empapado y chorreando).
Tenían una imaginación para obligarme a salir de la cama... Una vez me pusieron una rana en el pecho y cuando salté como un resorte, lívida, me preguntaron: «Mamá, ¿tenés lentejas para la germinación?»
Pensé que cuando fueran más grandes, eso cambiaría. Comprenderían: mamá está enferma. Paz. Punto. Este fin de semana tuve la distinción de ser la primera madre secuestrada por dos adolescentes y Axel Rose. Como no podía salir de la cama, no pude huir. «Métase en la cama, tiene dos hijos muchachones que pueden atenderla perfectamente» (mi médico también escribe sketchs humorísticos para Enrique Pinti). «Me voy a acostar —les anuncié—, si necesito algo, los llamo.» Debería haberles dicho: «Para sus cumpleaños, papá piensa comprarles una coupé BMW a cada uno.» Ninguno escuchó nada. Uno estaba rígido, con los ojos vidriosos de tanto enterrar la cabeza en el televisor, y el otro tocaba una batería imaginaria con el audífono en la oreja. Conseguí dormirme un rato y, de pronto, desperté con un estruendo que parecía que me hubieran metido en la cápsula de resonancia magnética. Los pelos los tenía de punta y electrificados por los decibelios. Me levanté tambaleando y al primero que encontré, le pregunté:
—¿Qué es eso?
—¿Qué cosa? —contestó mi hijo.
—¡Ese ruido! —aullé, lanzándole mis amígdalas a la cara.
—¡Ah! ¿No está bueno? Es una «masa», ¿viste? Es un compact de una película.
—Sí, la banda de sonido del derrumbe de Oklahoma —le retruqué.
—No, de Terrninator, son Guns´n Roses.
Durante todo el fin de semana no escuché ni una sola voz humana. Sólo guitarras, guitarras, guitarras. Con lo cual, además de no curarme el catarro, hoy estoy un poco sorda. Pero si el resfriado hubiera sido el padre, no se habría escuchado «ni el volido de una mosca» (como decía el padre de la serie Los Campanelli).
Por eso es que afirmo que si viene la Igualdad de Catarros, me van a ver presentando un proyecto. Un proyecto por el cual a toda mujer se le garantiza el derecho de quedarse en cama y ser eximida de cocinar, lavar, recoger a los chicos del colegio y visitar enfermos. Todo marido que degrade a su mujer con frases como: «Son las coles de Bruselas que te comiste anoche», «Sólo estás aburrida», «Si te dura hasta la primavera, mejor llamá al médico» o «Levantáte, estás asustando a los chicos», deberá pagar una multa.
Pero lo peor que le puede pasar a una cuando está ahí tirada en la cama, tan sexy como una bolsa de basura mordida por los perros, es que la familia le haga el «numerito» de «Está todo OK». Eso es más humillante que la falta de solidaridad. Que venga la suegra y diga: «Nunca vi tu casa tan inmaculada. Realmente tus hijos son unos fenómenos. Cuando te cures, vas a tener que contratar una muchacha.» Tu marido, llega y te tranquiliza: «No te preocupes por nada. Tu hija cocina como los dioses, no sé a quién salió. Anoche hizo pato a la naranja y peras al chocolate. Y hoy vamos a comer fettuccini caseros con funghi porcini.» Después viene la nena y te alegra la vida anunciando: «¡Ay, me encanta hacer las cosas de la casa! Hoy lavé y planché toda la ropa en una hora. Hice que los chicos ordenaran sus cuartos y enceré los pisos. A vos nunca te quedaron así» (no tengo hijas, pero sé de buena fuente, que ése es el caso). O el nene: «¡Uf! Estoy molido. Hoy vinieron los muchachos y no tuvimos que estar callados como cuando vos estás escribiendo. La pasamos bárbaro. Le ayudamos a papá a ordenar los estantes del garaje.»
Cuando ya las cosas lucen como que tranquilamente una podría ser reemplazada por un contestador automático, aparece tu hijito menor, susurrando: «El perro hizo pis en la alfombra del salón, se nos cayó el estante de la nevera con todo lo que estaba encima, nos peleamos todo el día y le dimos la cena al perro, porque estaba asquerosa.» ¡Ah, qué alivio! Les aseguro que pienso vivir con ese chico hasta los ochenta.
No hay nada que hacer: cuando una mujer se enferma, bien la fastidia la familia. Y de nada sirve exagerar para que se compadezcan de ella.
Al final, me arrepiento de lo que hice esta mañana. Le entregué un papel a mi marido y le pedí: «Si podés, traéme este medicamento: CROTOXINA.» Adivinen qué contestó: «¡VOS siempre siguiendo la moda!»
Manual de etiqueta masculina
¿Qué es lo que un hombre denominaría «tener buenos modales»? Decir «Perdón» después de eructar.
Cindy Garner
El hombre de mi vida me persigue desde hace años porque cuando me baño, lavo mis braguitas y las cuelgo del grifo de la ducha (una costumbre bastante extendida, entiendo), me trata de ordinaria, exhibicionista y qué sé yo cuántos cumplidos más.
En cambio, lo que sí es digno, lo que revela toneladas de señorío y distinción, es CORTARSE LAS UÑAS DE LOS PIES SOBRE LA MESA DEL DESAYUNO. Montones de hombres lo hacen (para que no caigan sobre la alfombra, qué considerados...). ¡Qué nivel! ¡Qué cultura! ¡Qué don de gentes!
Creo que ha llegado el momento de echarles un vistazo a los hábitos higiénicos masculinos. Ya no puedo demorarlo ni un minuto más. Y conste que lo hago para ayudar al entendimiento entre los sexos. A desvelar ese misterio que para nosotras siempre ha sido el hombre. El hombre y algunas de sus costumbres más execrables.
Cuando una se casa supone —equivocadamente— que la madre de ese señor debe haberlo instruido cuidadosamente, lo ha de haber adiestrado como corresponde en el orden, la prolijidad y los buenos modales. Sólo que lo que muchas mujeres no saben, es que milésimas después de haber pronunciado las palabras «Sí, quiero», al novio se le borran de la memoria esos patrones de conducta aprendidos. En cuanto interioriza que tiene esposa, ¡PING! se borró todo. Se cayó el sistema. Por eso yo propongo unos votos matrimoniales más realistas para las futuras generaciones de mujeres: «Prometo amarlo, honrarlo y respetarlo, en la salud y en la enfermedad; recoger sus medias sucias, deleitarme con sus emanaciones, disfrutar de sus ronquidos, condolerme de su próstata, apreciar sus escupitajos, etc., etc., etc., hasta que la muerte o el homicidio nos separe.» Esto, como para ir tomando conciencia la mujer de a qué se enfrenta.
De manera que, para entrar en materia, correspondería comenzar con hacer una pintura de EL HOMBRE EN EL BAÑO. ¿Qué es lo que resulta tan atractivo allí, que es capaz de quedarse tres horas adentro, encerrado? Muy bien, eso también es cultural. Él aprende desde pequeño que su casa es su castillo, él es el rey, y ¿cuál es el sitio de un rey? EL TRONO. El ritual de sentarse en el trono es sagrado para el sexo opuesto, y adquiere un viso de nobleza, características casi monárquicas. Por eso no puede hacerlo en otro lado que no sea en su feudo. Los hombres son capaces de dominar sus esfínteres durante doce horas con tal de hacerlo en «ese lugar sagrado», o algún otro de su confianza. Es ésa y no otra la razón por la cual la llave del baño de ejecutivos en la oficina tiene tanto prestigio. Porque ahí, charlando de inodoro a inodoro, se cocinan los grandes negocios. «¿Así que González aceptó la propuesta del joint-venture, Arizmendi?» «En efecto, Sánchez, el mes que viene se unen las dos compañías.» Lo adivinaron: he ahí el motivo porque las mujeres ejecutivas nunca escalan. Porque nada hermana tanto, estimados leyentes, como deponer en compañía. A los hombres, eso les encanta. El «trono» es casi una oficina para ellos, es un claustro donde, rodeados de profuso material, se ponen al día con la lectura atrasada: Playboy, Penthouse, Hustler... Y la extinta pero tremebunda Eroticón local (no sé si la recuerdan).
Todo eso lo puedo comprender, haciendo un esfuerzo. Lo que no me cuadra es por qué se sacan la ropa, esos calzoncillos y medias que se paran solos, mientras están sentados ahí por horas, leyendo, y entonces los dejan en pequeñas pilas alrededor del inodoro. ¿Es que sacarse la ropa mejora los estándares de lectura? ¿O es que la temática del material hace que se les vuelen los calcetines y los calzoncillos? Este ritual nos tiene confundidas a las mujeres, que no nos arrancamos el sujetador y la braga para leer la revista Para ti. Y en todo caso, si lo hacemos, los tiramos al cesto de la ropa sucia.
Yo llegué a colgar una canasta de baloncesto sobre el inodoro, a ver si eso estimulaba a mis tres hombres a encestarla. Fue inútil. El cesto está siempre vacío y la ropa en el suelo. ¿Qué puedo decirles de la costra en la bañera y el lavabo? Como con los árboles, por la aureola de mugre depositada, se puede sacar la edad de mi bañera. Si yo no penetrara en el baño armada de un estropajo cada vez que mi marido termina de bañarse, ¿saben qué tendríamos que hacer con mi bañera cada tres meses? ¡Limpiarla con arena! Lo mismo el lavabo, con los restos de barba y espuma de afeitar. Pero no piensen que me estoy quejando de mi esposo. ¡Si es un amor! Debe ser uno de los pocos hombres que, cuando terminan de bañarse, secan el piso del baño. Sí, con la toalla. Lo que nunca pude lograr es que cambie el rollo de papel higiénico. ¿Por qué será que los tipos prefieren pasar por la ignominia de subirse los pantalones sin la debida higiene, antes de tener que levantar sus posaderas de ese asiento calentito? Si una está en la casa, le gritan «¡No hay papeeel!». Aunque lo tengan a un metro, ellos, no lo reponen.
Podría comentarles de las bolas de pelo en la rejilla, del asiento del inodoro siempre levantado... pero me voy a limitar a desgranar la única duda existencial que, ésa sí, no he podido «evacuar» nunca: ¿Para qué creen los hombres que es el ambientador que las mujeres colocamos siempre al lado del inodoro? ¿De decoración? ¿Por qué les complace tanto su propio y personal aroma, y nos obligan a compartirlo? Yo ya lo acepté como mi karma (¡con tres hombres en la casa!). Cada vez que entro en el baño después de ellos, lo hago con escafandra, traje de amianto y extintor.
Pero los rituales de toilette del género masculino no se limitan a «ese lugar sagrado». Otra duda existencial: ¿Por qué será que los hombres suponen que pueden hacer pipí en cualquier lado? Me hago cargo de que, poder hacerlo de pie, es sensacional, casi un motivo de orgullo, pero no es cuestión de andar fanfarroneando todo el tiempo. Desde pequeñitos descubren que es muy divertido jugar como en La Guerra de las Galaxias con ese pequeño «láser» que tienen entre manos y hacer arabescos «¡Zam! ¡Bam! ¡Atrás, invaders!» Pero de grandes... eso de andar luchando, viendo quién llega más lejos. ¿Qué son? ¿Como los perros de barrio, que marcan su territorio? Que detrás de los árboles, que detrás de los autos, que adentro de las macetas...
Lo estuve dudando hasta el final, pero no puedo dejar de hacer referencia al tic del parásito externo. Esa manita nerviosa que constantemente se posa, tiqui, tiqui, tiqui en la parte denominada por Marcelo Tinelli «los gobelins». Y no disimuladamente. ¡Delante de todo el mundo! ¿Qué tienen? ¿Pulgas? ¿Es un tic nervioso o necesitan verificar cada tanto que todo continúa allí donde debe estar? Por las noches, insomne, me hago esa pregunta. Al que vive conmigo empecé a llamado «gallina clueca». Todo el tiempo acomodándose los... Perdonen, me dejé llevar por lo apasionante del tema.
Por último, todos los que me conocen saben que adoro a los animales (si no, no me hubiera casado), pero el guanaco no es mi bestia predilecta. Quisiera que algún día, ustedes, señores, nos expliquen, porque queremos entender, ¿qué es esa manía de escupir?
Sólo una cosa buena saco en limpio de menear estos vergonzantes asuntos. Y es que han servido para que entienda a mi suegra. Como todas las jóvenes, yo antes no la entendía. Pensaba, ¡qué bestia! ¡qué primitiva! ¡qué antigua! Y ahora concuerdo con ella. Cuando se refiere a mi suegro como «EL PUERCO DE MI MARIDO».
El marido a dieta


La mejor manera de vigilar las calorías es... a disrancia...
Henny Youngman
Ayer dormí sólo dos horas. Me pasé toda la noche haciendo terapia de apoyo. Toda la noche apoyando a mi hombre. Es que le agarró una cosa... un bajón. Cuando me fui a acostar, con lágrimas en los ojos, me dijo: «No sirvo más para nada, estoy terminado.» ¿Qué pasó? Se había pesado: ochenta y siete kilos. «¡Horror!», me lamenté. «Va a empezar a torturarme con que la culpa es mía porque no lo pongo a dieta.» ¿Por qué será que cuando los hombres deciden bajar de peso no lo hacen en silencio, estoicamenre, como una, que en vez de andar psicopateando al prójimo, abre la heladera, se come un yogur de cero calorías y se las aguanta? Después de todo, en eso consiste hacer dieta. En no comer. Primero empieza la etapa del reproche y el lamento. Después de haberla obligado a aprender a cocinar mejor que Joan Coll para satisfacer su gula inagotable, ahora resulta que la culpable de que no adelgace es una. Para variar, lo consolé: «Bueno, mi amor, no estés tan mal. Vos sabés que, para mí, siempre vas a ser como una estrella de cine.» (Danny De Vito, digamos, porque alto nunca fue, y ahora, con veinte kilos de más...) No sé si lo convencí, pero decidí tomar el toro por las astas y le comuniqué: «Pero esta vez vas a hacer lo que yo te diga.» Ya está visto que, a la manera de él, no da resultado. Hace como diez años que padece el síndrome del YOYÓ: sube, baja, sube, baja...
Eso sí, la vez que fue a un nutricionista, perdió peso. Cuatrocientos pesos en la primera semana. Además siempre viene con cosas raras: que la dieta de los astronautas, que la dieta del ajo (con ésa no perdió ni un gramo, pero perdió doce amigos), que el método de la vidente Blanca Cury. Entonces, yo, cuando habla de hacer régimen, tiemblo, porque siempre inventa algo para complicarme la vida. Para empezar, me manda a comprar toda clase de cosas extrañas: soja, salvado, tofú, germen de trigo, sal marina. No sé él, pero yo, a raíz de eso, desarrollé un físico bárbaro, dado que todos esos productos se venden «a granel» (no te venden menos de un barril) en misteriosas tiendas dietéticas ubicadas en puntos ignotos de la ciudad. He desarrollado unos portentosos bíceps cada vez que tengo que bajar todo ese material del maletero del auto. Lo único que se puede conseguir en pequeñas cantidades, de todos estos exotismos, son los hongos Shitakke, pero a quinientos dólares los cien gramos. Parece que es esencial, para cualquier «dietante» que se precie, la ingesta de abundantes leguminosas: de soja, aduki, habas...
Estos pequeños demonios son capaces de crear «corrientes de aire humanas» cercanas al huracán Frederick, al punto que se advierte a la población sobre la importancia de dejar abiertas todas las ventanas de vidrio, atornillar todo el mobiliario al piso y evacuar mascotas y toda otra forma de vida, mientras el «dietante» se encuentre en casa. Otro requisito indispensable son las fibras y cereales. ¿Qué es esa obsesión súbita, esa vigilancia casi policial acerca del propio movimiento intestinal? Una cosa es pretender ser «regular» y otra cosa «imparable». La mayoría de los «colon obsesos» no están convencidos de haber incorporado suficiente fibra, hasta que una debe llamar al fontanero para desobstruir esa masa de avena, salvado y alfalfa que atasca las cañerías.
Pero lo más lindo es que todas estas porquerías, generalmente, termino comiéndomelas yo. Claro, él me dice así: «Hoy me toca pollo con ensalada.» Y se mete entre pecho y espalda un pollo entero, con la piel y dos kilos de berros. Otro día dice: «Hoy voy a hacer dieta líquida para desintoxicarme. Hacéme sopita de verduras.» Se toma un perola de sopa de verduras (haciendo ruidito al sorber), con tres cuartos de kilo de queso rallado. Si la nevera está llena (porque en casa habitamos otros seres vivientes), se enfurece diciendo que lo saboteamos. Y si está vacía, busca como un loco adicto en los armarios, donde sabe que yo tengo cosas ricas escondidas: turrones, chocolate...
Después está el sabotaje del entorno, que siempre conspira. Los amigos que le dicen: «Pero no seas pesado, si estás bárbaro. ¿Qué querés, parecerte al bailarín Maximiliano Guerra?» Y se lo llevan a algún bodegón a comer lo que no encuentra en casa. Y después, cuando vuelve, lleno de culpa y oliendo a patatas fritas, se autoengaña afeitándose antes de pesarse (para pesar algunos gramos menos). «¡Ayudáme, vos no me ayudás!» Es como si en mi casa hubiera un sordo y todos tuviéramos que usar audífono para que él se sienta mejor. ¿Y cuando va al gimnasio? «Hoy, sí, ¿eh? —abre el paraguas—, hoy me toca comer con vinito. Total, ya pagué haciendo fierros esta mañana.» Cuando ve mi cara de desaprobación, se defiende: «Pero amor, si vos sabés que basta una copa para que me emborrache...» (¡Sí, la sexta!) Lo que en verdad pasa, es que a él no le gusta adelgazar, lo que le gusta es verse flaco, que no es lo mismo. Pero el sacrificio de adelgazar se lo hace pagar a una. Cada vez que intenta perder peso, lo único que «pierde» es el buen humor. Un humor de perros. Todo el día reflmfuñando.
De resultas de esto, hoy me levanté anunciándole: «Está bien, me voy a encargar una vez más, pero vas a cumplir esta lista de instrucciones como si se tratara de los diez mandamientos:

• No matarás por chocolate.
• No robarás el postre de tus hijos.
• No pronunciarás en vano el nombre del queso fresco.
• No codiciarás la cerveza de tu vecino.
• No considerarás la mayonesa una bebida...

Esto es sagrado», lo amenacé.
Después me fui a ver a mi amiga. No por nada ella es una experta en dietas. Es decir, a lo largo de toda su vida ya bajó mil quinientos kilos. No hay dieta que no haya probado. En su cocina hay un estante lleno de los libros más extraños: El libro de cocina del neurótico. Doscientas páginas de recetas bajas en calorías para situaciones difíciles: conferencias de prensa, síndrome de la divorciada, depresión posparto, presión impositiva, tensión premenstrual. .. Después tiene la Guía para perder peso durante el sexo, porque parece que el simple acto de besar, ya quema treinta y una calorías y media (ahora entiendo por qué me cuesta tanto adelgazar). Enredarse en algo más serio dos veces por semana te hace acabar (si se me permite la expresión) con cuatro kilos menos. Otro libro se llama Cómo afrontar una visita de su madre a 12.000 calorías diarias (noventa páginas describiendo las mil maneras de pelearse con mamá). «¿Y esto funciona?», le pregunté a mi amiga. «Mirá, si realmente querés que adelgace, tenés que ir a las reuniones de APCA.» Es uno de esos grupos de autoayuda. APCA: Adelgace por Comidas Asquerosas. Bueno, terminé yendo yo, porque él a esos lugares, ni loco. Después de ver a todos los gordos arrodillándose y pidiendo perdón por sus pecados calóricos, empezaron los cursos culinarios. Casi vomito ahí mismo, porque para que el sistema funcione, es necesario comer al menos ocho kilos de hígado a la semana. Pero sucede que yo, desde muy jovencita, hice un pacto conmigo misma: nunca jamás cocinar algo que se mueva, que excite al perro o que, cuando se me cae al piso, me surja agacharme y pedirle perdón. El resto de las recetas eran tan inmundas, que no dudo de que mi marido adelgazaría, pero yo no estoy dispuesta a pasar horas encerrada en la cocina amasando bollos de harina integral. Se lo anuncié y me contestó: «Entonces voy a tener que volver a correr.» ¡Oh, no! Correr no. Nadie imagina lo que ha sido aguantar a un hombre que ha corrido 4 km diarios durante ocho años. Este señor no se conforma con correr solo. No para hasta tener a toda la familia corriendo en la oscuridad (porque él corre de noche, ¿o acaso a las cinco de la mañana no es de noche?), perseguidos por perros viciosos y autos sin matrícula, jadeando, sudando, tropezando y con nuestros rostros retorcidos por el dolor (el dolor de aguantar las ganas de ir al baño, ya que cuando se corre en ayunas, siempre sucede eso). Y todo porque está gordo... Espero que al menos se cumpla una de las premisas de todo régimen: «El segundo día es más fácil que el primero. Porque para entonces, ya abandonaste...»
¡Qué poco dura la fiesta!
Anoche mi marido estrenó un traje italiano; ¡todo manchado de Chianti!
Susan Savannah
Esta mañana consideré seriamente alquilar una carretilla para llevar mis ojeras al supermercado. Sucede que anoche tuve una fiesta. Sí, fue una gran fiesta mientras duré. Las casadas nunca aprendemos. Para nosotras ir a una fiesta es siempre como un cuento de hadas en el cual una va a sentirse por una noche como una princesa (Pocahontas). Claro, en su ingenuidad se creen tantas cosas. ¡Es que una sale tan poco! Para que se den una idea, la última vez que estuve en una fiesta, se me acercó alguien y me preguntó cuál era el último libro que había leído y le contesté que Causas y efectos de la irritación del pañal. O sea, que hace bastante.
Una vive tranquila, entre cacerolas, con su delantal desteñido y, de repente, ¡zas!, la revolución. A él lo invitan a una fiesta. Porque siempre es a él. Una va de pegote. Se supone que en ese momento debería dar saltos de contenta, especialmente porque —salvo por las reuniones de tupperware, a las cuales además asiste la suegra— no sale ni a la esquina. Además no se trata de cualquier fiesta, no. ¡Es un party infernal! Pero una no se entusiasma, porque ya sabe lo que va a pasar. Ya tiene experiencia... Bueno... Yo tengo un problemita. ¿Vieron que hay personas de las que se dice que son «el alma de la fiesta»? Yo estoy casada con «el animal de la fiesta». Muta, se transforma. Ya les contaré. Todavía estamos en los preliminares. Que es cuando una inventa excusas para no ir, se hace la enferma (que es lo que yo hice, pero no surtió efecto). «¡Ni lo sueñes, es importantísimo para mis negocios! ¿Cómo voy a ir solo?» Es en ese instante en que llega la pregunta tan temida: «¿Qué me pongo?» Pues las mujeres nunca tenemos nada para ponemos. Mi armario, por ejemplo, lo abro y está lleno de hilachas y cada vez que surge una fiesta, termino haciendo limpieza general, regalándoles a los pobres todas las cosas de hace diez años que tengo guardadas, y decido que no tengo cara para pedirle otra vez un vestido prestado a mi hermana. Ella es muy sensible y se aflige: «¿Por qué no dejás a ese tipo de una buena vez? ¡Es un avaro!» Llamo a mi amiga —ya al borde de la histeria— y ella me aconseja bien: «¡Reventále la tarjeta! No tengas miedo, yo te acompaño.» Y me lleva primero al salón de belleza. «¡Ay, no! Vos necesitás un look más sexy, algo que te haga sentir bien, espléndida, ganadora. ¿Qué color de pelo es éste, marrón, gris?» (sepia, es sepia). Y le da instrucciones al peluquero para que me tiña de rubio platino (cosa que, antes de una fiesta, es igual a un suicidio). El estilista me miró con conmiseración y, levantando dos mechitas entre el dedo índice y el pulgar, como si se tratara de una anchoa, preguntó:
—¿Qué te hacés en el pelo?
—Nada. Me pongo tres rulos del lado que no duermo y, al día siguiente, al revés. En realidad no soy de ir mucho a la peluquería. Hoy vine porque desde que nació mi último bebé, estoy un poco deprimida.
—¡Oh! —se conmovió él sacudiendo sus pulseras—, ¿y cuánto hace de eso?
—Veinticuatro años.
Cuando todo terminó, mi amiga me pasó un brazo por el hombro y me susurró:
—No llores. Ahora un buen vestido con brillos y vas a quedar bárbara. Si vos tan fea no sos...
Y así, alterada y nerviosa, con horribles presentimientos, llegó el momento de la fiesta. Saqué el vestido, los zapatos, la cartera y la bijouterie que tenía escondidos, porque una evita el momento de mostrarle al marido lo que se compró, hasta que ya es inevitable. Ya sabe lo que él va a decir —con esa cara a la cual sólo le hace falta un calzoncillo:
—¿Y esto cuánto me salió?
—No, mi amor, lo compré en una liquidación —le miente una. Total ya inventará algo para salir del paso cuando llegue el resumen de la tarjeta.
—¿Ves por qué no te puedo «sacar» a ningún lado? ¿Por qué no te ponés lo que usaste la última vez?
—Pero, querido, eso fue en 1990...
—Por eso. Nadie se acuerda.
Inútil es explicarle que el jersey que entonces compró ya no se usa y que hoy peso diez kilos más. Después está el problema de la ropa de él. Como está rechoncho y nunca se compra nada, nada le entra. Hasta quince minutos antes de salir, la empleada de hogar (yo) corriéndole los botones, alargándole el dobladillo, planchando...
Ya, con dedos temblorosos, intenté un maquillaje así nomás, y salimos. El vestido, como estuvo escondido, no tuve oportunidad de chequearlo mucho y resultó que —por la ley de gravedad, o acaso por lo exiguo de mis pechos— se caía para adelante. Tuve que andar toda la noche con las manos bajo las axilas, sosteniéndolo, para no convertirme en la atracción de la fiesta.
No más llegar descubro que, como todas esas reuniones, estaba plagada de divorciadas abandonadas y desesperadas que les echaban humo en la cara a los hombres. En un santiamén, mi compañero se escurrió de mi presencia (para unirse a un grupito de modelos de diecinueve años). «Quedáte acá con la señora de González», me «invitó». La señora del contable —enana como él— me cuenta que estudia parapsicología y tarot. Pero yo no la escucho. Estoy observando a mi marido darle un canapé en la boca a una modelo. Me le acerco y, con dulzura, le pregunto: «¿Mi amor, por qué no venís acá conmigo?» «No puedo. Esto es por trabajo. Todas cosas de la oficina. Necesito contratar unas azafatas para un stand. Andá con la señora de González.» A la media hora, lo veo bailando frenéticamente con dos de ellas. ¿Por qué será que él, que no baila, que dice que odia la danza, que nunca quiere bailar conmigo, con dos whiskies encima adopta una nueva personalidad: la mona Jiménez dándole lecciones musicales a Michael Jackson? Sólo que, con todo el alcohol que acumuló entre pecho y espalda, tenía menos ritmo que la Iglesia católica. A esas alturas del espectáculo, yo ya estoy lista para reptar debajo de la mesa y quedarme ahí escondida, o ingresar en algún programa de PROTECCIÓN DE TESTIGOS y cambiar de nombre pero, en cambio, decido aceptar la invitación insistente del único septuagenario de la fiesta, un señor que me dice: «Esperemos a la próxima pieza, porque ésta es muy movida.» (Extraños en la noche.)
Después de pasarla mal —como siempre— con una melancolía tremenda y un cansancio atroz, volvemos a casa. A 160 km por hora. Porque, yo no sé cuál será la razón, pero cuando su nivel de alcohol alcanza cincuenta puntos, es cuando más insiste en conducir. «Estoy perfectamente», me asegura mientras reboto contra el respaldo y me estrello contra el parabrisas sucesivamente.
Y ahí se pone malo conmigo. Invariablemente después de alguna fiesta.
—Siempre me hacés quedar mal. ¿Qué te creés vos de andarle mostrando los pechos a ese tipo?
—¡Pero si estuve toda la noche sosteniéndome el vestido!
—Sí, sí, ya te vi moviéndote insinuante contra Arizmendi.
—Pero si Arizmendi es un viejo...
—Sí, un viejo baboso que tenía ganas de chingui-chingui.
Y ahí nomás —como ya es rutina— le empieza a cambiar la mirada, se le ponen los ojos vidriosos y me doy cuenta de que estoy perdida. Yo no sé por qué los hombres, cuando están con copas, adoptan la personalidad de Hugh Grant, cuando fue detenido en su auto por tener a una mujer arrodillada entre sus piernas. Son capaces de excitarse hasta leyendo el manual del auto.
—Hmmmm, tomar te hace lucir cachonda.
—Pero si yo no tomo...
—Pero yo sí.
Y ahí ya está listo para la acción. Claro que —seamos francos— con la misma coordinación que Joe Cocker tocando el bajo. Entonces, mientras su mente imagina orgías, su cuerpo afronta la realidad: ANESTESIA PROFUNDA DE LAS PARTES VITALES. No importa. Él continúa prometiendo cosas en tono «romántico»:
—Hmmm, mamita, voy a navegar en tu mar.
—No quisiera contradecirte pero, para eso, primero hay que izar la vela —le recuerdo yo.
—No. Vení, vení que hoy va a pasar algo grande.
Pero lo único grande que pasa son sus noventa kilos rodando sobre mí, para finalmente quedarse dormido y roncar. Así terminan todas mis fiestas. Por lo tanto, ¡qué es esa extrañeza general cuando afirmo que yo me divierto mucho más limpiando el horno!
El síndrome de la ninfa
¿Cuál es la edad en que los hombres se ponen rebabosos?
Más o menos entre los quince y los ochenta años.
Maitena
¿Qué suponen ustedes que prefiero tocar yo? ¿Un abdomen chato y tenso o una panza fláccida y con celulitis? (Sí, porque los hombres tienen celulitis. En la panza.) ¿Qué imaginan que me gusta más? ¿Que me abracen unos músculos relucientes o unos brazos de pajarito muerto? ¿Acariciar una cabellera imaginaria o enredar mis dedos en una maraña espesa y sensual? No me contesten, porque la respuesta es obvia. Sólo que conozco mis posibilidades y las acepto, sin rebelarme, sin hacerme la quinceañera. Y no porque a mi edad no tenga infinidad de posibilidades de hacer realidad el sueño del «incesto propio». Efebos de la edad de mis hijos me han rondado y acosado, pero eso de tener que ir a buscarlos a la salida del colegio secundario no es para mí. Yo ya crié y no tengo intenciones de volver a hacerlo.
A los hombres les pasa igual. También prefieren un par de senos firmes como dos balas de cañón y de punta señalando al cielo, cual cohetes de Cabo Cañaveral a punto de ser disparados, a unas ubres colgantes producto, no sólo de la ley de gravedad, sino del amamantamiento. También se extasían ante una colita levantada y se deprimen ante una retaguardia fláccida que flamea por encima de nuestra cintura cada vez que corremos. Sólo que —¡qué curioso!— cuanto más viejos son, con más derechos se sienten a adoptar una hijita como amante. Hace poco vi un caso así en una fiesta. Unos amigos cumplían veinticmco años de casados y llegó un conocido publicista que acababa de separarse. Por otra mujer. Y apareció con la nueva, para presentarla: una ninfa de veintidós años, más joven que su propia hija. ¡Se armó un revuelo! Inmediatamente todos los hombres del lugar formaron como una corte de los milagros rodeándola y siguiéndola por todas partes. Los más viejos eran los que más libidinosamente la devoraban con los ojos. Algunos se quedaban extáticos con la boca abierta de un palmo cual si estuvieran presenciando la materialización de la virgen Desatanudos. Mientras todas las mujeres nos poníamos de acuerdo para no invitar más a este señor. Es que, aunque una sea una mujer hecha y derecha, con talento, interesante y sensible, a ellos les importa un bledo. Lo corroboré al ver los ojos rapaces de mi marido. «¿Qué te pasa —le pregunté—, te están saliendo los dientes de leche?» «¿Por qué?» «Por la baba, digo.» Y las bromas que, nerviosos, se sienten inclinados a hacer. Como el mío, que cuando creyó que no lo miraba, dijo: «Las mujeres son como el champaña; cuanto más se añejan, mejor se ponen. Como la mía, que ya está fermentando.» O las excusas que ofrecía el protagonista de la hazaña: «Aunque no lo crean, hasta ahora ningún hombre le tocó el corazón.» Las presentes pensamos: «Debe ser lo único que no le tocaron.» Para la mujer, después de los treinta y cinco años, las posibilidades son escasas. El hombre disponible aparece con la misma frecuencia que el cometa Halley. Los que sirven están casados (como el mío) y los que no, andan por ahí persiguiendo vírgenes. Como fue éste el caso. El verano. La época favorita de los señores casados para iniciar relaciones clandestinas. Dejan a sus esposas en algún lugar de la costa, se quitan el anillo y convierten a Buenos Aires en su coto de caza. Y, a veces, cumplen con el sueño dorado, esa lotería mágica: ¡una Barbie de veintidós años, sacudiendo su rubia cabellera (sesenta centímetros de colágeno y elastina en estado puro), les presta atención! Ya se sabe que los opuestos se atraen. ¿Será por eso que las chicas pobres siempre buscan esposos viejos?
No es un secreto que la verdadera razón por la cual los señores maduros se vuelcan hacia las lolitas es que justo cuando a ellos ni el VIAGRA puede socorrerlos, una está en su mejor momento, su sexualidad florece. Se vuelve exigente, sabe lo que quiere. No sólo entiende de sexo, sino de vinos, de política, de economía... sabe todo de la vida. Eso los aterroriza, dicen los que saben, y hace que corran a refugiarse entre las piernas de alguna jovencita cariñosa y algo estulta . Una especie de huerfanita embobada que todo les festeje y a todo les diga: «¡Qué divino, papito!» (con énfasis en lo de papito). Una ya los conoce demasiado. Hace rato que no deja caer la mandíbula inferior con gesto de alumnita embelesada, aplaudiéndoles una y otra vez el mismo chiste tonto. Entonces, la pregunta es: ¿Qué tendrán en común, además de la intención de ella de ser una viuda adinerada y el consuelo de él de despertar la envidia de otros varones? No pude encontrar respuesta. Ella se alejó con los adolescentes a comer patatas fritas y escuchar al grupo Soda Stereo. No le interesaba gran cosa el tema que se estaba tratando en la cena: la guerra en Bosnia. Creía que Bosnia Herzegovina era una modelo checa amiga de Naomi Campbell.
A las cuatro de la mañana, cuando todos estaban derrengados, este pobre caballero todavía tenía que llevarla a bailar a El Divino. Me dio lástima por él y pensé: «¡Esperá a que quieras aflojarte la cincha!» Pero, cuando esta enfermedad ataca, es peor que el virus ébola. Y tiene mucho menos que ver con el sexo que con el miedo a la vejez y la muerte, créanme. «El mayor afrodisíaco no son las ostras —me dijo una vez la sabia de mi madre—, es una discípula obediente.» Las muchachas jóvenes son muy buenas sicólogas y lo intuyen, de ahí que adopten esa actitud frente a sus parejas maduras. A ellas tampoco les interesa el sexo, al menos en esa relación. Por eso buscan señores mayores, para que no las molesten mucho. «¿Pero qué puede querer una veinteañera con un sexagenario?», me acuerdo que pregunté ingenua. «Cosas sin importancia como éstas: un amante de edad madura que les dé seguridad económica. Conocer otro mundo más deslumbrante que el rutinario y modesto de sus vidas de estudiantes y secretarias. Vivir con lujos, vestir ropa cara, pieles y joyas. Dormir en sábanas de satén y desayunar con champaña. Sentirse estrellas, mimadas todo el tiempo por ese viejito que enloqueció por ellas. Ascender en el trabajo. Tener auto. Hacer viajes al exterior. Conseguir un hombre que viva para ellas y no les haga perder el tiempo, como los de su edad. Jamás se fijarían en un viejo que no sea célebre, o rico, o poderoso.» Y los hombres, ya se sabe cómo son: pueden mirarse en el espejo sabiendo que llevan un peluquín y convencerse de que —aunque saben que es falso— les queda bien. Del mismo modo, acaso, perciban que esa obediencia de alumna es irreal. Puede que no sean tontos como para ignorarlo. Pero igual les gusta. Lo necesitan. Atribulados por su repentino ingreso en la tercera edad, no están dispuestos a dejar pasar ese cambio que los refresca y los revaloriza. Aunque ese cambio tenga la cara de una joven bella pero audaz, que los espera a la vuelta de la esquina, con la sonrisa pronta, las palabras dulzonas y, claro está, la billetera vacía y sedienta.
En cuanto a mí, supe que estaba perdida cuando mi marido, mirando fijo la «no turgencia» de mis glándulas mamarias, me dijo: «Hacéte las lolas, yo te las pago», cuando siempre juró que jamás posaría sus manos sobre algo parecido a la base de una botella de plástico descartable. Esa noche supe con certeza que, entre nuestro grupo de hombres, había quedado «legalizada» la paidofilia. Alguna idea extraña había empezado a tomar forma en las cabezas de los varones presentes. Todas las veteranas de esa cena entramos en pánico y hasta a mí me llegó el momento de abrir bien los ojos y afilar la cuchilla. Rastreando cualquier cambio en la conducta de él, a partir de ese fatídico instante. Asesorada por las que más sabían, obtuve una lista de indicios irrefutables que debía vigilar para asegurarme de que una amenaza como ésta no empezara a revolotear la paz de mi hogar:

• ¿De buenas a primeras hace aerobics tres veces por semana?
• ¿Cambió el peluquero que lo atendía desde los quince años?
• ¿Elige su ajuar como si fuera una novia?
• ¿De repente todas sus reuniones de negocios son después de las diez de la noche?
• ¿Recibe toda la correspondencia en la oficina?
• ¿Desarrolló una seria dependencia a los enjuagues bucales?
• ¿Empieza a tomarse tres horas para almorzar y, cuando vuelve, lo hace con los calzoncillos al revés?
• Teniendo en cuenta que una tiene las trompas ligadas desde hace cinco años, ¿él insiste en practicarse una vasectomía «sólo para estar seguros»?
• ¿Busca pelea sin motivo?
• ¿Se ha hecho adicto a los conciertos de rock y mira todo el día el canal MTV?
• ¿Si antes no hacía otra cosa que mirar las telarañas del techo al hacer el amor, ahora pide hacer las cosas más raras?

¡Está cantado! Ha llegado la hora de contratar un detective. Todas mis amigas paranoicas me atormentaban presionándome a que descubriera alguna modificación en los hábitos de mi hombre. Y la descubrí: imprevistamente comenzó a venir con regalos costosos y fuera de lugar. Y ya lo decía mi abuela alemana: «Cuando tu marido te regala flores sin que exista una razón, seguramente existe una buena razón.» Cuestión que, instadas por la curiosidad y el terror, ¡bah!, decidimos contratar todas juntas a un investigador privado para que nos hiciera «precio por cantidad». Mi primer y último encuentro con este personaje resultó imborrable. Una siempre imagina que aparecerá algo así como Pierce Brosnan, en su papel de 007, pero no. Más bien se parecía a Homero Simpson. Esa primera entrevista fue manejada bajo el más absoluto de los secretos. Se me pidió que condujera mi auto hasta el aparcamiento de un conocido hipermercado y esperar sentada allí, mi cara cubierta por una máscara del presidente De la Rúa. Instantes después, llegó él, se deslizó en el asiento trasero y me ordenó no darme la vuelta mientras hablábamos. Todo esto, para evitar sospechas. Se ve que este individuo no pensaba que podría resultar altamente sospechoso a los paseantes ver a una persona con una máscara de De la Rúa en el asiento delantero de un auto, y otra sentada atrás con una máscara de Chukky... Extraños gajes del oficio, que no alcancé a comprender. Lo que sí comprendí perfectamente eran los cien dólares por hora que me iba a costar la vigilancia y el recabado de pruebas. Luego de eso, un largo y engorroso proceso hasta llegar al juicio de divorcio. Tan largo, que probablemente en el trayecto tendría tiempo de conocer a mi próximo marido. Posibilidad que siempre me horrorizó, pues como dijo alguien «cambiar de marido, es cambiar de problemas». Así que, ahora, cuando él llega tarde a cenar (como dijo la vieja actriz americana Shelley Winters) sé que o bien tiene una aventura, o bien yace muerto en la calle. Siempre me encomiendo a Dios y espero que sea lo de la calle...
El futuro del matrimonio
Pienso que toda mujer tiene derecho a un marido intermedio a quien pueda olvidar.
Adela Rogers St. John
Ayer, en uno de esos momentos míos de reflexión (cuando lavo los platos), me asaltó un pensamiento apocalíptico sobre el futuro del matrimonio. Llegué a un descubrimiento notable: en mi calle somos la única pareja que no se divorció. Ahora entiendo por qué mis hijos nos miran con una mezcla de asco y lástima. Es como si nos estuviéramos perdiendo lo mejor de la vida. ¿No es injusto que, después de haber servido tantos años honradamente en esa institución llamada matrimonio, ahora resulta que la dan de baja? Digo esto porque, por ejemplo, el otro día me preguntaron un poco molestos: «Mamá, ¿cómo es posible que papá y vos no hayan vivido juntos antes de casarse?» «¡¿Están locos?! Nos casamos precisamente porque no nos conocíamos lo suficiente», contesté con la lógica propia de la gente de nuestra generación. Pero los chicos de hoy no entienden esto, porque viven en un mundo en el cual uno de cada dos matrimonios termina en divorcio y el 75 por ciento de los existentes están en la cuerda floja. Y los que están fuera de peligro son tan excitantes como una orgía de yogur. Se me ocurre que, si seguimos así, en un futuro no muy lejano el matrimonio va a ser algo penado por la ley.
Estaba ahí fregando con mi estropajo y me imaginé a mi futuro nieto volviendo de la escuela todo magullado y con la camisa rota, y mi nuera (porque yo voy a tener nueras, de eso no me salvo), mi nuera que le pregunta qué pasó. «Nada, que Martín dijo... él los acusó a vos y a papá... dijo que... ¡que vos y papá están casados! Y yo le dije que eso era mentira y él me dijo que entonces ¡¡¡cómo puede ser que mi apellido sea el mismo que el de ustedes!!! ¡¿Por qué vos y papá no pueden ser como los padres de los demás chicos, eh?!» Era como una escena del SHOCK DEL FUTURO. Pero el futuro ya está aquí. Alrededor nuestro todo el mundo se separa. En busca de romance. Sólo los que todavía duramos sabemos los esfuerzos que nos costó. Los consejos de especialistas que hemos escuchado. En los años ochenta había un libro que se llamaba Tenga un romance con su marido antes que él lo tenga con otra. Y un párrafo decía: «¿Si su marido llegara en este momento sin avisar, qué vería?, ¿platos sucios en la cocina?, ¿la aspiradora en el salón?, ¿una gorda desaliñada en mallas que le cuelgan en el culo y chanclas con mugrecita entre los dedos?» Y, después, continuaba: «Deje ya de reprochar a su marido y acéptelo como es. Esta noche, cuando llegue, concéntrese en el cuerpo de él. Mírelo y véalo a través de los ojos de otras mujeres (su secretaria o su vecina). Cuéntele que en todo el día no hizo otra cosa que pensar en su cuerpo.» Todas esas sugerencias leíamos las casadas tratando de salvar nuestras parejas. Pero, ¿es posible estar todo el día deseando lúbricamente a un hombre cuya idea de algo excitante es que le sirvan la sopa caliente? No. Por eso las estadísticas decían que el 50 por ciento de los matrimonios terminaban en divorcio. De ese número, el 60 por ciento se volvía a casar durante los próximos cinco años. Más de la mitad de éstos, se casaba por tercera o cuarta vez; la dieta más famosa para bajar de peso durante los años ochenta era «Divorcio y quinientas calorías diarias». Todo el mundo era flaco.
Ahora, siguiendo con mi línea apocalíptica de pensamiento, si continuamos así, para el año 2015, diez millones de mujeres vamos a compartir el mismo hombre, los mismos hijos, algunos amigos, algún cheque mensual y estrés recíproco.
Unas cuantas de mis amigas se han separado después de muchos años de casadas. Cuando le pregunté a una: «¿Qué consejo le darías a la nueva mujer de tu ex marido?» Me contestó: «Sólo dos palabras: NO ENVEJEZCAS.» Otra me dijo: «La subvencionaría con un salario familiar porque acaba de sacarme de las manos a un adolescente de cincuenta y dos años.»
He ahí las razones de tanto divorcio. Ellos llegan a una edad en que consideran: «Tengo cincuenta años, ya me merezco una de veinte.» Casi nunca es una quien los deja. El otro día mi hermana me preguntó: «¿Nunca pensaste en irte?» «¿Adónde?», fue mi respuesta. Como sea, la familia que viene es la familia ecuación: un hermano entero y dos medias hermanas, dividido por dos madres (una postiza), es igual a un padre entero, más un padre de fin de semana, dividido por siete abuelos (restar dos que ya no viven). A nadie sorprendería escuchar hoy a un nene decirle a otro: «Es muy bueno ese papá, yo lo tuve.» Ahora entiendo por qué me rajé tan tenazmente de este modelo: siempre fui un desastre en matemáticas.
Pero en lo que siempre destaqué fue en detectar a las segundas esposas. Es imposible confundirse. Tienen la mitad de la edad de él, generalmente le llevan una cabeza, caminan con el mentón para adelante y conocen todos sus derechos. Cada vez que una segunda esposa aparece en una reunión, las veteranas corremos a retocarnos los labios y cerramos filas. Por momentos las envidio a las «esposas trofeo», porque hay algo entre ellas y el marido, una mirada que dice: «Vamos a casa», mientras les brillan los ojos y las bocas se les llenan de saliva. Hace tiempo una también se sintió así (yo fui la segunda, no lo olviden, y con doce años de diferencia). Y, bueno, es en esas reuniones cuando una mira a su marido, un poco grueso de cintura, un poco pelado arriba y un poco desganado abajo y piensa: «En algún lugar, esta noche, su nueva esposa está naciendo.» Pero lo que más hiere mis sentimientos es la teoría televisiva que acaba con la ilusión matrimonial: «Cuando las parejas se casan, el rating declina.» El mensaje es claro: No existe vida después del lecho matrimonial. Lo que están tratando de decirnos es que no hay unión que resista veinte años, a menos que a uno no le interese el sexo. Corno dicen mis hijos: «El sexo legal no le interesa a nadie.»
Y después parece que está el remanido asunto ése de la comunicación. Aparentemente, la gente casada sólo habla entre sí treinta minutos a la semana. Mi amiga, la que siempre me refriega por la cara sus éxitos, me dijo: «No pasa un solo día sin que mi marido y yo nos digamos algo significativo el uno al otro. Si no tenés algo significativo que decirte, tu matrimonio está terminado.» Ayer, cuando volvíamos en el auto, rompí un silencio de quince minutos y le pregunté al hombre de mi vida:
—Decíme, ¿alguna vez tuvimos una conversación significativa nosotros?
—No lo creo —contestó.
Viajamos otros 4 km en silencio.
—¿Qué es una conversación significativa? —pregunté yo.
—No sé.
—Entonces, ¿cómo sabés que no tuvimos una?
—Bueno, debe ser una conversación que significa algo. Corno las elecciones, por ejemplo.
—Las elecciones ya pasaron.
—Bueno, no tiene que ser sobre las elecciones, puede ser una conversación sobre cualquier cosa pertinente.
—Hoy me corté las piernas afeitándome.
—Eso no es pertinente.
—Fue con tu maquinita.
Ahí sí, señores, empezamos a tener una conversación pertinente. Duró el resto del viaje. A los gritos.
Y vivieron felices y comieron perdices
¿Cuál es el mejor método para que un marido recuerde tu anivesario de casada? Casarse en el día de su cumpleaños.
Cindy Garner
Cuando este libro salga a la calle habré cumplido veintisiete años de casada. Me pregunto si será igual que mi anteúltimo aniversario. Ese día las mujeres siempre esperamos alguna sorpresa. En mi caso, la sorpresa más grande que podría darme mi marido sería recordarlo. Aquella mañana de nuestras bodas de plata, le digo, mientras se estaba acicalando frente al espejo: «Un día importante hoy, ¿eh?» «¡Qué te parece! ¡Rápido, que me planchen la corbata de seda azul y me lustren los zapatos con hebilla!» Galopé las escaleras abajo, hice todo lo que me ordenó y volví a subir al baño con la lengua afuera. Él todavía estaba ahí. Era el turno de bañarse en perfume. Eso le lleva unos diez minutos. Después se estudia tres horas en todos los espejos del baño y por último se despide. Se despide de sí mismo: «¡Chau, papá, hoy con esa pinta matás!» Salió pitando y le digo: «¿No vas a desayunar? Te hice tu desayuno favorito» (tostadas con mermelada de limón casera y un florerito sobre la mesa). «No tengo tiempo, chau.» Y me dejó ahí con el hocico estirado apuntando a la puerta de la calle esperando un beso. Cuando abrí los ojos, el auto ya estaba en la esquina. ¡Veinticinco años! Mejor no me acuerdo, porque tengo las imágenes de aquel aniversario vivamente grabadas. Parecíamos dos viejos ridículos, sentados solos, jugando a las cartas en el patio con dos gorritos de cumpleaños atados debajo de la mandíbula... Detrás nuestro, una parrilla humeante creaba un ambiente especial: parecía la quema del cinturón ecológico.
La verdad, que no era como yo hubiese imaginado la gala de mis bodas de plata. Cada vez que fantaseaba sobre eso, me imaginaba doscientas personas bailando en mi jardín bajo una carpa blanca gigantesca, con veinte mozos sirviendo delicias. Mi marido y yo intercambiando anillos de diamantes y esas cosas y él dándome de comer en la boca frutillas remojadas en champaña, mientras nuestros hijos, emocionados, nos tiraban serpentinas. La realidad fue un poco diferente. Mis hijos decidieron «agasajarnos». Así es que prepararon un par de chorizos a la parrilla para lo cual quemaron un bosque entero de carbón, y se largaron, dejándonos todo para limpiar. Sobre la mesa, el botín: nuestros regalos de aniversario. Para él un cubreasientos de bolitas, de esos que se usan en el coche para el dolor de espalda, y para mí una especie de ducha que se conecta al bidé, con cinco posiciones que iban desde «caricia suave», hasta «te clavo contra el cielo raso». ¡Veinticinco años! En otra época una pareja así merecía una ovación de pie por parte de todos los presentes. Ya no. Los chicos te miran como si fueses alguna clase de animal prehistórico con un cerebro incapaz de soportar semejante cuerpo. Nuestros amigos, que tienen todos dos o tres matrimonios en su haber, sacudían la cabeza con algo de piedad y se susurraban uno al otro: «Ella debería dejarlo inmediatamente, pero ya se desbarrancó; si no baja por lo menos diez kilos, cómo va a pescar algo...»
Pensar que todos los domingos, cuando leo el diario, busco afanosamente los clasificados de aniversarios de gente que ha sobrevivido cincuenta o sesenta años de matrimonio. De alguna manera, esa gente representa mi futuro: sentados uno al lado del otro sin tocarse, clavando los ojos en el televisor por horas. Mentalmente repasé la lista de las cosas que iba a cambiar en él cuando nos casamos. Lo único que cambió fue el corte de pelo. Porque ahora ya casi no tiene pelo de qué preocuparse. Aquella noche, mientras despegaba el último chorizo quemado de la parrilla, preguntó: «¿Querés esto? Si no, lo tiro.» Accionando mi gen de recolector de residuos, abrí la boca y me lo tragué.
«Estuvo lindo, ¿no?», me susurró O.B. Lo miré y pensé en todo lo que habíamos atravesado juntos: dos hijos, una quiebra, un exilio, doce coches, veintitrés funerales, una histerectomía, catorce vacaciones en tienda de campaña, seis bancos y ocho tarjetas de crédito, dos mudanzas y una hiperplasia prostática. Yo debo haberle planchado mil ochocientas sesenta camisas, recogido cuarenta y ocho mil doscientos calzoncillos del piso. Él me hizo algunos masajes cuando estaba embarazada y no podía moverme, trabajó bastante para sacar esta familia adelante y volvió dieciocho mil setecientas treinta veces el asiento de su auto a la posición normal después de usarlo yo. Compartimos el dentífrico, las deudas, los armarios, los parientes. Y les dimos a nuestros hijos algo de lo que ni se dieron cuenta y ellos dan por sentado: UNA FAMILIA. Esa noche, me acuerdo que él se acercó a mí y me dijo: «Tengo algo para vos.» «¡Ay, ¿sí?, ¿qué?», salté toda excitada. «Algo que te gusta mucho, por eso lo escondí para que no lo vean los chicos.» (No sé por qué pensé en algo sexual.) Era un racimo de uvas de la parra de mis suegros.
A lo mejor el amor es eso. Si lo viera llegar muy festivo y obsequioso, sospecharía. Sospecharía que, como dice mi papá, la gente que festeja más de veinte años de casada, en realidad, lo que está celebrando es eso. Que ya falta menos.
Epílogo
A las mujeres no se les perdona que envejezcan.
Las líneas de distinción de Robert Redford son mis arrugas de la vejez.
Jane Fonda
Como enuncié al principio, muchas noches, insomne, me he preguntado qué es lo que hizo que me quedara tantos años con el mismo hombre. Y me respondía que lo hacía porque, junto a él, no tengo que fingir que soy otra cosa que lo que soy. ¿Que si no se añora la época de la seducción? Desde luego. Pero la seducción es ya un trabajo demasiado fatigoso a partir de cierta edad. Conquistar y ser conquistada nuevamente, practicar otra vez el arte del disfraz (tan femenino, por otra parte), supone entonces un esfuerzo al que ya no me siento inclinada. Tal vez, por eso, he apreciado tanto en este hombre la virtud de quedarse a mi lado con el cariño con el que algunos se apegan a su viejo automóvil, ya defectuoso. Soy un auto al que su dueño sigue queriendo aunque pierda aceite y ya no corra como antes, porque recuerda que alguna vez fue nuevo, bello y orgulloso y compartieron muchas aventuras y recorrieron juntos innumerables caminos. Sí, pierdo aceite, pero pago pocos impuestos y soy un clásico. Y ésa, imagino, debe ser la razón por la cual mi marido me ha conservado. Hasta ahora.
Creo que no sería justo, queridos lectores, que omitiera un detalle de último momento: al finalizar este libro, el protagonista fundamental ya no estaba en mi vida. Se lo llevó de mi lado una enfermedad incurable: El síndrome de la ninfa. Decidió celebrar nuestros veintisiete años de casados corriendo tras los pasos de una niña ¡de veintisiete años! ¡Es la locura de las noches de luna!
No sé en qué terminará el folletín, y ya carece de importancia. Salvo que tendré que buscar otro tema sobre el cual escribir. Probablemente descubra que salí ganando, porque él tiene sesenta años y yo doce menos, y no es que me resista a ser abuela oportunamente, pero ya no me siento muy seducida por la idea de ir a la cama con un abuelo. Supe que el sujeto del cual les hablé en el capítulo titulado precisamente «El síndrome de la ninfa», luego de haber saboreado el impulso inicial y la subida de autoestima que provocan las atenciones de una nueva, fresca y joven mujer, corrió la suerte de muchos antes que él, que pasan a convertirse en los «nuevos pobres». A una edad en que deberían disfrutar de todos los placeres por los que lucharon en su vida, tienen que pasar alimento a sus ex esposas, atender bebés no calculados en el plan. Convertidos en padres de cabellos blancos, no pudiendo gozar del tiempo y la libertad que el dinero duramente ganado junto a su primera compañera les brinda en este momento de la vida. Los hijos anteriores se alejan ofendidos, y es que les resulta intolerable asimilarse a esa nueva realidad: papá formó pareja con una chica de su edad, compite abiertamente con ellos y cuando afirma «Me quiere por lo que soy», hay que callar y tragarse lo que uno piensa: «Sí, rico.»
La vida se compone de momentos. Y si estos hombres, que no lograron «funcionar» durante años, pueden conseguirlo por algunos meses con una joven, pues bien. La ilusión también es una parte importante de la vida. El «cambio de monta», como dicen en el campo, ha demostrado que logra transformar en hábil al jinete menos dotado... Pero eso cuenta doblemente para nosotras. Ustedes, que son inteligentes, saben que a los cuarenta, una mujer funciona mil veces mejor con un amante de treinta. Es la combinación ideal. Y suele ocurrir cuando somos libres, como yo, sin ir más lejos, que ya no tengo a nadie a quien darle explicaciones. Pero, por alguna razón, las mujeres no solemos abandonar una familia por un amante mucho menor. Quizás porque intuimos que lo peor del amor entre una persona mayor y una muy joven es la terrible pérdida de la dignidad que entraña. El tener que andar explicándose a sí mismo, cambiar grotescamente para adaptarse a una cronología que no corresponde, presentaciones incómodas y diferencias de experiencia. No lo desearía para mí. Acaso porque me he psicoanalizado mucho y entiendo que ciertos anhelos distan de lo fantaseado una enormidad cuando se concretan.
Y deseo sinceramente que no vaya a ser éste el destino del pobre padre de mis hijos, a quien dedico estas palabras de Gurdjieff: «Si hubieras comprendido todo lo que has leído en tu vida, sabrías lo que buscas.» Lo digo con ternura.
Freud aseguraba que semejante objeto de elección infantil constituye uno de los más profundos trastornos del desarrollo psicosexual. No sé. No soy quién para dar cátedra sobre ello.
Sólo comprendo que mi ex y yo llegamos al punto donde —estadísticamente— terminan muchos matrimonios longevos. Y comienzan los que verdaderamente están destinados a alcanzar el final juntos.
Las parejas que logran sobrevivir al maremoto del «viejazo» y la andropausia dan paso a un tipo de amor mucho más trascendental que el «enamoramiento» que los llevó a casarse. Es la protección y la calidez de lo familiar. El saber que el otro nos conoce mejor que nadie. En el centro de ese compromiso, desde luego, subsiste la eterna lucha entre la propia personalidad y la del otro, la puja entre amarse uno mismo y amar al compañero, el esfuerzo por mantener vivo algo que fue importante durante la mayor parte de nuestras vidas. Así, lo que se inició con una gran cuota de aurosacrificÍo (aunque los pasajes tremebundos de un matrimonio puedan contarse con humor, como en este libro) se torna finalmente en un enriquecimiento cotidiano.
Puede que el matrimonio nos limite en muchos sentidos, pero presenta un desafío fabuloso: ser un individuo y parte de una entidad mayor al mismo tiempo. Con la posibilidad de convertirse en un ser más rico y complejo, expandiendo las fronteras de uno, más allá de los límites del propio yo. Creí en eso fervientemente durante casi toda mi vida.
Y no puede decirse que no lo intenté hasta el final. Lo intenté como un minero emperrado, buscando oro. A lo mejor estaba loca.
A lo mejor, como dijo Groucho Marx: «El matrimonio es una institución maravillosa, ¿pero quién quiere vivir toda la vida en una institución?»
Yo ya no. Ya cumplí con la Patria.
Reseña
No seré feliz, pero tengo marido es un divertidísimo libro que ha vendido más de 70.000 ejemplares en Argentina y que ha dado pie a una obra teatral de gran éxito representada también en España.
Nos cuenta con humor y desparpajo las desventuras de una mujer casada a lo largo de ¡veintisiete! Infelices años; casi tres décadas de «una vocación de servicio, como la de un bombero o una enfermera», librada, como si de una batalla se tratara, entre partidos de fútbol y esquizofrenias televisivas; autoerotismos y bricolaje de diseño; paseos al perro y comiditas especiales para un marido en estado de dieta… «¿Qué si alguna vez pensé en divorciarme de ÉL?», se pregunta la protagonista de esta novela familiar. Y responde: «No, pero sí en matarlo.»

Una obra que entusiasmará a todas las lectoras que hayan probado en algún momento las delicias de la vida conyugal y que hayan confirmado que su príncipe azul no era tan príncipe… ni tan azul.